El anhelo de huir de una sombra que consume

Solo me queda un sueño: alejarme de esa «madre» que no da paz ni a sí misma ni a mí.

Cada edad tiene su descanso. De niña, esperaba las vacaciones de verano con ilusión: mi madre y padre estaban siempre cerca, íbamos juntos al río, hacíamos meriendas, reíamos sin prisas. Luego llegó el primer trabajo, y el descanso cambió: un café con amigas, paseos por el Retiro, alguna tarde robada a un libro. Ahora, descansar es un deseo lejano, como un susurro entre niebla.

Me llamo Lucía Fernández. Tengo treinta y seis años, y llevo nueve agotándome. Todo empezó al casarnos: nos mudamos a casa de mi suegra, «temporalmente, hasta ahorrar». Una década después, seguimos aquí, donde no puedo respirar ni con el cuerpo ni con el alma.

Parece idílico: casa amplia en las afueras de Toledo, los niños van al colegio cerca, mi marido trabaja. ¿Qué más? Pero no soy dueña ni de mi sombra. Mi suegra vigila cada paso, cuestiona mi cansancio, mi ser.

Para mi marido, Adrián López, es perfecto: dos mujeres atendiéndole. Yo cocino, limpio, llevo a los niños al cole, trabajo desde casa. Ella, controla, opina, juzga. Él llega, come, se tumba en el sofá. Ni un «gracias», ni un «¿necesitas ayuda?». Su excusa: «Mi madre lo hacía sola, tú también puedes».

Ya no puedo.

Mi suegra presume de criar dos hijos sola, llevar casa y trabajo. No cuenta que su marido la dejó por otra. Ahora arrastra veinte dolencias y se pregunta: «¿Por qué?». La respuesta es clara: no se cuidó, ni dejó cuidar.

Su religión es el sacrificio, especialmente en la huerta. «¡Quien trabaja la tierra vive con honor!», repite. Tomates, pimientos, conservas… Todo manual, no por placer, sino por obligación. Si protestas, eres una vaga. Si te quejas, «te falta carácter».

La semana pasada volvimos de la huerta. Sacos de patatas, cebollas, botes… Ella cojeaba, yo apenas andaba. ¿Y Adrián? En el sofá, ni se levantó. Como si fuera normal. Como si fuéramos mulas.

Esa noche, algo se rompió. Sentada en la cocina, sucia y llorando, entendí: no quiero esta vejez a los treinta y seis. Nada vale mi vida. Quiero mañanas sin despertador, silencio, paz.

He decidido irme. Volveré a casa de mis padres con los niños. Basta de esperar cambios. Yo cambio. No debo ser heroína ni demostrarle nada a mi suegra. Ya valgo. Soy humana.

En días, lo hablaré con Adrián. Que elija: su madre y sus tomates o una familia exhausta de vivir bajo reglas ajenas. Porque la salud no son solo verduras; es calma, ligereza, libertad.

No quiero despertarme a los cincuenta con dolencias y preguntas. Prefiero comprar las hortalizas en el mercado y pasar domingos con mis hijos en el parque: en bici, con mantel y helados. Donde huele a vida, no a sudor y tierra.

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