Señora, no tiene billete. Por favor, baje del autobús exclamó con brusquedad el conductor, acercándose a la anciana de abrigo raído que se aferraba al pasamanos como quien se aferra a la última tajada de pan.
El autobús estaba casi vacío. Fuera, la nieve caía lenta sobre las calles empedradas de Segovia, y el crepúsculo gris envolvía la ciudad. La mujer calló, apretó con más fuerza su bolsa gastada la misma con la que cada mañana hacía la compra en el mercado.
¡Le dije que se bajara! ¡Esto no es un asilo de ancianos! alzó la voz el conductor, intentando que su tono resonara más que el crujido de los neumáticos sobre la nieve.
El tiempo pareció detenerse dentro del vehículo. Algunos pasajeros desviaron la mirada y fingieron no haber escuchado nada. Una chica en la ventanilla, llamada Almudena, mordió nerviosa su labio. Un hombre con gabán oscuro frunció el ceño, pero se quedó sentado.
La abuela se arrastró lentamente hacia la puerta. Cada paso le costaba un esfuerzo heroico. Las puertas se abrieron con un golpe y un viento helado le azotó la cara. Se detuvo en el escalón, sin soltar la vista del conductor.
Y, en un susurro firme, dijo:
Yo engendraba a la gente como usted, con amor. Y ahora ni siquiera me dejas sentarme.
Luego descendió y siguió su camino.
El autobús quedó detenido con las puertas abiertas. El conductor, como queriendo esconderse de sus propios pensamientos, giró la cabeza. En algún rincón del salón, alguien soltó un suspiro. Almudena secó una lágrima. El hombre de gabán se levantó y se dirigió a la salida. Uno a uno, los pasajeros fueron bajando, dejando sus billetes sobre los asientos.
En pocos minutos, el vehículo quedó vacío. Solo el conductor permanecía en silencio, sintiendo un lo siento ardiendo dentro de él.
La anciana continuó su marcha por la carretera nevada. Su silueta se desvanecía entre la penumbra, pero cada paso rezumaba dignidad.
A la mañana siguiente, el conductor llegó a la parada habitual: la central de autobuses de Madrid, con su termo de café y la hoja de ruta bajo el brazo. Todo parecía como siempre, pero algo dentro de él había cambiado para siempre.
No podía apartar de su mente la mirada de la mujer: no enfadada, no ofendida, simplemente cansada. Y esas palabras que le rondaban:
Yo engendraba a la gente como usted, con amor.
Conducía la ruta y, sin querer, empezó a observar más detenidamente los rostros de los mayores en cada parada. Quería encontrarla, sin saber bien por qué: ¿para pedir perdón? ¿para ayudar? ¿O simplemente para admitir que le avergonzaba su propia rudeza?
Pasó una semana. Una tarde, al terminar el turno, vio en la parada del Mercado de San Miguel a una figura conocida: una anciana encorvada, con la misma bolsa y el mismo abrigo. Detuvo el autobús, abrió las puertas y bajó.
Abuelita dijo con voz temblorosa. Perdóname. Entonces me equivoqué.
Sus ojos se encontraron y, de pronto, una sonrisa tímida se dibujó en su rostro, sin reproches, sin rencor.
La vida, hijo, nos enseña cosas. Lo importante es escuchar. Y tú, por fin, escuchaste.
La ayudó a subir, la sentó en el asiento delantero y, sacando su termo, le ofreció un té.
Viajaron en silencio, pero era un silencio cálido, como el de una tarde de primavera. Parecía que, al fin, ambos respiraban un poco más tranquilos.
Desde entonces, llevó siempre en el bolsillo algunas fichas de la tarjeta de transportes, para quien no pudiera pagar el billete. Especialmente para las abuelas.
Cada mañana, antes de iniciar la jornada, recordaba aquella frase. Se había convertido en su recordatorio no solo de culpa, sino de una lección: ser humano.
La primavera llegó de golpe; la nieve se derritió y, en las paradas, aparecieron los primeros ramos de camelias que las ancianas vendían en paquetes de tres, envueltos en celofán. Él empezó a reconocer sus rostros, a saludarlas y a ayudarles a subir. A veces solo les ofrecía una sonrisa, y veía cuánto significaba para ellas.
Pero aquella abuela nunca volvió a cruzarse en su camino. La buscó todos los días, describiéndola a los demás. Alguien le comentó que tal vez vivía cerca del cementerio del puente de Segovia. Fue allí, sin uniforme, sin autobús, solo con sus botas, a pasear.
Una tarde encontró un modesto crucifijo de madera, con una foto enmarcada ovalada. Los mismos ojos que había visto en la parada. Se quedó allí, en silencio, bajo el susurro de los árboles, mientras el sol se filtraba entre las ramas.
A la siguiente mañana, sobre el asiento delantero del autobús, apareció una pequeña ramita de camelia. La arrancó con delicadeza y, al lado, dejó una cartulina que él mismo había recortado:
«Lugar para los que fueron olvidados, pero que no nos han olvidado».
Los pasajeros leyeron el letrero en silencio. Algunos sonrieron; otros dejaron una moneda sobre el asiento.
Y el conductor siguió su ruta, más despacio, con más cautela. A veces frenaba un poco antes, para que una anciana tuviera tiempo de subir.
Porque ahora entendía:
cada anciana es la madre de alguien.
cada sonrisa es un agradecimiento.
y unas pocas palabras pueden cambiar una vida.







