Diario de Lucas, Madrid.
¡Este gato es un demonio, Inés! ¡Hay que deshacerse de él! Carmen frunció los labios, mirando con desagrado al atigrado de oreja rota que se restregaba contra los pies de mi hermana.
¿Pero qué dices, Carmen? soltó Inés, asustada. ¡Es un ser vivo!
¿Ser? Sí sí, es la palabra. ¿No crees que ese animalito se toma demasiadas libertades, Inés?
Como si entendiera lo que decía la visita, el gato bufó, arqueando el lomo y desplazándose lateralmente hasta plantarse desafiante delante de Carmen.
¡¿Lo ves?! se escudó Carmen, señalando con el dedo al felino mientras retrocedía. ¡¿Lo que te digo?!
Inés suspiró, llamando a su defensor:
¡Torero, cariño, no hace falta! ¡Todo está bien!
El gato se giró, la miró y, de repente, se calmó, volviendo a los pies de Inés y empujando suavemente su pierna enferma antes de sentarse con aire vigilante a su lado.
¡Vándalo! bufó Carmen, rodeando al gato con cautela. ¡Y tú, yéndole detrás!
Alguien tiene que quererle respondió Inés, resignada.
Torero llegó a casa de Inés hace tres años, justo cuando la vida de mi hermana caía en pedazos. No había logrado despedirse de su esposo y, poco después, perdió a su único hijo. Se quedó sola, salvo por Carmen, y alguna que otra amiga. Nunca fue mujer de tener un club de amistades.
Carmen, mi otra hermana, era la mayor. Apenas dos años las separaban, pero nuestros padres enfatizaban siempre:
¡Carmen es la mayor! ¡Muy responsable, una niña en la que se puede confiar todo! ¡Y Inés nuestra angelito, consuelo del alma! ¡Un despiste de niña, eso sí!
Crecieron convencidas de que Carmen era la estrella, inteligente y bella, e Inés un desastre. Pero muy querida.
¿Por qué te felicitan los padres? ¡No lo entiendo! protestaba Carmen, cuando Inés traía buenas notas. ¡Sacar buenas notas es lo normal! ¡No tiene nada de especial!
Carmen, es que yo no soy tan lista como tú intentaba justificarse Inés, procurando no enfadar todavía más a la hermana.
Carmen acabó el instituto con matrícula y empezó sus estudios universitarios, casi sin aparecer ya por casa.
¿Cómo te va, Carmen? preguntaba Inés cuando la veía un momento.
Bien, despacio, ojalá el día durase más.
¿Para estudiar? ella, siempre preocupada.
¡Para la vida social, Inés! ¿Cómo voy a conocer a alguien decente si no paro nunca? Sin una carrera como base, poco futuro.
Ay, Carmen nunca pienso en eso
¿Tú piensas en algo alguna vez, niña? se reía la otra, ignorando la herida.
Inés escondía su tristeza, y se alegraba por Carmen cuando le iba bien. Si alguna debía brillar, era ella. Inés asumía disfrutar ese resplandor ajeno.
Al graduarse, Carmen seguía soltera. Los chicos la esquivaban, temiendo su lengua y carácter recio. Los consejos de mamá de suavizar el trato no daban frutos.
Mamá, ¿quieres que sea una damisela de novela sentada en la esquina? ¡Vaya bobada! Eso, para Inés. No es mi estilo.
Nadie dice que cambies todo de ti, pero un poco más suave, hija.
Ay madre, ¿cómo vas a saber tú lo que les gusta ahora a los chicos?
Quizá tienes razón, Carmen
Y un día el destino dio un golpe. Inés, a la que todos recomendaban una formación práctica, llevando la contraria, llegó a casa con novio.
¡Mirad, él es Miguel!
Miguel enamoró a la familia desde esa primera comida. Simpático, inteligente, guapo. Trabajaba como periodista y arrancaba en la televisión local, con buena fortuna. Pero lo principal era su devoción incondicional por Inés. Para todos, una simple aprendiz de costurera en un instituto técnico.
