El Compañero de Cola

Fernando, el conductor de camiones, no es odiado en el trabajo, simplemente lo evitan. Es un hombre sensato, un chófer experimentado y muy cumplidor, pero no le gusta la compañía. Ningún compañero quiere asociarse a él, y él lo recibe con satisfacción. Un día le asignan un único viaje y lo despiden sin remedio. Los demás transportistas lo apodan El Taciturno, y con el tiempo esa apodación sustituye al propio nombre.

El recorrido de hoy no promete nada extraordinario: la ruta es familiar, la carga ordinaria. Conduce tranquilamente, vigilando la carretera De pronto, al borde de la calzada, algo parece arrastrarse entre la hierba. Quiere pasar de largo, pero una punzada le obliga a detener el camión y mirar qué ha ocurrido.

Un enorme gato atigrado se yergue amenazador, como si estuviera dispuesto a sacrificar su vida. Dicen que a los gatos les quedan nueve vidas; claramente ha perdido más de una, respira con dificultad, una pata está herida y su cuerpo está cubierto de suciedad y sangre.

¿Qué te ha ocurrido, felino? pregunta Fernando, inclinado sobre el animal.

El gato muestra los dientes y maúlla con voz ronca, insinuando que no quiere ayuda y que siga su camino.

Entiendo, orgulloso responde Fernando, recordando a su propio gato de la infancia, el elegante felino de la casa de su abuela con el que compartía la caldera encendida. Aquellos recuerdos le sacan una sonrisa.

No soy especialista en lesiones felinas, pero veo que no se va a curar solo. No hay refugio cercano; déjame llevarte al veterinario.

Con mucho cuidado, levanta al gato tembloroso y lo coloca en el asiento trasero del camión. El animal se retuerce y luego se queda quieto, como aceptando la situación.

Fernando desvía la ruta y entra en Albacete, un pueblo provincial, donde localiza una clínica veterinaria. Al ver al hombre serio con el gato en brazos, el veterinario lo atiende de inmediato, sin esperar turno.

Vas a tener suerte, gato dice el médico mayor. Le desinfectaremos, le pondremos un yeso y podrás seguir tu camino.

¿Y ahora qué? se queja el conductor. ¡Tengo una ruta que cumplir!

Nosotros tampoco sabemos dónde dejarlo replica el veterinario. No hay protectora cerca y no es un gatito, está bastante grande.

Los ojos verdes del felino se clavan en Fernando y, sin decir palabra, le hacen sentir una extraña culpa. Decide que no lo abandonará.

En la sala de espera dos vecinas charlan animadamente:

Ayer la hija de Carmen volvió corriendo a mi casa, escapándose de su marido dice una.

¡Qué mala suerte tiene! responde la otra con compasión. Es una mujer de oro, y su marido no sé, parece que la maltrata.

Ambas coinciden en que la mujer no ha salido de casa porque lleva un moretón. Una de ellas menciona que el señor José está de visita en el despacho hoy.

Fernando no se inmisce en esas historias; sabe que a cualquiera le pueden ocurrir problemas. Él mismo ha sufrido: prometió a su esposa esperar hasta el fin de sus días, pero ella falleció antes de que pudiera cumplir la promesa.

Llévate al gato dice el veterinario mientras entrega al felino, ahora apenas moviéndose. Espero que sane como a un perro; en tres semanas retiraremos el yeso.

Fernando agradece, toma al gato y se dirige a la puerta. No tiene idea de qué hará con ese regalo inesperado, pero el tiempo apremia y primero debe entregar la mercancía.

Después de colocar al gato en el asiento del conductor, retoma la marcha

A los pocos kilómetros avista a un lado de la carretera a una mujer desesperada agitando la mano, seguida de una niña que se aferra temblorosa a ella.

Lo siento, no acepto pasajeros gruñe Fernando, fiel a su política.

¡Miau! escucha detrás.

¿Has despertado? pregunta Fernando. ¿Qué necesitas?

¡Miau! repite el gato con insistencia.

