El banco del patio Don Víctor Esteban salió al patio poco después de la una. Notaba una presión en las sienes: la noche anterior había terminado las últimas ensaladas y, esa mañana, desmontó el belén y guardó los adornos navideños. La casa estaba demasiado silenciosa. Se caló la boina, metió el móvil en el bolsillo y bajó las escaleras, aferrado como siempre a la barandilla. Al mediodía de enero, el patio parecía un decorado: los caminos despejados, montones de nieve intactos, ni un alma a la vista. Don Víctor Esteban sacudió el banco junto al portal número dos. La nieve caía suavemente de los tablones. Allí se pensaba bien, sobre todo cuando no había nadie: podía sentarse cinco minutos y volver a casa. —¿Le molesta que me siente? —preguntó una voz masculina. Don Víctor Esteban giró la cabeza. Alto, con chaqueta azul marino, unos cincuenta y cinco años. El rostro le resultaba vagamente familiar. —Siéntese, sobra sitio —respondió, apartándose un poco—. ¿De qué piso es usted? —El cuarenta y tres, segundo. Llevo aquí tres semanas. Me llamo Miguel. —Víctor Esteban, para servirle —le estrechó la mano automáticamente—. Bienvenido a este rincón tranquilo. Miguel sacó un paquete de tabaco. —¿Le importa? —Fume sin problema. Don Víctor Esteban llevaba al menos diez años sin fumar, pero el olor del tabaco le recordó de repente la vieja redacción del periódico de barrio, donde pasó gran parte de su vida. Se sorprendió deseando aspirar el humo, pero enseguida espantó esa idea. —¿Lleva usted mucho por aquí? —preguntó Miguel. —Desde el ochenta y siete. Por entonces acababan de construir todo el barrio. —Yo trabajaba cerca, en la Casa de la Cultura de los Metalúrgicos. De técnico de sonido. A Don Víctor Esteban le dio un respingo: —¿Con don Valerio Zacarías? —¡Exacto! ¿Y usted cómo…? —Escribí un reportaje sobre él. En el 89 organizamos un concierto de aniversario. ¿Recuerda, cuando tocó “Agosto”? —¡Ese concierto me lo sé al dedillo! —Miguel sonrió—. Aquella vez trajeron un pedazo de altavoz, la fuente de alimentación echaba chispas… La conversación fluyó sola. Salían nombres, historias: unas divertidas, otras amargas. Don Víctor Esteban pensaba que ya era hora de regresar a casa, pero siempre surgía un nuevo tema: músicos, cacharros, secretos del backstage. Hacía tiempo que no compartía largas charlas. Los últimos años en la redacción solo escribía noticias urgentes, y tras la jubilación, se había encerrado más aún. Se convencía de que así estaba mejor: sin depender de nadie, sin apegarse. Pero ahora, sentía algo derretirse en su pecho. —¿Sabe? —Miguel apagó el tercer cigarro—. Tengo todo el archivo en casa. Carteles, fotos. Y cintas de los conciertos, grabadas por mí. Si le apetece… ¿Para qué? —pensó Don Víctor Esteban—. Luego habrá que ir, conversar, igual quiere ser amigo… me trastoca la rutina. ¿Y qué voy a ver que no haya visto ya? —Por mí, encantado de verlas —respondió—. ¿Cuándo le viene bien? —Mañana mismo, sobre las cinco, si quiere. Justo vuelvo del trabajo. —De acuerdo —Don Víctor Esteban sacó el móvil y abrió la agenda—. Apunte mi número. Si hay cambio, nos avisamos. Por la noche, le costó dormirse. Repasaba la charla, recordaba detalles de historias pasadas. Varias veces pensó en cancelar, poner cualquier excusa. No lo hizo. Al día siguiente, le despertó una llamada. En pantalla: «Miguel, vecino». —¿Sigue en pie? —se oía algo inseguro al otro lado. —Sí —respondió Don Víctor Esteban—. Nos vemos a las cinco.

