El ángel peludo

El ángel desgreñado

Isabel retrocedía con cautela, sin apartar la mirada de aquel enorme perro, que, impasible, ocupaba todo el centro de la acera.

Buen chico, buen chico repetía en voz baja, casi susurrando, como si el aire pudiera romper la tregua silenciosa, procurando no mover ni un músculo de manera brusca.

El animal imponía. Bajo un manto de pelo espeso y enmarañado, su cuerpo macizo parecía casi una alfombra viviente. Sus ojos, negros y atentos, no perdían detalle de cada paso de Isabel; sus orejas, por si acaso, pegaban saltitos ante cualquier ruido extraño. Isabel sentía que el pulso se le iba a escapar de los dedos de puro miedo; las piernas le temblaban, pero trataba de mantener la compostura. Nunca le habían gustado los perros ni siquiera los pequeñitos esos cursis que duermen en brazos de las señoras en el parque; aquel terror tenía raíces profundas, de infancia.

Tenía cuatro años la primera vez que la llevaron al pueblo de su abuela, en la provincia de Salamanca. En la casa de al lado vivía un hombre que criaba perros. Isabel era de esas criaturas que lo quieren toquetear todo, curiosa perdida, siempre detrás de cualquier cosa viva que se moviera. Cuando se coló en su patio un precioso cachorro, Isabel no pudo resistirse. Vio su oportunidad, lo cogió en brazos y se encaminó hacia la casa. Pero su camino lo cortó la madre del cachorro: una perra grande, con los colmillos al aire. No atacó, simplemente gruñía bajo, enseñando dientes. Aquella escena se quedó imprimida en la mente de Isabel para siempre: el miedo helado, la impotencia, la certeza de que nadie la iba a salvar en ese momento.

Desde entonces, los perros incluso los de peluche se le hacían bola. Y ahora tenía delante un auténtico mastodonte, que, por lo visto, había decidido que la acera era suya. Isabel, nada tonta, optó por dar la vuelta y evitar problemas. Giró lentamente, como quien no quiere la cosa, y se alejó. Cada pocos pasos miraba hacia atrás: el perro la seguía, manteniendo una distancia prudente, sin prisa, sin pausa.

Qué listo eres, murmuró para sí, lanzando otra mirada de soslayo a su inesperado acompañante. Ni se acerca, parece que intuye que me dan miedo. Pero, ¿por qué me sigue? ¿Dónde está su dueño? Las preguntas daban vueltas en su cabeza, como caballos desbocados, pero respuestas, ni una.

Al llegar al portal de su bloque, Isabel prácticamente echó a correr por las escaleras. Puso el llavero inteligente en la cerradura, empujó la puerta de golpe y, ya a salvo, volvió a mirar: el perro seguía esperando en la acera, sin moverse, observando con aquel aire sabio cómo la puerta se cerraba y se le escapaba de la vista.

Dentro de su diminuto piso de Madrid, Isabel dejó el bolso sobre el estante, se quitó las zapatillas y se quedó quieta, con el corazón en la boca. Silencio, sólo el rumor lejano del tráfico por la Avenida. Tenía la necesidad de comprobar que el peludo guardián, alias El Perro de la Rotonda, no estaba plantado frente a su portal. Así que fue al salón y se asomó a la ventana: allí seguía el mismo bulto desgreñado, que ahora incluso parecía mirar hacia ella. El animal levantó levemente el hocico, movió la cola sin prisa y se largó trotando. Isabel soltó el aire por fin, hoy sí se había marchado.

Eso se convirtió en costumbre. Todas las tardes, al volver del trabajo, el perro hacía aparición, como conjurado desde el éter, y la acompañaba hasta casa. Al principio, manteniendo metros de distancia diez, luego cinco, finalmente, pegaba a tres y hasta a uno. Y ella, aunque no dejaba de estar en guardia, fue cambiando poco a poco su miedo atávico por una desconfianza un poco menos histérica. Aquel animal no era agresivo, sólo caminaba cerca, como consciente de que su presencia era suficiente.

Con el tiempo, Isabel reparó en detalles nuevos: la zancada pausada del perro, cómo dejaba caer las orejas en gesto soñoliento, el brillo paciente de sus ojos. Fue sorprendente un día descubrir que, en el fondo, le resultaba reconfortante tener al perro cerca. Pensó que si lo iba a tener de sombra, bien podía ponerle nombre. No lo dudó: el perro era grande, imponente y con ese toque misterioso del que se sabe parte de algo más grande.

Ares murmuró en voz baja. Le pegaba.

El milagro llegó al pronunciarlo: la siguiente vez que le llamó ¡Ares!, el perro giró la cabeza al instante, como si siempre hubiese sido su nombre. Isabel sonrió, encantada.

Trabajaba de gestora en una pequeña agencia de publicidad, días repletos de reuniones, clientes indecisos y cambios de última hora en toda clase de campañas imposibles. Llegaba a casa agotada, con una sola ilusión: quitarse los tacones y plantarse un té delante del portátil, con la esperanza de desconectar del mundo. Pero la rutina adquirió un matiz nuevo: Ares hacía el trayecto final más llevadero. Silencioso, siempre presente, actuaba como un guardaespaldas zen, entendiendo perfectamente que Isabel sólo necesitaba acompañamiento discreto para hacer todo más soportable.