¿Tal vez tienes hambre? reflexiona Fernando. Menos mal que lo advertiste, no habría aceptado a ciegas.

Detiene el camión y saca al gato al borde. El felino levanta la cola, confirmando la sospecha.

¡Eh! ¿A dónde vais? ve Fernando a la pareja que corre hacia él.

Antes de que pueda alejarse, la mujer, arrastrando a la niña, llega jadeante.

¡Por favor! Llévennos, están a sólo treinta kilómetros de aquí suplica.

La niña observa con ojos húmedos, evidentemente ha estado llorando mucho.

No soy taxista, soy camionero de larga distancia intenta explicar Fernando. ¡Podéis coger un autobús!

¡Nuestro único viaje se ha retrasado! se desespera la mujer. ¡Ayúdanos y rezaremos por ti!

El gato, tras terminar su breve intervención, cojeando, se acerca a la niña, se frota contra su pierna. Ella lo acaricia y el animal ronronea.

¿Os llevo y os quedáis con el gato? propone Fernando. ¡Mira cómo se aferra!

Las lágrimas corren por las mejillas de la mujer.

Lo aceptaríamos, trabajo en la clínica veterinaria y me encantan los animales. No sabemos aún dónde alojarnos, pero mi tía vive en el municipio vecino y quizá la reciba.

¿Qué ha pasado? gruñe Fernando mientras observa a la niña acariciar al felino.

La niña, de rizos claros y cara asustada, sigue mimando al gato.

Fernando recuerda el comentario del veterinario: la mujer podría ser Elena, cuya casa está llena de problemas con su marido violento. No quiere indagar, solo asiente.

De acuerdo, os llevo.

¡Vamos, Begoña! exclama la madre, llamando a su hija.

Fernando recoge al gato y la pequeña se acomoda en el asiento trasero, la mujer se sienta junto a él.

Pagaré, no lo dudo insiste, pero Fernando solo levanta una ceja.

Así será. Si os ha gustado el gato, son buenas personas. Dale las gracias al felino.

¡Gracias, gato! dice la mujer con sinceridad. ¿Cómo se llama?

Gato y gato responde Fernando con una sonrisa. Ni siquiera lo hemos nombrado, lo encontré en la carretera.

¡Qué amable! exclama la mujer. ¿Y tú cómo te llamas? ¿A quién debemos rezar?

Fernando gruñe el conductor.

Yo soy Elena, y mi hija se llama Begoña contesta ella.

¿Mi tía nos aceptará? pregunta Fernando, sorprendido de su propia curiosidad.

Esperemos suspira Elena.

Llama y pregunta dice Fernando, pasando de formal a tú.

Elena ruboriza y susurra:

No tengo teléfono mi marido lo abandonó

¿Recuerdas el número? ofrece Fernando, sacando su móvil.

La mujer murmura algo al oído de su tía, mientras palabras como marido, huir y gato se entremezclan.

Nos aceptará, pero al gato no se excusa Elena.

Begoña solloza.

¡Gatito, ven a visitarnos! le dice al felino. ¡Eres buenito!

Ya hemos llegado a un acuerdo con el gato responde Fernando.

Es muy cariñosa justifica la madre.

Como no pueden encontrar un refugio, Fernando lleva a sus inesperadas compañeras a la dirección indicada y entrega al gato al tío de Elena, que lo rechaza.

Begoña se aferra al gato, lo besa en la nariz y, de repente, corre hacia Fernando y lo abraza con ambas manos.

¡Begoña, no puedes! se alarma Elena.

Al chico le falta un padre, por eso busca cariño murmura el tío.

Fernando siente una punzada en el pecho. Había apartado la idea de una familia feliz, pero la pequeña con sus rizos le recuerda esa posibilidad.

¿Vendrás a visitarnos, tío? pregunta Begoña con sus enormes ojos, mirando al hombre.

Haré lo posible contesta el tío sin poder decir que no.

Begoña suspira y corre a la casa; Fernando vuelve al camión y retoma la carretera, con la imagen de la niña y su madre persiguiéndole la mirada.

