Ángel peludo
Anochecía en la Calle de Fuencarral cuando observé, caminando despacio hacia atrás, a un perro tan grande como imponente, inmóvil en mitad de la acera. Mi corazón latía con fuerza sólo de verle.
Buen perro, buen chico susurré, evitando cualquier gesto brusco, mientras intentaba tranquilizarme.
El animal era impresionante, robusto, cubierto por un manto enmarañado, espeso, con mechones enredados. Sus ojos, de un marrón profundo, no perdían detalle de mis movimientos, las orejas atentas a cada vibración del asfalto. Me temblaban las piernas de puro miedo, aunque me esforzaba en mantener la compostura. Siempre he tenido miedo a los perros, incluso a los caniches que las señoras pasean por las plazas de Madrid, y ese temor venía de lejos, desde que era un crío.
Tenía yo cuatro años cuando mis padres me llevaron a Zamora, al pueblo de mi abuela. En la casa de al lado vivía un hombre que criaba mastines. Yo era tremendamente curioso por entonces; me gustaba manosear, observar, indagar en todo. Aquel verano, uno de los cachorros, travieso, se escapó y fue a dar al patio de mi abuela. Aprovechando el descuido de los mayores, lo cogí en brazos para llevarlo a casa. No había avanzado ni cinco pasos cuando me vi frenado por la madre del animal. Se plantó ante mí, enorme y tensa, mostrando los colmillos. No llegó a morderme, sólo gruñía tan bajo que me heló todo el cuerpo. Ese instante quedó grabado para siempre: el miedo, la impotencia, el pánico gélido.
Han pasado muchos años desde aquello, pero el miedo a los perros jamás se fue. Y ahora, en pleno Madrid, tenía ante mí un verdadero coloso que, claramente, no pensaba apartarse. Decidí no tentar a la suerte y me dispuse a rodearlo. Giré sobre mis talones, caminando despacio, sin perder la calma. Cada poco, no podía evitar mirar atrás: el perro, sin dejar apenas espacio, me seguía.
Qué listo eres musité, observando cómo se mantenía a una distancia prudencial, como si intuyera mi desconfianza. ¿Pero por qué me sigues? ¿Dónde estará tu dueño?
Ninguna respuesta. Al llegar al portal del edificio, sentí tal alivio que subí las escaleras casi corriendo. Pasé la tarjeta por el portero automático, abrí la puerta y, ya dentro, miré por última vez atrás: allí seguía, esperando. Sentado impertérrito en la acera, manteniéndome en su mirilla silenciosa mientras cerraba la puerta.
Dejé la mochila en la repisa, me quité los zapatos y me quedé quieto unos instantes en el recibidor, escuchando el silencio roto sólo por el murmullo lejano de la ciudad. Tenía la necesidad de comprobar si el perro seguía fuera. Fui hasta la ventana del salón. Allí estaba aún, la silueta peluda reconocible bajo la luz de las farolas. Parecía sentir mi mirada: alzó el hocico, movió apenas la cola y, con andar sosegado, se marchó calle abajo. Solté el aire: por hoy, ya se había ido.
Pero desde entonces, aquello se convirtió en un pequeño ritual. Cada tarde, cuando salía de la oficina de la agencia de publicidad donde trabajaba, y tomaba el Metro hasta Tribunal, el perro aparecía como de la nada y me acompañaba hasta casa. Primero lo hacía a cierta distancia unos diez metros y cada día un poquito más cerca, hasta que, con el paso de las semanas, caminaba casi a la par conmigo.
Aunque la preocupación no desaparecía del todo, el miedo iba cediendo su sitio a una extraña costumbre. Notaba que aquel animal jamás era agresivo. Con el tiempo, reparé en la nobleza de su paso pausado, en las orejas menos tensas, en esa mirada perspicaz, cada vez menos inquietante.
Un día cualquiera de septiembre, volviendo ya tarde, me sorprendí pensando que su compañía me resultaba, incluso, agradable. Decidí bautizarlo.