A veces ralentizaba el paso para dejarle acercarse. Algún día, hasta se atrevía a detenerse y cruzar una mirada. Ares respondía igual: miraba tranquilo, sin pizca de amenaza, la confianza creciendo, ladrillo a ladrillo.

Un atardecer de septiembre, Isabel se demoró más de lo normal por culpa de una urgencia (es decir: un PowerPoint que mutó cuatro veces y 85 correos sin leer). Al salir de la oficina el reloj marcaba casi las ocho. Caminaba deprisa, nerviosa; los plátanos de sombra soltaban hojas al suelo y el aire tenía esa frescura de los primeros días de otoño madrileño. Pero algo no encajaba: no estaba Ares. Siempre aparecía a la vuelta de su calle, o salía, casi teatral, del parque. Sin él, se sentía extrañamente vulnerable; incluso echaba de menos la rutina de sus pasos mullidos tras ella.

¿Y si le ha pasado algo? pensó, acelerando. ¿Habrá caído enfermo? ¿Su dueño le habrá encontrado? ¿O simplemente se ha cansado de mí?

Intentó acallar la ansiedad, pero malamente. Cruzó las mismas calles de siempre, ojos como platos, por si asomaba entre los setos. Las farolas aún no encendidas alargaban las sombras. A Isabel, ese limbo entre tarde y noche siempre le resultó incómodo: cualquier ruido parecía sospechoso, cualquier figura, amenazadora. Cómo añoraba en ese momento la silenciosa compañía de Ares.

A punto de llegar al cruce, de repente oyó una voz masculina, demasiado cercana, cargada de una ironía gastada de bar:

Buenas noches, guapa. ¿Nos conocemos?

Maldición, pensó Isabel, notando que el miedo le subía como un ascensor por la garganta. Aligeró el paso, en modo ojalá sea solo un pesado, pero el corazón se le salió del pecho.

¿Adónde vas tan deprisa? ¿Es que te asusto? más cerca aún, él insistía.

Trató de acelerar, pero una mano la agarró brusca del antebrazo, fuerte, desagradable.

¿No te han enseñado a contestar cuando te hablan? insistió, apretándola aún más.

Isabel tiró de la rabia que le quedaba:

¡Suéltame o empiezo a gritar! dijo, intentando que la voz le saliera segura.

El tipo se rio, apretó más.

Inténtalo, que verás Y de reojo, Isabel vio una navaja asomando en su mano, brillante con la escasa luz de la calle.

En ese momento maldijo todas y cada una de las tardes de exceso de trabajo. Si hubiese salido antes, nada de esto habría pasado. Ahora estaba sola en una calle semioscura y nadie iba a ayudarla.

Las ideas corrían a toda máquina: ¿zafarse? ¿negociar? Pero aquel hombre olía a whisky barato y gin-tonics viejos y la racionalidad brillaba por su ausencia. El pánico le cerró la garganta.

Y entonces, el silencio se rompió con un ladrido rotundo, grave y feroz. El tipo se giró, sorprendido, y la mano se soltó al instante. Cuando se quiso dar cuenta, estaba en el suelo, y Ares encima de él, sujetándole la muñeca con la boca.

¡Suelta, bestia! aulló el hombre, intentando zafarse, mientras la navaja caía y rodaba lejos. Isabel no lo dudó, le dio una patada al cuchillo que desapareció entre los matorrales.

¡Ares, suéltale pero no lo pierdas de vista! ¡Voy a llamar a la policía! dijo Isabel, con la voz temblorosa.

Ares soltó al agresor, pero no se alejó; se sentó a escasos metros, enseñando de nuevo los colmillos y con un gruñido que arrancaría la sensatez a cualquiera. Cuando aquel desgraciado intentó levantarse, Ares le mostró los dientes y se lo pensó dos veces. Mirada de guardia civil: aquí nadie se va si Ares no lo permite.

La policía llegó enseguida y se llevaron al hombre esposado. Cuando pasó el peligro, Ares se acercó a Isabel, que seguía sentada en la acera temblando como un flan, y le apoyó la cabeza sobre las rodillas. El simple gesto le quitó un peso de encima y se dejó ir entre lágrimas por fin abrazando ese pelaje enredado.

Gracias susurró entre hipidos y risas. Gracias por estar aquí.

Desde aquella noche, la vida cambió. Isabel no se imaginaba ya los días sin Ares. Lo adoptó oficialmente; ahora dormía en su salón, la recibía todas las tardes y la seguía, atento, por el minipiso. Se había convertido en el más fiel de los guardaespaldas madrileños.

Aun cuando algún ruido la sobresaltaba, ya no se sentía sola. Tenía a Ares, su particular ángel canino, el que había dejado claro que no le temblaría el pulso por defenderla.