Inés amó siempre el vestir y coser. Eligió la modistería para crear belleza para sí y para otros.
¿Modista, Inés? ponía el grito en el cielo Carmen.
No todos podemos ser tan listos, hermana. Pero crear una falda bonita que dé alegría
¡Qué lío tienes en la cabeza, hija!
Sin embargo, los vestidos que Inés hacía para Carmen eran el secreto mejor guardado de su hermana. Nunca desveló su origen.
¡Eso es secreto! respondía entre risas, cuando le preguntaban amigas y compañeras.
La llegada de Miguel a la vida de Inés fue un duro varapalo para Carmen.
¿Cómo? ¡¿Cómo la menos favorecida se había prometido antes que ella?! Imposible.
En la boda, Carmen se sentó con gesto de mármol. Nadie entendía su incomodidad. Inés, con un vestido diseñado por ella misma, era la mujer más guapa del salón. Por fin la vieron, y la valoraron.
Por primera vez, Carmen conoció la envidia. Mordía el alma, y a su lado todo parecía resquebrajarse.
La frustración le impulsó a casarse, solo medio año después, con el primero que apareció: un hombre mayor, algo calvo, robusto y sobre todo práctico. Él fue sincero:
Sé lo que quieres de este trato. Es de mutuo acuerdo. Me das uno o dos hijos, cuidas la casa y haces carrera; yo me ocupo del dinero, niñera, todo lo necesario. Jamás tendrás que preocuparte de infidelidades. Pero exijo fidelidad total, orden y tranquilidad en casa. ¿De acuerdo?
¡Trato hecho! aceptó, sin pensar mucho.
El matrimonio funcionó. No había ternura, pero sí estabilidad y futuro asegurado. Tuvo dos hijos. Ellos crecieron al ritmo de asistentes y horarios preparados por Carmen, que brillaba en actos sociales sin confesar nunca de dónde sacaba sus vestidos.
Mientras, Inés cosía en casa durante los convulsos años 90. Era conocida de boca en boca en los círculos femeninos, y luego abrió su pequeño taller en un bajo antiguo de Chamberí, el local que Carmen le consiguió. Carmen le prestó el dinero y le aseguró que no se preocupara.
Nos iremos ajustando las cuentas.
Ayudando a su hermana, Carmen sentía por vez primera cierto remordimiento, reconociendo que su antigua envidia había pagado caro a Inés. Viendo crecer a sus hijos sanos y sabiendo la mala salud de Santi, el hijo de Inés llegó a llorar en soledad. A ese niño todos en casa lo llamaban Cariño, con esa dulzura especial.
¡Mi Cariño, ven aquí que te traigo regalos! le decía Carmen.
La entrega era auténtica, y ver la alegría ingenua de ese niño le derrumbaba los muros.
Carmen, quieres a Santi más que a tus propios hijos le reprochaba Inés, sonriendo ante el abrazo de su hijo a la tía.
Carmen le proporcionó, cuando el pequeño enfermó más, una niñera y se encargó de la organización del taller.
Tienes que trabajar, Inés. Te hace falta. Miguel viaja mucho, no os veis casi. Aquí tendrás cerca al niño y a la gente que te aprecia.
Así fue como sacó adelante el negocio, cuidando del hijo entre costuras y clientas.
Carmen velaba por la salud de ambos. Buscaba médicos, nuevas terapias. Santi nunca llegó a estar bien. Solo podía desearle alegría y paz.
Haremos lo posible para que sea feliz, Inés le decía Carmen cuando compartían lágrimas en la intimidad.
En momentos de necesidad, Inés también supo corresponder. Cuando Carmen tuvo problemas con el trabajo de su marido, Inés pidió a Miguel toda la ayuda posible. La historia fue dura, y casi le costó la vida. Años después, Carmen agradeció con honestidad:
No puedes imaginar lo que me disteis. Ni tú ni tu familia os faltará nunca nada mientras yo viva.
Y cumplió.
Estuvo junto a Inés cuando Miguel enfermó gravemente. Él se fue apagando poco a poco, y mi hermana, destrozada, solo pudo sostenerse en el hombro de Carmen.
