Querido diario,
Hoy he vuelto a sentir lo que significa ser conductor de taxi y, a la vez, confidente inesperado. La mañana empezó con una pasajera que, a la primera señal verde, parecía más dispuesta a discutir que a avanzar.
—¡No entiendo cómo se atreven! ¡En verde hay que pasar, no detenerse! — golpeaba con los dedos la elegante cartera de cuero.
Yo, sin apartar la vista del volante, respondí con calma:
—Lo siento, señora, pero delante hay un coche detenido. No puedo rebasarlo.
—¡Es que tengo que llegar a la cita con mi hija! — insistía, cruzada de brazos, la boca apretada.
—Ya lo ve, está todo atascado. Mejor esperemos un momento, que a veces la paciencia es la mejor compañía en el tráfico — dije mientras miraba por el espejo retrovisor.
La mujer suspiró, se recostó en el respaldo y murmuró:
—¡Qué pesadilla! Todo siempre se complica. Primero la discusión, ahora el retraso…
Yo la observaba: una dama de unos sesenta años, de traje gris claro y corte de pelo impecable, jugueteaba nerviosa con el cierre de su bolso. Su labio inferior temblaba ligeramente.
—¿Sabía que a veces las citas más importantes llegan con un pequeño retraso? El destino nos regala tiempo para ordenar los pensamientos — dije sin esperarlo.
—¿Es usted el que me habla? — me preguntó, sorprendida.
—Sí. Mencionó la discusión; tal vez este atasco sea la excusa perfecta para pensar qué decirle a su hija cuando la vea. — mi voz era grave y serena.
—No pedía consejos, pero… — exhaló con un suspiro profundo — la verdad es que me he peleado con ella. Quiere irse fuera del país porque cree que aquí no hay futuro. Y yo… me quedaría sola.
Me presenté:
—Me llamo José María Fernández. En mi taxi la gente suele contar sus historias; tal vez le sirva a usted.
—Yo soy Almudena Serrano — respondió ella, con un leve temblor en la voz. — Mi hija está convencida de que en Brasil le irá mejor. ¿Qué Brasil? ¿Qué ha dejado allí? Yo, mientras tanto, sigo tejiendo gorros para mis nietos que jamás se los pondrán.
A la luz del semáforo, reflexioné y le dije:
—Yo también tengo un hijo que se fue a Canadá hace diez años. Al principio me resistí, me enfadé, no contestaba sus llamadas. Después comprendí que perder el tiempo en rencores era como cargar una piedra en el bolsillo.
—¿Y cómo lo superó? — preguntó Almudena, con genuino interés.
—Al fin acepté que la vida es corta. Ahora hablamos por videollamada cada semana; él me llama “abuelito Javi”. El año pasado lo visité en Toronto, la primera vez que crucé el Atlántico. Fue aterrador, pero al ver sus ojos y los de mis nietos, el miedo desapareció. Las distancias son más mentales que reales.
—¿Y su hijo le habla? — insistió ella.
—Claro. Cada domingo nos vemos, él me cuenta sus proyectos y yo le enseño a cocinar paella.
Almudena bajó la mirada al exterior, donde la primavera madrileña mostraba sus cerezos en flor.
—No entiendo por qué a mi hija le va tan mal aquí. Tiene buen empleo, buen piso… — murmuró.
—¿Le ha preguntado de verdad qué la impulsa a irse? Sin reproches, solo curiosidad. — le sugerí, mientras esquivaba una alcantarilla.
—Yo siempre le decía que era una ingrata, que me abandonaba… — se quedó callada.
Yo cambié de marcha y le conté que, antes de jubilarme, trabajé treinta años en una fábrica como ingeniero. Aprendí que lo que la gente más necesita es ser escuchada sin juicios.
—¿Y a usted le ha servido? — preguntó, con una sonrisa tímida.
—A veces no sé si ayudo, pero al final del trayecto muchos pasajeros se van más tranquilos. Hace poco llevé a un joven estudiante que temblaba porque había olvidado el anillo de compromiso. Lo devolvimos, y él me llamó para decirme que ella aceptó.
Almudena soltó una risita.
—Tiene un trabajo curioso, José María.
—Son personas curiosas, cada una con su historia. En apenas quince minutos ya sé que usted es una madre que teme quedarse sola.
—Usted lo dice muy fácil… — sacó un pañuelo de su bolso.
—Porque temer a la soledad es natural. Lo mismo que desear la felicidad de los hijos, aunque no coincida con nuestras ideas.
Sus ojos se humedecieron.
—¿Cómo supo que a su hijo le va mejor en Canadá?
—No lo supe, simplemente acepté su decisión. Cuando dejé de intentar traerlo de vuelta, la relación se acercó. Ahora hablamos de corazón, no de distancia.
En el semáforo, le pregunté si estaba convencida de que volvería a intentar convencer a su hija.
—Probablemente sí… — bajó la mirada. — Tengo preparado un discurso sobre tradiciones y deberes familiares.
—¿Y si hoy solo la escuchara? — propuse, mientras el verde nos liberaba. — Pregúntele por qué Brasil, qué la atrae. Tal vez sea una amiga, una oferta laboral, o simplemente un sueño.
—Tiene una amiga allí — confesó. — Estudió conmigo y dice que hay buenas oportunidades para diseñadoras.
—Entonces, ¿por qué no averiguar juntos? Mostrarle que respeta su elección y tal vez proponer una visita — sugerí.
Almudena suspiró, temerosa de volar.
—Yo nunca he cruzado el océano.
—Yo tampoco, hasta los sesenta y dos años. Después descubrí que el miedo solo vive en la cabeza. Cuando finalmente se sube al avión, el viaje se vuelve llevadero.
Miró por la ventanilla los edificios y los árboles que bordaban la calle. Las manzanas en flor adornaban la avenida.
—¿Y si nunca vuelve? — preguntó en voz baja.
—¿Y si vuelve? — respondí. — O tal vez le guste tanto que decida pasar parte del año con usted. La vida está llena de sorpresas para quien se abre a ellas.
Almudena sonrió, agradecida.
—Es usted un hombre sorprendente, José María. Un taxista‑filósofo.
—Solo he cometido muchos errores y aprendido de ellos. Cuando mi esposa estaba viva, discutíamos mucho por mi carácter. Ahora lamento cada minuto perdido en disputas.
—¿Hace cuánto está viudo?
—Hace cinco años, la muerte de María nos dejó sin despedida. Por eso digo: no pierda tiempo en rencores; dedíquelo al amor.
El taxi giró por una calle arbolada de acacias y, al acercarnos al destino, le pedí un último consejo.
—Abrácela fuerte, sin palabras. Luego pregúntele cómo puede ayudarla, no cómo detenerla.
Al llegar a la terraza de un café cubierto de enredaderas, ella pagó, sacó mi tarjeta y, con una voz temblorosa, me pidió mi número. Le entregué la tarjeta y le deseé buena suerte. La vi marchar, giró la cabeza y me saludó con la mano.
El resto del día transcurrió entre otros pasajeros: un hombre silencioso al aeropuerto, una pareja joven cargando sacos de obra, un grupo de adolescentes rumbo al centro comercial. Al