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Los primeros días de Ares en el piso no fueron fáciles. Entró oliendo todo, entre alerta y desconfiado. La mezcla de aromas a suavizante, IKEA y pizzas congeladas debía de ser una fiesta para su trufa. Exploró cada rincón, olfateó las puertas, inspeccionó las esquinas. Cada zumbido del ascensor o portazo de vecino le ponía las orejas tiesas. Isabel no forzó nada: le habló con cariño, le dejó tiempo, y le mostró el cojín nuevo de peluche comprado en rebajas, que Ares, por supuesto, ignoró tres días.

Con la confianza, Ares fue eligiendo sus espacios: primero se instaló junto a la puerta, luego junto al ventanal del salón, de donde podía ver la Plaza. Eso le tranquilizaba notablemente.

Isabel le facilitó la adaptación. Compró comedero de acero, juguetes de goma, una cuerda y hasta un peluche con forma de churro. Los primeros días, Ares era escéptico total, pero una tarde se atrevió a darle un lametazo al peluche y, después, a empujar la pelota con el hocico.

Cada vez se le veía más a gusto. Solía esperar a Isabel tumbado, pero se incorporaba justo cuando oía sus pasos por el rellano. Los paseos al parque empezaron a ser parte del ritual diario: ella, que antes prefería evitar perros, iba segura con Ares de la correa. Entre árboles y bancos, Ares olisqueaba a gusto y se dedicaba a mirar pájaros con esa dignidad perruna de quien ha superado muchas cosas.

Por otro lado, su fidelidad también tenía efectos terapéuticos. Al llegar agotada de la agencia, Isabel se desparramaba en el sofá, y Ares, en cero coma, se apoyaba en su regazo. Poco a poco, Isabel dejó de temer a los perros (bueno, a algunos) y le cogió un cariño casi maternal.

Pero un día, Ares amaneció apático; no fue a saludarla como de costumbre y ni siquiera quiso probar bocado. Isabel, al borde del ataque, llamó a la clínica veterinaria del barrio: Calle Fuencarral, consulta de la doctora García.

Diagnóstico: infección leve, seguramente por lo que pilló de la calle. Necesitaba pienso especial y una semana de medicación, control de agua y mucho mimo.

Isabel se empleó a fondo. Pienso tibio, pastillas camufladas en embutido, agua fresca cada hora, y caricias motivacionales. Ares colaboró todo lo posible, agradeciendo el trato con una de esas miradas de no veas lo que te quiero. A los pocos días, se volvía a animar; pronto correteaba como antes y recibía a Isabel con alegría, moviendo el rabo como si se le fuera a descoser. Isabel, feliz, respiraba tranquila.

La rutina de ambos fue asentándose. Ella aprendió qué alimentos le iban bien y cuáles estaban prohibidos (adiós, jamón serrano), se acostumbró a organizarse con los paseos y jugar un rato cada día. Incluso, animada, se inscribió en clases básicas de obediencia; Ares resultó un alumno excelente y presumía de sentarse o acudir a la orden casi sin error, para orgullo de Isabel y sus vecinas.

Los sábados exploraban la Casa de Campo: Ares hacía amigos, perseguía pelotas, y ella se sentaba en un banco, observándole con algo muy parecido a la paz casera y el regusto de la seguridad.

Pero, porque en Madrid no se puede ser feliz todas las semanas del año, una noche al volver del trabajo a Isabel le esperaba un hombre desconocido en el portal.

Iba apoyado en la pared, mirándola fijamente.

Hola, dijo, sonriendo con algo de timidez. ¿Tú eres Isabel?

Ella frenó en seco.

Sí ¿y usted?

Soy Javier, el dueño de ese perro.

El silencio se apoderó de la calle.

¿Su dueño? ¿Entonces por qué vivía en la calle?

Javier suspiró, pasó la mano por el pelo y empezó a contar: se había marchado a trabajar a Galicia una temporada, dejó a su perro con un amigo, el amigo no le hizo caso y le soltó en la calle. Volvió, buscó por todos los barrios, empapeló con carteles, imposible encontrarle. Hasta que un día le vio paseando con ella, tan tranquilo, tan a gusto.

Isabel escuchaba, una mezcla de enfado y lástima. ¿Cómo podía alguien abandonar así a un animal? Pero Javier no parecía mal tipo, sólo uno de esos despistados del siglo veintiuno.

¿Y ahora qué? ¿Vas a llevarte a Ares? inquirió.

Javier la miró, titubeó.

He pensado mucho en ello, pero Le veo feliz, muy bien cuidado. Sería injusto llevármelo. Quería verte, darte las gracias y asegurarme de que está en buenas manos.

Isabel asintió. Dentro, sentía alivio y un punto de agradecimiento. Sabía que Javier hacía lo correcto.

Gracias por decírmelo, le respondió. Te prometo que lo cuidaré.

Javier sonrió, saludó y se alejó despacio calle abajo. Isabel subió a casa, con el corazón ligero y la certeza de que, en su piso madrileño, un ángel desgreñado la esperaba, listo para hacerle compañía con su lealtad a prueba de crisis, de lunes y de anuncios imposibles.

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