El Bufón

– María, ¿ya falta mucho? Karina y Federico ya están por llegar – dijo impaciente Sergio, asomándose al dormitorio.

– Un momentito – respondió María sin apartar la vista del espejo del armario.

Pasó el pintalabios por sus labios, sacudió ligeramente la cabeza despeinando su perfecto peinado, ajustó el escote del vestido y solo entonces se volvió hacia su marido.

– Lista – le sonrió.

– ¡Vaya! Qué guapa estás – Sergio se acercó y la atrajo hacia sí.

– Cuidado con el pintalabios – María apartó la cabeza de su pecho y lo miró con ternura, algo pícara.

– Mari… – comenzó Sergio con voz ronca, pero en ese momento sonó el timbre. – Bueno, ahí están. – Deshizo el abrazo con decepción, suspiró y fue a abrir.

María echó un último vistazo al espejo, se arregló el vestido y siguió a Sergio.

En la entrada ya charlaba animadamente Federico con un enorme ramo de rosas. A su lado estaba su esposa Karina, sosteniendo una bolsa de regalo.

– ¿Dónde está la cumpleañera? ¿No recibe a sus invitados? – bromeó Federico, jugando con el envoltorio del ramo. Al ver a María, dio un paso hacia ella. – Por fin. Mari, estás radiante como siempre. Sergito, mira, me la robo. María, déjame darte un beso. – Le estampó un sonoro beso en la mejilla antes de entregarle las flores. – Te deseo que…

– Venga, quítate el abrigo y guarda los brindis para la mesa – intervino Sergio.

– Sergi, saca las zapatillas, voy a poner las flores – dijo María mientras se dirigía a la cocina.

El piso se llenó de ruido y bullicio al instante. Federico se frotaba las manos frente a la mesa puesta en mitad del salón.

– María, eres una maga. Vaya banquete. Me voy a ahogar en saliva – exageró con voz lastimera.

– Tendrás que esperar un poco – contestó ella, entrando con el jarrón de rosas. Lo dejó sobre la mesita auxiliar junto a la ventana.

– Payaso – murmuró Karina, llevándose los ojos al cielo con elegancia.

María se acercó y le puso una mano en el hombro, como queriendo calmarla. En ese momento, el timbre volvió a sonar y ella salió a recibir a los nuevos invitados.

– Esta es Laura, y mi hermana María – presentó Max a las dos mujeres mientras le entregaba un ramo.

– Encantada – saludó María con una sonrisa. Laura apenas asintió. – Perdón, no quedan zapatillas.

– No pasa nada, yo le doy las mías a Laura – dijo Max.

María lo miró sorprendida. Su expresión decía claramente: «¿Qué hay entre vosotros?».

– Acompaña a los invitados, hermanita – comentó Max, ignorando su mirada.

Entraron al salón.

– A mi hermano ya lo conocéis, y esta es Laura, su nueva novia – presentó María. – Ahora te toca a ti, susurró al oído de Max antes de irse a la cocina con el ramo.

No encontraron otro jarrón, así que metió las flores en un bote de cristal y lo dejó sobre la mesa.

Al volver, los invitados ya estaban sentados. Sergio le señaló su sitio a la cabecera. María se sentó y notó con extrañeza que Federico y Karina ocupaban lados opuestos de la mesa.

Sergio servía coñac a los hombres y vino a las mujeres. Laura permanecía recta, seria y ajena a todo. Max le ponía ensalada en el plato, pero ella ni parecía darse cuenta.

«Vaya carácter. Da la sensación de que escupe hielo. Ha tenido novias, pero ninguna tan fría…». Sus pensamientos se interrumpieron cuando Sergio empezó su brindis, de pie, con la copa en alto y la mirada tierna puesta en su mujer.

Todos guardaron silencio. Después, los tintineos de las copas y el ruido de los cubiertos llenaron el aire.

María observó a los presentes. Federico comía con entusiasmo, alabando la comida y lanzando miradas furtivas a Karina, quien clavaba los ojos en el plato, ignorándolo. Laura masticaba lentamente, abstraída. Max le susurraba algo al oído. Sergio se aseguraba de que nadie tuviera la copa vacía. «¿Ves? Todo va bien, y tú preocupándote…», parecía decir su mirada.

María se relajó. Cuando los invitados saciaron el apetito, Sergio trajo la guitarra del dormitorio. Afinó unos minutos y empezó a cantar: «Tú eres mi única…». Tenía una voz cálida, aterciopelada, y cantaba con sentimiento. Todos entendían que aquello era para su mujer.

Ella lo escuchaba, balanceándose levemente en la silla, hasta que se unió a la melodía. Sonaba armonioso y bonito. Cuando terminó, tras unos segundos de silencio, empezaron a pedir más canciones.

Sergio tocó unos acordes y entonó «Estrella clara de mi cielo», el tema favorito de María.

A mitad de la canción, Karina se levantó y se marchó a la cocina, cerrando la puerta tras de sí.

– Cantas de lujo, Sergi. Hay que brindar por eso – propuso Federico cuando acabó la melodía.

– Voy a por el plato caliente – susurró María al oído de su marido y también se dirigió a la cocina.

Karina estaba junto a la ventana abierta, fumando.

– ¿Qué pasa? – preguntó María, acercándose.

Karina exhaló una bocanada de humo. El cigarrillo temblaba entre sus dedos delicados. La ceniza cayó al alféizar y, al intentar quitarla, solo la emborronó más.

– Antes te gustaba cómo cantaba Sergio. ¿Por qué te fuiste? – insistió María.

– Y me sigue gustando – respondió Karina, mirando hacia la puerta para asegurarse de que estaba cerrada.

Desde el salón llegaba el desentonado coro de voces masculinas. «Si no tienes una tía…», entonaba Federico más alto que nadie.

– ¿Puedes ayudarme? – preguntó de repente Karina.

– ¿Dinero? –

– No necesito dinero. – Dio una larga calada y expulsó el humo lentamente.

– Entonces, ¿qué? ¿Os habéis peleado con Federico?

– María – Karina volvió a comprobar que la puerta estaba cerrada y arrojó el cigarrillo por la ventana. – Me he enamorado, María. He perdido la cabeza.

– Karin… ¿Y Federico?

– ¿Qué tiene que ver él? – exclamó en voz alta, y luego repitió más bajo: – ¿Qué tiene que ver Federico?

– ¿Cómo? Tenéis una familia, un hijo.

– Con Federico no va nada bien – suspiró ella.

– ¿Lo sospecha? – María estudiaba el perfil delicado de su amiga.

– Seguro. – Se encogió de hombros.

María guardó silencio, esperando.

– Hace poco llegó un médico nuevo a mi departamento – continuó Karina tras una pausa. – Vino de provincias. Desde que lo vi, supe que estaba perdida. Cambio turnos con las demás enfermeras para coincidir con él. ¿Me juzgas? – Se giró para mirarla fijamente.

– Es inesperado. ¿Y ahora qué?

– No puedo vivir sin él. Si no fuera por mi hijo… Nos veíamos en casa de mi madre mientras ella estaba en el balneario. Pero volvió hace tres días… y ya no tenemos dónde vernos. – Las últimas palabras le salieron como un suspiro ahogado.

María escuchaba, mordisqueando el labio inferior con nerviosAl salir del monasterio, bajo el cálido sol de la tarde, María sintió que una nueva esperanza florecía en su corazón, mientras el coche avanzaba por la carretera serpenteante, llevándolos de regreso a casa.

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