El banco del patio

Don Ernesto Salvatierra salió al patio un poco después de la una. Sentía una leve presión en las sienesla noche anterior había terminado las últimas sobras de las fiestas, y esa mañana se dedicó a recoger los adornos navideños y a guardar las figuras. La casa le parecía excesivamente silenciosa. Se ajustó la boina, metió el móvil en el bolsillo y bajó despacio, como siempre apoyándose en la barandilla.

Aquel mediodía de enero el patio semejaba un decorado: los caminos despejados, los montículos de nieve sin pisar, ningún alma a la vista. Don Ernesto sacudió el banco junto al portal del número dos. La nieve cayó en silencio desde las tablas. Allí se pensaba bien, sobre todo cuando no había nadie alrededorpodía sentarse unos minutos y volver luego a casa.

¿Le importa que me siente?dijo una voz varonil.

Don Ernesto volvió la cabeza. Era un hombre alto, de unos cincuenta y cinco, vestido con una cazadora azul marino. Su rostro le resultó vagamente familiar.

Siéntese, hay sitio de sobrarespondió, apartándose un poco. ¿De qué piso es usted?

Del segundo, puerta cuarenta y tres. Llevo aquí tres semanas. Me llamo Aurelio.

Ernesto Salvatierraindicó él mecánicamente al estrecharle la mano. Bienvenido a nuestro rincón tranquilo.

Aurelio sacó un paquete de tabaco.

¿Le molesta si fumo?

No, hombre, fume tranquilo.

Don Ernesto llevaba década y media sin fumar, pero el olor del tabaco le trajo de repente recuerdos de la redacción del periódico donde pasó la mayor parte de su vida. Se sorprendió a sí mismo queriendo aspirar ese humo, aunque enseguida se contuvo.

¿Lleva mucho tiempo aquí?preguntó Aurelio.

Desde el ochenta y siete, cuando acababan de terminar estos bloques.

Yo antes trabajaba aquí cerca, en la Casa de Cultura de los Metalúrgicos. Era técnico de sonido.

A Don Ernesto se le iluminó la mirada:

¿Con Don Benito Galván?

¡Exacto! ¿Y usted cómo?

Le dediqué un reportaje. En el ochenta y nueve, para el concierto de aniversario. ¿Recuerda el día que tocó el grupo Agosto?

¡Aquel concierto me lo sé de memoria!sonrió Aurelio. Aquella columna de sonido enorme, la fuente de alimentación que echaba chispas

La conversación surgió fluida. Nombres, anécdotasunas alegres, otras amargasiban aflorando. Don Ernesto pensaba que ya debía volver a casa, pero siempre surgía otro tema: músicos, equipos, secretos entre bambalinas.

Hacía ya mucho que no tenía conversaciones tan largas. Los últimos años en el diario solo escribía noticias urgentes, y tras jubilarse se encerró aún más en sí mismo. Se convencía de que era más fácil asísin depender de nadie, sin lazos que mantener. Pero aquella tarde sentía cómo algo se derretía en su interior.

¿Sabe?Aurelio apagó el tercer cigarroen casa tengo todos los archivos. Carteles, fotografías. Y cintas de aquellos conciertos, grabadas por mí mismo. Si le interesa

¿Para qué será esto?pensó Don Ernesto. Luego habrá que ir, hablar más a menudo. Y si se le ocurre querer amistad de vecinos, se va mi rutina al traste. ¿Y qué podría encontrar yo nuevo ya?

Bueno, podría echarles un vistazocontestó. ¿Cuándo le viene bien?

Mañana mismo, si quiere. Sobre las cinco, que ya he vuelto del trabajo.

ValeDon Ernesto sacó su móvil, abrió la lista de contactos. Apunte mi número. Si surge algún contratiempo, nos llamamos.

Aquella noche, tardó mucho en dormir. Repasaba el encuentro, rememoraba detalles de historias antiguas. Varias veces estuvo a punto de llamar para cancelar, inventando una excusa. No lo hizo.

Al día siguiente le despertó el teléfono. En la pantalla apareció: Aurelio, vecino.

¿No se ha arrepentido?preguntó la voz, algo indecisa.

