El banco del patio
Mira, te cuento: Julián Fernández salió al patio del bloque cuando pasaban de la una. Tenía una presión en las sienes la noche anterior terminó las últimas sobras de la cena de Reyes, y esta mañana había desmontado el belén y guardado los adornos navideños. La casa estaba en silencio, demasiado tranquila. Se puso la boina, cogió el móvil y bajó despacio, agarrándose como siempre a la barandilla.
A esa hora, en enero, el patio parecía parte de un decorado: los caminos barridos, montones de nieve sin pisar, ni un alma a la vista. Julián sacudió el banco de madera junto al portal dos. El copo caía suave del asiento. Allí se pensaba bien, sobre todo cuando no había nadie podías sentarte cinco minutos y volver arriba, como nuevo.
¿Te importa que me siente contigo? oyó de pronto una voz de hombre.
Julián giró la cabeza. Un tipo alto, de unos cincuenta y cinco, con una parka azul marino. Su cara le sonaba, algo le resultaba familiar.
Claro, siéntate, aquí hay sitio de sobra respondió moviéndose un poco . ¿De qué piso eres?
Del segundo, puerta cuarenta y tres. Llevo unas tres semanas. Me llamo Ernesto.
Julián Fernández dijo él dándole la mano casi por inercia. Bienvenido a nuestro pequeño refugio.
Ernesto sacó un paquete de tabaco del bolsillo.
¿Te molesta si fumo?
Fuma lo que quieras, hombre.
Julián no había encendido un pitillo en al menos diez años, pero el olor al tabaco le recordó de golpe la redacción del periódico local, donde se pasó media vida currando. Le vino la tentación de aspirar el humo, pero la apartó rápido.
¿Mucho llevas viviendo aquí? preguntó Ernesto.
Desde el ochenta y siete. Justo cuando levantaron este bloque.
Yo trabajaba cerca, ¿sabes? En el Centro Cultural Los Metalúrgicos, de técnico de sonido.
Julián se sobresaltó:
¿Con Don Valerio Gutiérrez?
¡El mismo! ¿Tú cómo?
Le hice un reportaje. En el ochenta y nueve, para el aniversario montaron un conciertazo. ¿Te acuerdas? Aquella vez que tocó “Agosto”.
¡Si me sé ese concierto de memoria! dijo Ernesto, sonriendo . Aquella columna de sonido enorme, el transformador que casi explota…
Y así, la charla empezó a fluir sola. Salían nombres, anécdotas, recuerdos de todo tipo algunos divertidos, otros duros de tragar. Julián pensaba de vez en cuando que ya iba siendo hora de volver a casa, pero la conversación siempre encontraba otro giro: músicos, cacharros, batallitas de camerino.
Hacía años que Julián no tenía un rato largo de charla con alguien. Los últimos años apenas escribía cosas urgentes en el periódico, y desde que se jubiló se había ido encerrando cada vez más. Se había convencido de que así era todo menos complicado no depender de nadie, no encariñarse. Pero ahora sentía algo diferente, como si dentro se hubiese empezado a deshelarle el pecho.
Mira dijo Ernesto, apagando su tercer cigarro, tengo en casa todo el archivo. Carteles, fotos y hasta cintas de conciertos grabadas por mí. Si quieres echarles un ojo alguna vez
¿Para qué? pensó Julián. Luego hay que pasarse, hablar, igual el hombre piensa que quiere hacerse amigo y todo el orden de sus días se desmontaba. ¿Y qué voy a descubrir nuevo ya?
Pues sí, puede estar bien contestó. ¿Cuándo te viene bien?
Cuando quieras, mañana sin ir más lejos. Sobre las cinco, que ya habré salido del curro.
Vale Julián sacó el móvil y abrió la agenda. Apunta mi número. Si hay algún cambio, nos llamamos.
Aquella noche Julián estuvo mucho rato en la cama dándole vueltas a la charla, acordándose de momentos y detalles de hace mil años. Varias veces estuvo a punto de coger el móvil para cancelar, poner una excusa. Pero no lo hizo.
A la mañana siguiente lo despertó el teléfono. En la pantalla: Ernesto, vecino.
¿No lo has pensado mejor? la voz al otro lado sonaba algo insegura.
Que va, allí estaré a las cinco respondió Julián, sonriendo medio a solas.







