Hacía días que Clara no aparecía por el despacho. La encontré sentada en el sofá de la sala de descanso con los ojos rojos y el ánimo roto. No me gustan meterme en asuntos ajenos, pero algo en su actitud me inquietó. Encendí el hervidor, saqué mi taza del estante y vertí azúcar al café instantáneo que preparo cada mañana. El único ruido era su respiración entrecortada y el chisporroteo del agua.
—¿Tanto te afecta la marcha de Roberto? —pregunté tras un silencio incómodo—. ¿Problemas con el informe que pedidas del cliente argentino?
Se volvió con expresión crispada y sacudió la cabeza con firmeza. La vi ahora con más detenimiento: sus mejillas hinchadas, los ojos enrojecidos, los dedos que apretaban un pañuelo mojado. No necesité más pistas. La había visto días atrás subiendo a un todoterreno negro con esa cara de triunfadora que pone uno cuando se cree lo es todo. Y hoy, con la misma vehícula desaparecida, se ahogaba en un llanto sordo sobre el suéter de lana que aún conservaba el perfume del conductor.
—No necesito consejos —repuso con voz ronca—. Tú no entiendes.
»Aquella tarde que me preguntaste si quería un hijo —continué como si no hubiera respondido—, te pregunté por qué insistían tus padres en hacer una boda fallida. Y tú me sacaste del tema con un guiño. Ahora entiendo. Dos rayas en una tira, ¿verdad? —Dejé el café a un lado y le ofrecí otros pañuelos—. Mira, Clara: si crees que un hijo te hará feliz, piensa en el desvarío que vendrá detrás. Media vida entre guarderías y urgencias, entre partos y nóminas a medias. Tendrás que dejar el ascenso, el viaje a Milán, las conferencias de ese idioma que te hace brillar. Tu marido, siquiera esté, te mirará como a una carga…
Me interrumpió con un grito ronco, pero noté que ya no era indemnidad. Las palabras se aceleraron sin control: sobre los fines de semana divididos, los novios que echan por un jersey de más, las lecciones de piano por echar a perder, la alcoba llena de juguetes y el malhumor creciendo como hongos. Algo en su mirada me hizo cambiar de tono.
—Perdona —dije—. Soy un completo imbécil. No debería juzgarte. Solo que…
—Porque tú llevas la vida que quieres, ¿verdad? Trabajas cuarenta horas, no tienes hijos, ni pareja, ni compromisos. ¿Tú qué sabes?
—Poco, pero lo suficiente —respondí—. Tengo una hermana que decía lo mismo que tú el día en que el tipo de la moto rubí la dejó con dos maletas. Y una madre que buscó siempre el brazo fuerte de los demás, y que terminó arrastrando dos muertos: al padre y al amante. Así que sí, sé algo útiles. Lo que no sé, y eso es lo peor, es cómo curar el corazón roto.
Clara se marchó con risa amarga, dejando unos cuantos pañuelos desgarrados sobre la mesita. Yo me quedé con el café frío y un presentimiento que me asfixiaba. Esa mañana, mi jefa me había dicho que ya me daban por despedido, y hoy seguía ahí con la mirada clavada en la pantalla, esperando a que algún error mío me librara de tanta desdicha ajena.
Algunos días, todo encaja. Como hoy, en que vi entrar a Clara con el semblante sombrío y supuse que hoy sí acabaría follando el informe del argentino. Pero los demonios no siempre se quedan donde los dejamos.
—Tu jefa te busca —dijo Lourdes, la secretaria, cerrando su agenda—. Quiere que termines el contrato de Madrid antes de marcharte.
—Ahora mismo —contesté—. Dile que vaya a tomar por ahí. —Tragué saliva y me dirigí al despacho de mi jefa—. ¿Y bien? ¿A qué viene esta media gala?
La vi sonreír con aquel aire maternal de quien ya no espera nada a cambio. Me ofreció el café, me contó que organizaban una feria comercial en Buenos Aires y que querían a alguien con mis galones. Hubo palmadas en la espalda, referencias a “la carrera que se me avecinaba”, y una promesa de no olvidarme de ella cuando ya estuviera entre millonarios extranjeros.
Volví al lugar donde晓得 ayudarlo, hoy, no era más que una forma de no correr el riesgo de perderme en un mar de lástima ajena. Lourdes me pasó algo de pan, y aproveché para hacer lo que mejor sé: no mirar hacia atrás.
Vivía sola en la tertulia de un barrio de Madrid, solía comer en el mismo café, y respondía a mis cartas con desgana. Daban mundos enteros en nuestra oficina sobre la “hermosa Carmen”, la mujer que acaparaba los mejores contratos, que no iba al curso de formación porque ya sabía de todo, que no quería novios porque eso era un problema para los demás. La cuento a menudo: un día se llamaba a la puerta de la oficina y allí estaba, con ojos de hielo y una sonrisa que no merecía el esfuerzo.
Pero hay una historia que nadie contará, ni siquiera ella, y que quizá sea la que explique la cara de piedra que todos vimos aquella tarde. Los años no me quitan la capacidad de ver lo que hay detrás de las paredes: el padre que olía a café rancio, el televisor apagado, el cuarto donde las paredes resumían una guerra que nadie decía en voz alta. Su madre siempre decía que lo quería, que lo buscaba por las calles, que no podía vivir sin un hombre que la llevara. Pero no era verdad.
Era un día como hoy, me parece, cuando vi salir al padre de casa con un bulto en la mano. La madre lo acosaba con preguntas. “¿Dónde crees que irás?” “¿Cómo vais a arreglarlo?” El silencio era peor que las palabras, y supuse que él tampoco sabía qué decir. En la terraza, vi a Carmen abrazarse las rodillas, como si reptaras en su mundo. No se movió cuando oímos los gritos, ni cuando el padre cruzó la puerta para no volver.
Es posible que haya aprendido entonces. O que haya aprendido con otros amores rotos, con otros presupuestos que se veían en vano, con otras noches en Madrid donde el único consuelo era el trabajo bien hecho. Pero lo que sé es que, cuando uno crece viendo desintegrarse los mismos modelos, no quiere repetirlos. No se busca el brazo fuerte, si es que alguna vez existió.
—¿Y ahora? —le preguntó mi madre aquel día. Estábamos en el comedor, y el sol se filtraba por los cristales del colegio donde ahora impartía clases. Tocaba el violín, pero no era posible oírle bien—. Vas a vivir sola para siempre.
—No, mamá. Solo ando a mi ritmo. —Sonreí con ese aire que me había aprendido de tanto repetirlo—. Más vale bien que a medias.
A veces pienso que si no hubiera existido ese desgarramiento, si mi padre hubiera luchado por el matrimonio o si al menos no hubiera dejado que mi hermana llevara tanta carga sobre sus espaldas, hoy sería distinto. Pero no, a veces la vida nos da lo peor para enseñarnos a no repetirlo. Y aunque duela, aunque haya cicatrices que no se borran, alguna lección útil tiene que salir siempre.