¿De dónde salen estos tipos que se aprovechan de los débiles? le habla al gato. El felino maúlla con desdén, como si estuviera de acuerdo.

Yo le explicaría personalmente por qué no se debe levantar la mano contra mujeres y niños dice Fernando, sin poder calmarse.

¡Miau! replica el gato, listo para añadir sus propios argumentos con garras y colmillos.

El gato le brinda a Fernando una extraña calma; por primera vez en la ruta tiene a alguien con quien conversar. Le cuenta al felino sobre sus padres, su paso por el ejército y sus ideas políticas; el gato asiente con maullidos aprobatorios.

Al borde de la carretera, Fernando ve un coche con dos hombres discutiendo. Uno se lanza a la calzada agitando los brazos, parece que necesita ayuda.

¿Qué ocurre? pregunta Fernando mientras abre la puerta.

De pronto, el hombre saca una pistola y, antes de que el conductor pueda reaccionar, una bala atraviesa el aire y roza al gato.

El felino, con todas sus fuerzas, se abalanza sobre el agresor y le araña la cara. Mientras el bandido suelta el arma, Fernando agarra la pistola y la apunta al ladrón:

¡Manos arriba!

¡Quita al gato! grita el bandido, temiendo que el felino lo arranque los ojos.

¡Alto! replica Fernando, mientras el segundo ladrón se dirige a ellos; sin pensarlo, da un puñetazo al agresor, agarra al gato y, sin soltar el arma, corre de vuelta al camión:

¡Vamos!

Marca el número de la patrulla de la Guardia Civil; en pocos minutos los agentes capturan a los dos delincuentes y le informan al conductor mientras sigue su ruta.

Los oficiales le explican que los dos ladrones ya tenían antecedentes; habían intentado asaltar a varios conductores. Uno de ellos comenta:

¡El país necesita conocer a sus héroes!

Yo no soy un héroe se ríe Fernando. Si fuera, habría detenido a los dos allí mismo.

Hay varios camioneros en la lista de esos tipos añade el agente. No hace falta que te ensucies las manos, pero has salvado a tu gato, ¿no?

Fernando mira al felino. El gato le devuelve la mirada.

Es mi compañero, afirma con firmeza. Me llaman el camionero, pero él es mi socio.

Qué suerte la tuya con ese compañero sonríe el agente. Le has salvado la vida.

Así es contesta Fernando, serio.

La historia del camionero y su valiente gato se vuelve viral; la gente los reconoce, les agradece y los felicita. Fernando siente que el gato le ha cambiado, como si el hielo se derritiera y respirara más fácil.

Tres semanas después, al retirarse el yeso, Fernando vuelve al pueblo donde dejó a Elena y a Begoña. Abre la puerta de la clínica y la encuentra allí, en el umbral.

¡Ah, es usted! dice Elena, sin apartar la vista. ¡Anoche soñé que vendrías!

Parece que el sueño se ha cumplido responde Fernando, sin saber qué decir. ¿Todo bien con Begoña?

Sí asiente Elena. Mi tía nos quiere, y yo he puesto la separación, pero

Entiendo contesta él, y sin pensarlo suelta: ¿Me acompañarías?

Los ojos de Elena se hacen enormes; abre la boca, la cierra El gato, que ha observado todo, maúlla con autoridad.

Tengo una hija balbucea Elena.

Yo tengo un gato dice Fernando, añadiendo: No sé decir palabras bonitas, pero sé que este encuentro no es casual. No te rechazaré, te cuidaré.

¡Miau! confirma el felino.

Lo pensaré promete Elena.

Un mes después se casan, Fernando lleva a la familia a su casa y cambia de empleo, ahora conduce una ambulancia veterinaria. El gato, que lleva el nombre Camión, sigue viviendo con ellos, vigilando a Begoña y, de vez en cuando, suspira recordando la romántica vida en la carretera mientras yace en el amplio sofá.

La aventura sigue, pero sin él, la gente se pierde. Al fin y al cabo, siempre hay un gato sabio que nos salva el día.

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El Compañero de Cola