Hermés dije en voz baja. El nombre me pareció apropiado, grande y con algo mítico.
Cual fue mi sorpresa cuando, en cuanto lo llamé de nuevo por ese nombre otro día, giró la cabeza como si realmente supiera que me refería a él. Aquella complicidad me arrancó una sonrisa.
Como decía, mi trabajo en la agencia me dejaba exhausto. El regreso a casa, antes monótono, se transformó por Hermés en una rutina tranquilizadora. Su compañía muda parecía calmar mi ánimo. Ni un ladrido, ni un salto. Sólo su andar calmo, como si supiese que yo no necesitaba que me llamasen la atención, sino simplemente eso: compañía discreta.
En ocasiones, ralentizaba el paso para dejarle acercarse más. Incluso alguna noche una ráfaga inesperada de valor me detuve y le sostuve la mirada unos segundos. Hermés me correspondía con esos ojos oscuros, sin pizca de amenaza, como diciendo que la confianza se construye despacio, ladrillo a ladrillo. Así, poco a poco, el miedo de mi infancia se iba derritiendo para dejar paso a una ternura desconocida.
Una tarde especial de septiembre, tras retrasarme por una presentación infernal, salí de la oficina agotado. Caminaba ensimismado, el móvil vibrando de notificaciones. La humedad del aire ya era otoñal. Pero sentí enseguida que algo faltaba. Hermés no apareció en la esquina, ni emergió de los setos del bulevar, como cada noche.
¿Le habrá pasado algo? ¿Y si se ha puesto enfermo? ¿O al fin su dueño lo recogió? me torturaba mientras aceleraba el paso.
La calle se fue quedando a oscuras. Cada sombra alargada me parecía sospechosa. Nunca me gustó el ambiente de Madrid en penumbra; cualquier figura parece intimidante. Me di cuenta entonces de cuánto me había acostumbrado a sentir cerca la protección de Hermés. Sin él, sentía la ciudad hostil.
Ya casi había llegado a la glorieta de Quevedo cuando, desde un callejón lateral, oí un silbido y una voz masculina, burlona:
Ey, reina, ¿te acompaño?
Ya está, pensé, sintiendo el miedo subir por la garganta. Apuré el paso. El tipo, sin embargo, me siguió, acercándose sin ocultar su descaro.
¿Dónde vas con tanta prisa? No te hagas la dura
Sentí de repente una mano atrapándome el brazo. Fuerte, áspera.
Cuando te hablo, contestas. No me gusta que me ignoren susurró, pegando su cuerpo al mío.
Intenté zafarme, notando el pavor atenazando todo mi ser.
Suéltame o grito respondí con voz trémula, intentando mantener la firmeza.
La presión de su mano aumentó.
Inténtalo. Te calmo rapidito bufó, sacando una navaja que relució a la luz de la farola.
En ese instante me arrepentí de aquel retraso. Si hubiera salido a la hora de siempre Pero allí estaba, paralizado en una acera desierta de Chamberí, con el miedo más frío de mi vida. Barajé posibilidades en milisegundos: ¿fuerza, diálogo, huida? Imposible pensar, y el hombre, ebrio, no parecía escuchar razones.
De repente, un ladrido tronó en la noche, potente como un trueno. El tipo soltó mi brazo y miró atrás, en pánico. Hermés se abalanzó sobre él, hundiendo los colmillos en la manga antes de que el otro pudiera reaccionar.
¡Quítate, bicho! gritó, forcejeando. La navaja cayó y rodó por la acera; la empujé con el pie, alejándola de ambos.
Suéltale, Hermés, pero no le dejes escapar ordené entre sollozos, manteniéndome todo lo firme que pude. Voy a llamar a la policía.
El perro aflojó la mordida pero se quedó en vilo, vigilando, gruñendo al menor movimiento hostil. No apartó la mirada hasta que, en cuestión de minutos, se presentaron los agentes y se llevaron esposado al agresor.
Hermés entonces se recostó a mi lado, posando la cabeza sobre mis rodillas, dejándome descargar tantas lágrimas reprimidas como necesitaba. Le abracé fuerte, consternado, murmurando:
Gracias, amigo. Gracias por estar.
