Anoche, al llegar al restaurante en pleno centro de Madrid, me sorprendió una escena que me dejó pensando toda la noche. Un camarero, visiblemente incómodo, sugirió llevarse un gatito que se había colado en el local. Pero fue entonces cuando un hombretón, de casi dos metros y con voz profunda, recogió al pequeño felino y lo acomodó en una silla al lado de la suya.
¡Un plato para mi amigo el gatito! ¡Y que le sirvan la mejor carne que tengáis! exclamó con tal seguridad que todos los ojos se posaron en él.
El ambiente, hasta entonces dominado por un grupo de tres mujeres amigas inseparables cambió por completo. Venían radiantes, luciendo faldas cortas y blusas ceñidas, con sus mejores galas y maquillaje perfecto, listas para dejarse ver y valorar a los hombres del lugar. Ángela, la directora de un colegio privado bastante conocido en Salamanca, fue quien lideró la propuesta de vestirse atrevidas, casi como jovencitas en busca de aventura urbana.
Los treinta y cinco se les notaban solo en la seguridad del paso y la claridad de sus exigencias. Los escotes realzados y los carmines rojos daban buena cuenta de sus intenciones para una noche de lujo y conquistas.
Para la ocasión eligieron El Cielo de Madrid, de esos restaurantes donde una cena te cuesta más de ciento cincuenta euros por cabeza y el ambiente es tan selecto como caro. No dudaron en reservar uno de los mejores rincones, y no tardaron en recibir miradas admirativas de los hombres presentes, y otras de desdén de sus acompañantes.
Las conversaciones giraban, cómo no, en torno a hombres. Imaginaban sus compañeros ideales: altos, bien plantados, exitosos y con bolsillos llenos de euros. Querían caballeros capaces de complacer sus deseos, callar cuando se requiere y nunca ponerles tareas domésticas. Si además venían de familia ilustre, era el toque final.
Pero no esos, por favor musitó una señalando al grupo de tres hombres robustos, que reían a carcajadas frente a platos de chuletón y jarras de cerveza Mahou, comentando goles y anécdotas de pesca en el embalse de Entrepeñas. La opinión fue unánime: ni refinados, ni cuidadosos, ni presentables para mujeres de tanta categoría.
Y entonces sucedió lo inimaginable. El local se detuvo ante la llegada de él: descendió de un Ferrari rojo, modelo último del año, y los camareros lo anunciaron a voz en grito:
¡Don Alfonso de Borbón y Mendoza, Conde de Villaseca!
Las amigas se tensaron y se dispusieron como galgos en pista. Don Alfonso, alto y elegante, lucía canas distinguidas y un traje que debía costar el salario de varios meses en el barrio de Salamanca. Sus gemelos de oro y camisa impoluta lo hacían brillar entre la clientela.
Ese sí que es un hombre susurró Ángela.
Conde, guapo y millonario añadió Victoria, que soñaba con paseos por las costas de Mallorca desde que era niña.
La tercera, Dolores, callaba, pero sus ojos lo decían todo.
A los diez minutos, el conde las invitó a su mesa. Ellas cruzaron el salón con la cabeza alta, lanzando miradas despectivas a los tres improvisados aficionados del fútbol y la pesca.
Don Alfonso se mostraba culto y dominaba la conversación relatando historias de su linaje, mansiones en Andalucía y valiosas colecciones privadas. Entre las amigas crecía la rivalidad silenciosa por obtener la exclusividad de su compañía al terminar la velada.
La tensión se desvaneció un momento cuando llegaron los platos: bogavantes, mariscadas y una botella de Rioja reserva. Él hacía gala de chistes y anécdotas del mundillo aristocrático, y poco importaba ya el destino final de la noche. Las mejillas sonrosadas y las miradas ardientes decían todo.
Entonces el evento se volvió insólito. Desde el pequeño jardincillo del local surgió un diminuto gato gris, famélico y con los ojos suplicantes. Se acercó entre las mesas y se detuvo al lado del conde, esperando atención.
Pero Alfonso frunció el ceño con asco y le dio una patada. El pobre animal rodó hasta chocar con la mesa donde reía el trío de amigos de cervezas.
Cuánto detesto a esos bichos callejeros, sin linaje ni gracia proclamó el conde con voz dura. En mi finca sólo hay galgos de raza y los mejores caballos.
El camarero, pálido, intentó llevarse al gato, pero uno de esos hombres grandes Fernando, socio de una potente empresa de inversiones se levantó, recogió al animal y lo sentó junto a él, mirando directo a los ojos al personal:
¡Tráeme un plato para mi compañero peludo! ¡Y ponle lo mejor que tengáis en la cocina! tronó. El silencio dio paso a aplausos.
Ángela, sin una palabra, se acercó decidida al gigante.
Hazme sitio le dijo. Y pide un whisky para la dama.
El conde quedó petrificado. Al instante, sus dos amigas se sumaron, despidiéndose con desdén del aristócrata.
Al final de la noche, tres personas dejaron el restaurante juntas: el hombretón, una mujer y un pequeño gato gris.
Pasó el tiempo. Hoy lo sé porque sigo viéndolos Ángela es esposa de Fernando, y Victoria y Dolores están casadas con sus dos amigos, ambos abogados de renombre. Las tres celebraron boda el mismo día.
Ahora sus vidas giran en torno a bebés, guisos y colada. Todas han tenido hijas y, los fines de semana, mientras sus maridos disfrutan de partidos del Real Madrid o salidas al embalse, ellas se reúnen en su restaurante favorito y charlan de lo suyo: de hombres, y de la vida.
Al conde Alfonso de Borbón y Mendoza lo detuvieron al año siguiente; la prensa llenó los diarios con el escándalo de sus estafas matrimoniales.
Los verdaderos caballeros son esos tres: barrigones, con entradas y sin apenas brillo, pero con el corazón genuinamente noble.
Así es como ha de ser.
No hay otro modo, he aprendido: la verdadera grandeza se encuentra en quien es capaz de bondad sin ostentación.







