El amor no se presume Anita salió de la casa con un cubo lleno de pienso para los cerdos y, furios…

El amor no es para lucirse

Hoy, después de desayunar, salí de la casa de campo con el cubo lleno de pienso para los cerdos. Pasé de mala gana junto a mi marido, Esteban, que lleva ya tres días seguidos trasteando el pozo del patio. ¡Quiere dejarlo decorado con relieves, como si no hubiera cosas más urgentes en la finca! Una aquí, ocupándose de todo, alimentando a los animales y cuidando la casa, y él tan contento, con el escoplo entre manos, cubierto de virutas, sonriéndome como si nada. A veces pienso qué tipo de marido me ha tocado. Nunca una palabra tierna, ni siquiera un golpe de carácter en la mesa; solo trabaja en silencio y, de vez en cuando, se acerca, me mira a los ojos y acaricia mi larga trenza castaña. Esa es toda su muestra de afecto. Y yo, la verdad, anhelo que alguna vez me llame corazoncito o mi lucero del alba

Pensando en mi destino como mujer, casi me caigo al tropezar con el viejo pastor alemán, Bribón. Esteban, rápido como el rayo, me sujetó por la cintura y lanzó una mirada seria al perro:

– ¡Pero bueno, no te pongas en medio, que vas a hacerle daño a tu dueña!

Bribón bajó la cabeza avergonzado y se fue a su caseta. Una vez más me sorprendió cómo los animales entienden a Esteban. Una vez le pregunté por ello y, tan sencillo como es él, me respondió:

– Les doy cariño, y ellos me lo devuelven.

Yo también sueño con un cariño así, con alguien que me lleve en brazos, que me susurre palabras ardientes al oído, que cada mañana me deje flores en la almohada… Pero Esteban es tan parco en muestras de afecto que vuelvo a dudar muchas veces de si me quiere de verdad.

– ¡Que Dios os ayude, vecina! la voz de Fernando, el vecino, me interrumpió desde la valla . Esteban, ¿sigues perdiendo el tiempo con esos adornitos? ¿Y a quién le interesan esas virguerías tuyas?

– Quiero que mis hijos crezcan rodeados de belleza, para que aprendan a ser personas de bien contestó él.

– Pues primero tendrás que tener hijos soltó Fernando, guiñándome un ojo y riendo.

Esteban me miró con tristeza, y yo, apurada, me fui corriendo dentro de casa. La verdad es que aún no quería hijos. Soy joven, guapa, y todavía deseo vivir un poco para mí; además, a veces pienso que Esteban no es ni carne ni pescado. ¡Y Fernando! Qué hombre tan apuesto, alto, de hombros anchos Esteban tampoco está mal, pero Fernando es otra cosa. Cuando me lo encuentro, siempre tiene unas palabras amables, dice cosas como: qué guapa estás, mi estrellita, mi sol de la mañana. Me tiembla el alma y las piernas, pero huyo de su encanto. Una prometió fidelidad cuando se casó, y mis padres siempre me enseñaron a honrar lo que se tiene en casa.

Pero ¿por qué me apetece tanto mirar por la ventana, esperando cruzarme la vista con el vecino?

A la mañana siguiente, cuando sacaba la vaca al prado, me crucé con Fernando en la portilla.

– Carmela, paloma mía, ¿por qué me rehúyes? ¿Es que me tienes miedo? No puedo dejar de mirarte, se me nubla la cabeza cuando te veo

Y acercándose más, añadió en voz baja:

– Ven mañana, en cuanto tu Esteban salga a pescar al alba. Vente a mi casa y verás cómo te hago feliz, de verdad.

Sentí que me ardían las mejillas y el corazón me latía tan fuerte que parecía que se me salía del pecho. Pero pasé de largo, sin decir palabra.

– Te esperaré, te lo juro dijo tras de mí.

Estuve pensando en él todo el día. Me moría de ganas de sentirme querida, mimada, y Fernando es tan guapo, tan decidido Pero no me atrevía a dar ese salto. Aunque, hasta el amanecer de mañana, aún hay tiempo ¿y si?

Por la tarde, Esteban encendió la chimenea de la casita donde está la sauna, e invitó al vecino a acompañarle. Creo que Fernando aceptó encantado, así no tenía que gastar leña en la suya. Estuvieron allí un buen rato, dándose con ramas de abedul, disfrutando como niños. Cuando terminaron, salieron a la sala pequeña a descansar. Yo les llevé una botellita de aguardiente y algo de picar. De repente recordé que había pepinillos en el sótano y fui deprisa a por ellos. Al volver, escuché sus voces, el sonido venía desde la puerta entreabierta. Instintivamente, me detuve a escuchar.

– Eres un soso, Esteban murmuraba Fernando . Vente esta noche conmigo, vamos a divertirnos. Allí las viudas te colmarán de cariños, y además son todas guapísimas. No como tu Carmela, que es tan sosa

– No, Fernando le oí decir a Esteban, su voz era baja, pero segura . No me interesan esas mujeres, ni quiero pensarlo. Mi mujer no es ninguna sosa: para mí es lo más bonito de este mundo. No hay flor que se le iguale, ni fruto más jugoso. Cuando la miro, ni el sol brilla más que sus ojos, ni hay talle más hermoso que el suyo. Yo la quiero con toda el alma, aunque no sepa expresarlo como quisiera. Sé que le duele que no se lo diga, y tengo miedo de perderla. No sabría vivir sin ella, ni siquiera sabría respirar

Yo escuché, petrificada, sintiendo que el alma se me encogía. Se me escapaba una lagrimita, pero de pura emoción. Me enjugé los ojos, levanté la cabeza y entré en la habitación con determinación:

– Anda, vecino, vete tú a alegrarle la noche a las viudas, que aquí tenemos cosas más importantes. Aún no hay nadie que admire la belleza que Esteban está esculpiendo en ese pozo. Perdóname, mi amor, por haber dudado, por mi ceguera. Tenía la felicidad delante y no lo veía. Vamos, que ya hemos perdido demasiado tiempo

Al amanecer, Esteban no fue a pescar.

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El amor no se presume Anita salió de la casa con un cubo lleno de pienso para los cerdos y, furios…