Desde aquella noche todo cambió. Hermés pasó a ser mi compañero fijo: le llevé a casa y se adaptó rápido aunque con cautela a su nuevo territorio, merodeando por la vivienda, olfateando cada rincón, eligiendo sus puestos favoritos: primero junto a la puerta, más tarde al sol, frente al ventanal. Le compré una cama bien mullida, platos sólidos y algunos juguetes de goma y peluche. Al principio los ignoraba, pero poco a poco fue aceptándolos. Su rutina estuvo marcada por largos ratos tumbado a la ventana, aguardando mi regreso.
A los pocos días, Hermés ya recibía alegremente mis pasos en el portal. Los paseos vespertinos por el Parque de Santander eran especiales; sentí que con él, incluso mis viejos temores a los perros iban quedando atrás. Jamás había sentido tal paz con un can a mi lado.
Tras alguna jornada difícil en el trabajo, me reconfortaba sentarme en el sofá, con Hermés acurrucado junto a mis pies, la cabeza dejada sobre mi regazo. Su lealtad me enseñaba a mirar la vida de otra manera.
Una mañana, sin embargo, le encontré apagado. Nada de saludos, ni entusiasmo: apenas se levantó para beber agua. Me preocupé enseguida, palpándole la cabeza, sintiendo la temperatura algo alta. Llamé al veterinario y vino a examinarle. Diagnóstico: pequeña infección, secuela de sus andanzas. Mandó dieta blanda, pienso especial y medicación. Me esmeré en seguir las instrucciones: trozos pequeños, comida templada, pastillas camufladas en jamón Hermés parecía entender. Me miraba con esos ojos serenos, agradecido.
En una semana, Hermés ya había recuperado su fuerza y vitalidad. Volvieron los paseos por el parque, las carreras por el pasillo, los juegos. Me di cuenta de que le necesitaba tanto o más que él a mí. Sin darme cuenta, empecé a disfrutar de ser su dueño, aprendiendo los mejores cuidados para perros, organizando tiempo para juegos y entrenamientos. Le apunté a una escuela canina, y muy pronto aprendió sienta, ven aquí, quieto. El entrenador me felicitó muchas veces por su inteligencia y bondad.
Los domingos nos convertimos en habituales del Parque del Oeste; Hermés se integró bien con otros perros, correteando por el césped, siempre pendiente de que yo le mirase. Levi sentía como en casa a mi lado, y yo, a su vez, me sentía seguro y en paz.
Pero una tarde de otoño, en la puerta del portal, me encontré con un hombre que no conocía, de pie junto a la entrada. Me miraba con una mezcla de sonrisa y tensión.
Hola dijo. Tú debes de ser Alonso, ¿no?
Asentí con cautela.
Me llamo Jorge. Soy el dueño de Hermés.
Me quedé helado unos segundos, procesando sus palabras.
¿En serio? ¿Por qué estuvo solo tanto tiempo?
Jorge susurró, la voz algo temblorosa.
Verás Trabajo en plataformas petrolíferas: estuve seis meses fuera. Dejé al perro en casa de un amigo, pero no pudo con él y, en vez de buscar otra solución, le soltó. A mi vuelta, lo busqué durante semanas, hasta que te vi paseando con él. Me costó reconocerlo, pero era él. Y la verdad parece mucho más feliz contigo.
Me quedé un momento pensativo, con un hilillo de culpabilidad, pero sentí alivio al ver su sinceridad.
Muchas gracias por venir le dije. Ahora forma parte de mi vida.
Jorge sonrió y se marchó, dejando una especie de melancolía, pero también paz.
Desde aquel día, Hermés se quedó en casa. Me recibe cada noche, comparte silencios y paseos. Me enseñó que los miedos pueden vencerse con paciencia, que ni el corazón ni la vida se curan solos, y que a veces, los ángeles llegan cubiertos de pelos y con zarpas, justo cuando más los necesitas.





