Mira, te cuento lo que pasó en la aldea de Villalba, en la sierra de Gredos. En el día del entierro de su esposa, Federico García no soltó ni una lágrima.
Mira, ya te lo dije, nunca amó a Begoña le susurraba al oído su vecina Dolores.
Cálmate, ¿y ahora? Los niños se han quedado huérfanos con ese padre… replicó Luz, la otra vecina.
Verás que al final se casará con Carmen añadió Luz con una sonrisa.
¿Con Carmen? ¿Qué tiene ella con él? Gloria es su única ilusión. ¿Te acuerdas de cuando paseaban por los sembrados? Carmen ya tiene familia y además la ha dejado atrás.
¿Tú lo sabes? preguntó Dolores.
Claro que sí. El marido de Carmen está en la brigada de los fusileros, ¿para qué querría Federico? Es una mujer práctica. En cambio, Gloria anda con su Miguel, y ahí empezarán a revolotear los romances confirmó Luz.
Begoña fue enterrada y los niños se tomaron de la mano con fuerza. Solo tenían ocho años Miguelito y Almudena. Begoña se había casado con Federico por un amor grande, pero nadie en el pueblo sabía si él la amaba de verdad, ni siquiera ella.
Se decía que había quedado embarazada y por eso Federico la tomó por esposa. La hija del matrimonio, Clara, nació a los siete meses, vivió poco y, tras su muerte, Federico y Begoña no volvieron a tener hijos. Federico siempre estaba taciturno, casi nunca hablaba. Le apodaban el Canto por su silencio. Era muy escaso en palabras y aún más en caricias, y todo el mundo lo sabía, incluida Begoña.
Aun así, Dios le tuvo compasión. La pobre rezó como una monja y, de repente, el cielo le regaló dos niños. Miguelito y Almudena eran gemelos. Miguelito heredó la dulzura de su madre, era tiernito y compasivo; Almudena, en cambio, tomó la recelo de su padre: no se le saca una palabra, se encierra en mil candados y guarda silencio. Nadie sabe qué pasa por su cabecita, pero se lleva mejor con su papá, porque comparten carácter.
Cuando Federico trabajaba en el granero, Almudena le daba vueltas, escuchaba sus historias y aprendía de la vida. Miguelito, junto a su madre, barría el suelo y llevaba agua en su cantimplora, aunque fuera poca, siempre ayudaba.
Begoña amaba a sus hijos, pero no entendía a Almudena. En cambio, Miguelito se había encariñado con ella. Cuando Begoña estaba en su lecho final, le dijo a Miguelito:
Hijo, ya me voy. Tú serás el mayor ahora. No le hagas daño a tu hermana, protégela. Eres un chico, tienes que cuidarla, es una niña y necesita tu ayuda.
¿Y papá? preguntó Miguelito.
¿Qué? repitió Begoña sin entender.
¿Papá nos protegerá?
No lo sé, hijo. La vida nos dirá.
Entonces, no te vayas, ¿cómo vamos a estar sin ti? sollozó Miguelito.
Hijo, si pudiera impedirlo, lo haría respondió ella pensativa. Y al amanecer ya no estaba.
Federico se quedó junto a la tumba, sujetó su mano, no derramó ni una lágrima, solo se encogió y se volvió gris. Así quedó todo.
Con el tiempo, Almudena tomó la responsabilidad de la casa. Trataba de cocinar y arreglar la vivienda, aunque aún era muy joven. La hermana de Federico, Natalia, venía a ayudarla y a enseñarle las faenas del hogar.
Tía Natalia preguntó Almudena una tarde, ¿papá se volverá a casar?
No lo sé, niña. No me va a contar lo que le pasa a tu padre.
Natalia tenía su propio marido, Víctor, y varios hijos.
¿Y si te quedas con nosotros? insistió Almudena.
No te hagas ilusiones. Tu padre os quiere y no os dejará mal le contestó Natalia.
En el pueblo corrían rumores de que Federico y Gloria habían revivido su viejo amor.
Gloria está loca, se ha liado de nuevo con Federico y se ha olvidado de su familia decía Dolores.
Qué tonta es esa Gloria añadían las mujeres del almacén.
Dejad de hablar, que el presidente del colectivo, el señor Máximo León, los está escuchando intervino el presidente del ayuntamiento, Máximo León, para callar los chismes.
Hablan sin saber nada de sus vecinos les reprochó con firmeza.