No,respondió Don Ernesto. Llego a las cinco.

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MagistrUm
El banco del patio Don Víctor Esteban salió al patio poco después de la una. Notaba una presión en las sienes: la noche anterior había terminado las últimas ensaladas y, esa mañana, desmontó el belén y guardó los adornos navideños. La casa estaba demasiado silenciosa. Se caló la boina, metió el móvil en el bolsillo y bajó las escaleras, aferrado como siempre a la barandilla. Al mediodía de enero, el patio parecía un decorado: los caminos despejados, montones de nieve intactos, ni un alma a la vista. Don Víctor Esteban sacudió el banco junto al portal número dos. La nieve caía suavemente de los tablones. Allí se pensaba bien, sobre todo cuando no había nadie: podía sentarse cinco minutos y volver a casa. —¿Le molesta que me siente? —preguntó una voz masculina. Don Víctor Esteban giró la cabeza. Alto, con chaqueta azul marino, unos cincuenta y cinco años. El rostro le resultaba vagamente familiar. —Siéntese, sobra sitio —respondió, apartándose un poco—. ¿De qué piso es usted? —El cuarenta y tres, segundo. Llevo aquí tres semanas. Me llamo Miguel. —Víctor Esteban, para servirle —le estrechó la mano automáticamente—. Bienvenido a este rincón tranquilo. Miguel sacó un paquete de tabaco. —¿Le importa? —Fume sin problema. Don Víctor Esteban llevaba al menos diez años sin fumar, pero el olor del tabaco le recordó de repente la vieja redacción del periódico de barrio, donde pasó gran parte de su vida. Se sorprendió deseando aspirar el humo, pero enseguida espantó esa idea. —¿Lleva usted mucho por aquí? —preguntó Miguel. —Desde el ochenta y siete. Por entonces acababan de construir todo el barrio. —Yo trabajaba cerca, en la Casa de la Cultura de los Metalúrgicos. De técnico de sonido. A Don Víctor Esteban le dio un respingo: —¿Con don Valerio Zacarías? —¡Exacto! ¿Y usted cómo…? —Escribí un reportaje sobre él. En el 89 organizamos un concierto de aniversario. ¿Recuerda, cuando tocó “Agosto”? —¡Ese concierto me lo sé al dedillo! —Miguel sonrió—. Aquella vez trajeron un pedazo de altavoz, la fuente de alimentación echaba chispas… La conversación fluyó sola. Salían nombres, historias: unas divertidas, otras amargas. Don Víctor Esteban pensaba que ya era hora de regresar a casa, pero siempre surgía un nuevo tema: músicos, cacharros, secretos del backstage. Hacía tiempo que no compartía largas charlas. Los últimos años en la redacción solo escribía noticias urgentes, y tras la jubilación, se había encerrado más aún. Se convencía de que así estaba mejor: sin depender de nadie, sin apegarse. Pero ahora, sentía algo derretirse en su pecho. —¿Sabe? —Miguel apagó el tercer cigarro—. Tengo todo el archivo en casa. Carteles, fotos. Y cintas de los conciertos, grabadas por mí. Si le apetece… ¿Para qué? —pensó Don Víctor Esteban—. Luego habrá que ir, conversar, igual quiere ser amigo… me trastoca la rutina. ¿Y qué voy a ver que no haya visto ya? —Por mí, encantado de verlas —respondió—. ¿Cuándo le viene bien? —Mañana mismo, sobre las cinco, si quiere. Justo vuelvo del trabajo. —De acuerdo —Don Víctor Esteban sacó el móvil y abrió la agenda—. Apunte mi número. Si hay cambio, nos avisamos. Por la noche, le costó dormirse. Repasaba la charla, recordaba detalles de historias pasadas. Varias veces pensó en cancelar, poner cualquier excusa. No lo hizo. Al día siguiente, le despertó una llamada. En pantalla: «Miguel, vecino». —¿Sigue en pie? —se oía algo inseguro al otro lado. —Sí —respondió Don Víctor Esteban—. Nos vemos a las cinco.