El comportamiento de mi sobrina se ha transformado en una preocupación constante para la familia, como si un extraño velo rosa hubiera caído sobre todos desde el día en care nació. Sus padres, arrebatados por una pasión desbordada de mimos, la coronaron reina absoluta del pequeño piso en el centro de Madrid, y ella, Carlota, convencida de su linaje, trata a cualquiera que la rodea como a los sirvientes de un viejo palacio en ruinas, apenas recordando la existencia de la realidad.
La cosa empeoró cuando su abuela materna, Doña Pilar, se instaló en el ya atestado apartamento para ayudar con la criatura. Pero no fue ayuda lo que trajo, sino un ejército invisible de concesiones: cada llanto de Carlota era respondido con dulces de almendra o zapatos de charol, y cada protesta se convertía en un mandato imperial sobre los adultos boquiabiertos. Aprendió, antes de aprender a hablar, que las lágrimas son conjuros y los gritos abren túneles mágicos en el corazón de los presentes.
Al medio año, Carlota sabía ya cómo mover los hilos invisibles que atan a los adultos, y el pequeño piso era un escenario caótico donde todo giraba en torno a los caprichos de la pequeña duquesa. Ni rastro quedaba de las necesidades de los demás habitantescomo si los demás hubieran sido borrados por una niebla espesa. Hartos de aquella vida de marionetas, su padre, Gonzalo, se marchó una mañana nublada, aunque nunca dejó de inundar a la niña con vestidos de encaje blanco, perfumes de fresa y diademas, como si la separación fuera un cuento de hadas mal escrito en el que la princesa siempre recibe regalos de oro.
Los intentos de profesores y otros familiares por traer a Carlota de vuelta al suelo castellano solo dieron pie a disputas encendidas, como si la casa estuviera siempre envuelta en una tormenta de gritos agudos y puertas que se cierran. Ningún esfuerzo logró traspasar la armadura dorada del ego que cubre su pequeño cuerpo.
Por eso, cuando Carlota se acerca como sonámbula al primer curso de primaria, sigue contando con los dedos regordetes y desconoce hasta las palabras más simples de los libros que sus compañeros ya leen de memoria. Sus padres, fascinados por la idea de la libertad absoluta, la dejan decidirlo todo, como si creyeran que los niños deben ser faros que se guían solos en la niebla. Sin embargo, la maestra, Doña Carmen, piensa que todo infante necesita aprender la humildad y saber, al menos, saludar a los mayores sin exigir caramelos a cambio.
Consumidos por la excentricidad y la falta de educación de Carlota, los cuidadores mayores, incluido el abuelo Ramón, decidieron reducir su trato con la niña para protegerse del temporal y no perder la serenidad mental. Ven claro que tan solo los padres pueden devolver cierta cordura al cuento de la princesa caprichosa: tan solo ellos pueden inculcarle las basesel valor de un euro ganado, la importancia de pedir por favor y de compartir una tortilla de patatas en la mesa familiar. Nadie despierta de este sueño extraño si no aprende a mirar a los demás con humildad y a pisar el suelo firme de Castilla.