Resulta que, en su día, Federico y Gloria sí se habían querido, pero él tuvo que mudarse a otra comarca, a la provincia de Castilla-La Mancha, para ayudar a un colectivista que estaba en apuros. Pasó dos meses allá, y mientras él estaba lejos, Gloria se juntó con Miguel, el hijo de la familia de los cerezas. Cuando Federico volvió, se enteró y enfrentó a Miguel, pero después de la bronca ya no volvió a hablar con Gloria. Ella se casó con Miguel, pero él era irresponsable, siempre de fiesta y sin trabajo. Gloria lloraba porque no había atrapado a un buen marido; Federico, en cambio, seguía siendo un hombre callado, trabajador, pero sin palabras de amor.
Así, la gente del pueblo empezó a decir que Federico se inclinaba de nuevo por Begoña, y ella florecía como una azucena en primavera.
Mira lo que hace el amor con la gente comentaban los vecinos.
Begoña siempre había sentido un cariño secreto por Federico, aunque nunca se lo confesó. Un día, él y ella se encontraron, pasearon y, al final, firmaron los papeles en el ayuntamiento. La boda fue sencilla; de la familia de Federico solo quedó Natalia, y de la de Begoña su madre, una anciana que había tenido a Begoña ya de adulta. El presidente del ayuntamiento, Víctor Prochazka, era quien había unido a la madre de Begoña con algún vecino del lugar. Ocsana, una mujer guapa pero que nunca se había casado, rondaba el pueblo y coqueteaba con los hombres, pero Begoña no se parecía a ella en nada; además, la hija no es responsable de la madre.
Los vecinos sentían lástima por Begoña, sobre todo cuando se casó con Federico.
¡Ay, qué pena, no le quiere! exclamaba Nélida Peréz. Pasará su vida sufriendo.
Sin embargo, Federico se mantuvo fiel a su esposa, y la gente del pueblo estaba segura de ello. ¿Se puede esconder el amor en una aldea?
Fueron quince años con Begoña, sin una sola pelea. Poco a poco, el pueblo se tranquilizó, hasta que Begoña enfermó gravemente el invierno pasado. Le diagnosticaron una enfermedad incurable, sin esperanza.
Ese día, Federico volvía del trabajo.
Fede, paso a veros un ratito, he horneado unos pastelitos para los niños le gritó Gloria, con una taza de pastelitos en la mano.
No, gracias, ya nos ha traído Natá de ayer respondió él.
Yo lo hago de corazón, Fede insistió ella.
Yo también lo haría por mi hermana.
Fede, quedemos en la molinera al atardecer propuso Gloria.
¿Para qué? le preguntó él.
¿Acaso te has olvidado de lo que fue entre nosotros? le espetó ella.
Eso quedó en el pasado. Mis hijos son mi vida, amo a Begoña le contestó.
Ya no la podrás recuperar dijo Gloria.
El amor no muere replicó Federico.
No la amabas, te casaste por despecho.
Gloria, vuelve a casa le dijo en tono bajo.
Federico se apresuró, sin mirar atrás, y llegó a la casa donde lo esperaban sus niños. Gloria se quedó sola, en medio de la calle del pueblo.
Pasaron los años, los niños crecieron. La tía Natasha seguía de visita, y ya había descubierto que su hermano era un “cariñoso de una sola mujer”.
Almudena, he oído que sales con Gutiérrez le dijo la tía desde la puerta.
Sí, ¿y qué? respondió la joven, pensando en su propia belleza.
Nada, solo que tengas cuidado advirtió la tía.
¿Qué pasa? preguntó Almudena.
Ya sabes a qué me refiero, no eres una niña le respondió la tía con severidad.
Tía, lo quiero de verdad, para siempre.
Eso dices, pero el tiempo dirá.
Yo sé que nunca podré amar a otro si él me traiciona.
Yo también lo creo concluyó la tía.
Una tarde, Miguel y Almudena esperaban a su padre de vuelta del trabajo.
Papá se está retrasando dijo Miguel.
Hoy es viernes.
¿Y qué? replicó Almudena. Él siempre va a la tumba de mamá los miércoles, viernes y fines de semana.
¿Cómo lo sabes? preguntó Miguel, alzando las cejas.
No seas tonto, Miguel, si no sientes el corazón de tu padre no lo entenderás.
Silenciosos, se acercaron al cementerio. Almudena llevó a su hermano por un sendero entre huertos.
Mira ahí dijo, señalando la figura encorvada del padre.
Miguel escuchó una voz que parecía venir de su interior.
Begoña, estas cosas pasan. Pronto Almudena se casará y yo he juntado la dote, Natá me ha ayudado. No sé si tú me perdonas por no haber dicho palabras dulces en vida, pero mi corazón siempre te ha hablado dijo Federico, con voz ronca, mientras se alejaba lentamente hacia la puerta del cementerio.
Almudena miró a su hermano, los ojos llenos de lágrimas.
Así quedó la historia en Villalba, amigo. Un cuento de amores, silencios y recuerdos que todavía se sienten en cada esquina del pueblo.