¿Por qué? ¡Era tan joven aún!
Carmen la mantuvo en pie, animando con fuerza y sin permitirle rendirse. Había que cuidar de Santi.
Y cuando el corazón del pequeño dejó de latir, fueron juntas a despedirlo con la dignidad que merecía, recordando sólo que quería su camiseta amarilla y las zapatillas rojas.
Inés nunca se recuperó del todo. Trabajaba por inercia. Dejó la dirección del taller a sus empleadas. Carmen entraba a menudo y la encontraba ante la mesa de diseño, ausente, incapaz de dibujar ni una línea.
Inés
Ahora descanso un poco, ¿vale? respondía ella, con ojos vacíos.
Hasta que un día, llegó un gato. Nadie supo de dónde salió, con su oreja rota y el pelaje sucio. Se tumbó en el escalón de la puerta como si se desmayara. Así lo descubrió Inés al llegar tarde ese día.
Chicas, ¿eso qué es? les preguntó, sorprendida.
Un gato, Inés, ¡que no se quiere ir!
¿Está vivo? Inés empujó al bicho con la punta del zapato. Él abrió un ojo, suspiró como un abuelo cansado y sacó la lengua: ¿No veis cómo estoy? ¡Hace días que no como! Nadie se apiada de mí.
Por primera vez, Inés sonrió.
¡Qué artista, por favor! rió. Venga, pasa. Tendrás comida y cuidados.
Se lo llevó al veterinario, lo curó y lo adoptó.
Nunca he tenido gato. ¿Y ahora qué, Torero?
El minino se dio importancia, mirando por la ventanilla del coche en el regreso. Inés volvió a reír.
Ya veremos si Carmen te aprueba
Oficialmente, Carmen no lo aprobó. Pero secretamente celebraba que su hermana volviera a sonreír, ocupada ahora en cuidar a alguien necesitado.
Inés, te mira raro, el gato.
Déjale. Hacía mucho que nadie me miraba así.
¿Así cómo?
Con cariño.
¡Es un tramposo! ¡Te miente!
Pues déjale, da calor a mis pies todas las noches, y ve las películas conmigo, atento como si las entendiera.
Todo por llamarlo Torero y no Michi o Peluso
Y ambas reían.
Definitivamente, Carmen aceptó al gato el día que casi perdió a Inés.
Un sábado, Carmen fue a verla, sin avisar. Al abrir con su llave, corrió Torero a sus pies y la atacó en los tobillos.
¡Estás loco, Torero!
Pero el gato maullaba con ansiedad, y corría hacia la habitación infantil de Santi. Carmen olvidó el enfado y corrió, encontrando a Inés tendida, con una foto del hijo en las manos.
¡Inés!
Hospital, reanimación, incertidumbre Carmen esperó, rezando a su manera y suplicando que no se la llevaran.
Al poco supo que Torero pasó horas llorando, negándose a comer, hasta que Inés despertó y el animal, ya tranquilo, solo bebía agua, acurrucado en la clínica.
A las tres semanas, Inés pidió ir al taller para ver al gato.
Al verle, el gato saltó entre sus brazos, ronroneando tan fuerte que hasta Carmen se rindió.
Ay, Torero
Me llamó, Carmen. Le oí. Antes a él, luego a ti. Y allí también
¿Allí, dónde?
Al otro lado. Oía la voz de Miguel, luego a Santi, pero fue el gato quien me llamó de vuelta.
Qué cosas dices Carmen, descolocada, solo pudo mirar al animal, que ahora se enroscaba confiado en el regazo de mi hermana.
Creo que me ha aprobado, bromeó Carmen. No sé el porqué, pero sí.
Torero abrió un ojo, soltó una chispa verde y ronroneó aún más, espantando toda sombra de tristeza.
Entendí ese día, viéndolas, que basta con tener cerca a los tuyos y un poco de paz en el corazón.
Tan simple y tan difícil. Aquí termina mi página de hoy.





