El banco del patio Víctor Esteban salió al patio poco después de la una. Sentía una presión en las …

Banco en el patio

He salido hoy al patio poco después de la una. Me pesaba la cabezaayer terminé las últimas croquetas de la Nochevieja y esta mañana me dediqué a desmontar el belén y guardar las figuras. En casa se respiraba un silencio extraño. Me puse la boina, metí el móvil en el abrigo y bajé las escaleras, aferrándome sin prisas a la barandilla, como de costumbre.

El patio, bajo el sol frío de enero, parecía sacado de una postal: las aceras limpias, los parterres de hierba aún intactos con algo de escarcha, ni un alma. Sacudí el banco junto al portal número dos. El hielo resbalaba suavemente de la madera. Allí siempre me ha gustado pensar, sobre todo cuando no hay nadie cercapuedo sentarme unos minutos y regresar al calor de casa.

¿Puedo acompañarle? preguntó una voz desconocida, masculina.

Giro la cabeza. Un hombre alto, de unos cincuenta y cinco años, con una chaqueta azul marino. Su cara me resulta vagamente familiar.

Por supuesto, hay sitio de sobra le respondí, moviéndome un poco hacia un lado. ¿De qué piso es usted?

Del segundo, el cuarenta y tres. Llevo tres semanas aquí. Me llamo Daniel.

Encantado. Yo soy Don Luis Herrero le ofrecí la mano casi por inercia. Bienvenido al remanso de paz del barrio.

Daniel sacó un paquete de tabaco.

¿Le molesta si fumo?

Ni hablar, haga lo que quiera.

Hace años que no fumo, desde que lo dejó María. Pero el olor a tabaco me llevó de vuelta, de pronto, a la redacción del periódico donde pasé media vida. Por un momento sentí el impulso de aspirar el humo, pero me contuve enseguida.

¿Lleva mucho por aquí? me preguntó Daniel.

Desde el ochenta y siete. Entonces acababan de construir toda la manzana.

Yo trabajé justo al lado, en la Casa de la Cultura. Era técnico de sonido.

No pude evitar sobresaltarme:

¿Con Don Eugenio Narváez?

¡Ese mismo! ¿Le conoce?

Le hice un reportaje hace años, en el ochenta y nueve. Aquello del concierto aniversario, ¿se acuerda? Cuando actuó “Agosto”.

¡Claro! se le iluminaron los ojos. Ese concierto lo tengo grabado en la memoria. Trajimos una columna enorme que no cabía por la puerta, y el alimentador daba chispazos

La conversación empezó a fluir sola. Surgían nombres, anécdotasunas divertidas, otras más amargas. Me sorprendí pensando que debería volver ya a casa, pero tras cada pausa aparecía un nuevo hilo: músicos, cacharros, historias de bastidores.

Hacía mucho que no me veía envuelto en una charla tan larga. Los últimos años en la redacción solo me encargaban noticias urgentes, y después de la jubilación me fui cerrando poco a poco. Siempre me convencía de que así estaba mejor; sin depender de nadie, sin expectativas, sin ataduras. Pero ahora sentía, en el fondo del pecho, una calidez casi olvidada.

¿Sabe? Daniel apagó el tercer cigarro. Yo conservo todo un archivo en casa: carteles, fotos. Y cintas de los conciertos, que grababa yo mismo. Si le interesan

¿Para qué? pensé al instante. Después tendría que ir, socializar. Y si da pie a una amistad mi rutina se tambalearía. Además, ¿qué podría descubrir ya a estas alturas?

Me encantaría echarles un vistazo dije al final. ¿Cuándo le viene bien?

Mañana mismo, si le parece. Sobre las cinco, cuando vuelva del trabajo.

Perfecto saqué el móvil, abriendo los contactos. Anote mi número, por si surge algo.

Esa noche, me costó conciliar el sueño. Repasaba la conversación, recordando detalles de viejas historias. Varias veces cogí el móvil, tentado de cancelar el plan y poner cualquier excusa. Pero no lo hice.

Por la mañana, el teléfono sonó temprano. Vi “Daniel, vecino” en la pantalla.

¿No habrá cambiado de idea? su voz sonaba algo insegura.

No, en absoluto le respondí. Nos vemos a las cinco.

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