El banco del patio
Don Ernesto Salvatierra salió al patio un poco después de la una. Sentía una leve presión en las sienesla noche anterior había terminado las últimas sobras de las fiestas, y esa mañana se dedicó a recoger los adornos navideños y a guardar las figuras. La casa le parecía excesivamente silenciosa. Se ajustó la boina, metió el móvil en el bolsillo y bajó despacio, como siempre apoyándose en la barandilla.
Aquel mediodía de enero el patio semejaba un decorado: los caminos despejados, los montículos de nieve sin pisar, ningún alma a la vista. Don Ernesto sacudió el banco junto al portal del número dos. La nieve cayó en silencio desde las tablas. Allí se pensaba bien, sobre todo cuando no había nadie alrededorpodía sentarse unos minutos y volver luego a casa.
¿Le importa que me siente?dijo una voz varonil.
Don Ernesto volvió la cabeza. Era un hombre alto, de unos cincuenta y cinco, vestido con una cazadora azul marino. Su rostro le resultó vagamente familiar.
Siéntese, hay sitio de sobrarespondió, apartándose un poco. ¿De qué piso es usted?
Del segundo, puerta cuarenta y tres. Llevo aquí tres semanas. Me llamo Aurelio.
Ernesto Salvatierraindicó él mecánicamente al estrecharle la mano. Bienvenido a nuestro rincón tranquilo.
Aurelio sacó un paquete de tabaco.
¿Le molesta si fumo?
No, hombre, fume tranquilo.
Don Ernesto llevaba década y media sin fumar, pero el olor del tabaco le trajo de repente recuerdos de la redacción del periódico donde pasó la mayor parte de su vida. Se sorprendió a sí mismo queriendo aspirar ese humo, aunque enseguida se contuvo.
¿Lleva mucho tiempo aquí?preguntó Aurelio.
Desde el ochenta y siete, cuando acababan de terminar estos bloques.
Yo antes trabajaba aquí cerca, en la Casa de Cultura de los Metalúrgicos. Era técnico de sonido.
A Don Ernesto se le iluminó la mirada:
¿Con Don Benito Galván?
¡Exacto! ¿Y usted cómo?
Le dediqué un reportaje. En el ochenta y nueve, para el concierto de aniversario. ¿Recuerda el día que tocó el grupo Agosto?
¡Aquel concierto me lo sé de memoria!sonrió Aurelio. Aquella columna de sonido enorme, la fuente de alimentación que echaba chispas
La conversación surgió fluida. Nombres, anécdotasunas alegres, otras amargasiban aflorando. Don Ernesto pensaba que ya debía volver a casa, pero siempre surgía otro tema: músicos, equipos, secretos entre bambalinas.
Hacía ya mucho que no tenía conversaciones tan largas. Los últimos años en el diario solo escribía noticias urgentes, y tras jubilarse se encerró aún más en sí mismo. Se convencía de que era más fácil asísin depender de nadie, sin lazos que mantener. Pero aquella tarde sentía cómo algo se derretía en su interior.
¿Sabe?Aurelio apagó el tercer cigarroen casa tengo todos los archivos. Carteles, fotografías. Y cintas de aquellos conciertos, grabadas por mí mismo. Si le interesa
¿Para qué será esto?pensó Don Ernesto. Luego habrá que ir, hablar más a menudo. Y si se le ocurre querer amistad de vecinos, se va mi rutina al traste. ¿Y qué podría encontrar yo nuevo ya?
Bueno, podría echarles un vistazocontestó. ¿Cuándo le viene bien?
Mañana mismo, si quiere. Sobre las cinco, que ya he vuelto del trabajo.
ValeDon Ernesto sacó su móvil, abrió la lista de contactos. Apunte mi número. Si surge algún contratiempo, nos llamamos.
Aquella noche, tardó mucho en dormir. Repasaba el encuentro, rememoraba detalles de historias antiguas. Varias veces estuvo a punto de llamar para cancelar, inventando una excusa. No lo hizo.
Al día siguiente le despertó el teléfono. En la pantalla apareció: Aurelio, vecino.
¿No se ha arrepentido?preguntó la voz, algo indecisa.
No,respondió Don Ernesto. Llego a las cinco.







