El amor no es para lucirse
Encarna salió de la casa de campo con un cubo lleno de pienso para los cerdos, pasando de mala gana junto a su marido, Eugenio, que llevaba tres días encaramado al pozo. Había decidido tallarlo con filigranas para dejarlo bonito, como si no hubiera cosas más útiles que hacer. La mujer andaba trajinando con las tareas, alimentando a los animales, mientras él, con la gubia en la mano y la camisa llena de serrín, la miraba y le dedicaba una sonrisa. ¿Qué clase de marido le había tocado en suerte? Ni una palabra tierna, nunca un golpe sobre la mesa: trabajaba en silencio, y de vez en cuando se acercaba, la miraba a los ojos y acariciaba su trenza castaña. Eso era todo su afecto. Y ella anhelaba escuchar un luz de mi vida o un paloma mía…
Pensando en su destino de mujer, estuvo a punto de tropezar con el viejo Chispa, el perro, que dormitaba en el umbral. Eugenio enseguida acudió y la sostuvo antes de que cayera, echando al perro una mirada seria:
¿No ves por dónde te metes? Vas a atropellar a la dueña.
Chispa agachó la cabeza, avergonzado, y se fue despacio a su caseta. Encarna volvió a sorprenderse de lo bien que los animales obedecían a su marido. Un día le preguntó:
¿Por qué te entienden tanto los bichos?
Porque los quiero mucho respondió él escuetamente. Y me lo devuelven.
Encarna también soñaba con un amor grande, que la llevaran en volandas, que le susurraran cosas bonitas al oído, que cada mañana hubiera una flor sobre su almohada Pero Eugenio nunca fue de muchas caricias, y ella ya comenzaba a dudar si de verdad la amaba.
Que Dios te ayude, vecina asomó Basilio, el del cortijo de al lado, por encima de la tapia. Eugenio, ¿todavía estás perdiendo el tiempo con dibujitos? ¿Y a quién le importa ese adorno?
Quiero que mis hijos crezcan con gusto por la belleza contestó Eugenio sin dejar de trabajar.
Primero habrá que tenerlos rió Basilio, guiñando un ojo a Encarna.
Eugenio la miró, triste. Ella, intimidada, se metió rápidamente en la casa. No tenía prisa por ser madre; joven y bonita, quería disfrutar aún un poco para sí, y su marido le parecía poca cosa. Basilio, sin embargo Alto, fuerte, aquel sí era un hombre bien plantado. Además, la saludaba con palabras dulces: Rosa mía, sol de la mañana. Y a Encarna se le iba el alma. Pero escapaba de sus encantos, recordando que de novia prometió ser fiel, como le enseñaron sus padres, que vivieron toda la vida en perfecta armonía.
¿Pero por qué entonces le apetecía tanto asomarse a la ventana y buscar la mirada del vecino?
A la mañana siguiente, cuando sacaba la vaca al prado, Basilio la detuvo en la cancela:
Encarnita, paloma mía, ¿por qué huyes de mí? No puedo apartar los ojos de ti, me mareas con tu hermosura. Ven a verme al amanecer, cuando tu Eugenio se vaya a pescar. Ya verás cuánta ternura recibes
Encarna se puso colorada, el corazón le tembló, pero solo apuró el paso sin decir nada.
Te esperaré le llegó la voz de Basilio por la espalda.
Pensó en él todo el día. Le faltaban cariño y caricias, y Basilio tenía mucho atractivo, pero le faltaba valor para ceder. Quizá mañana, al amanecer
Al anochecer, Eugenio preparó la chimenea para la sauna y llamó al vecino, que no desaprovechó la invitación. Los dos se azotaron con ramas de abedul, resoplando de satisfacción, y salieron a la antesala para refrescarse. Encarna les puso una jarra de orujo y pescado de aperitivo, y recordó que en la bodega tenía pepinillos en vinagre. Al bajar a por ellos, escuchó una conversación tras la puerta entornada y se quedó quieta, intrigada.
Eres muy soso, Eugenio le decía Basilio en voz baja. Ven conmigo; te acogerán unas viudas hermosas, hombres como tú las vuelven locas No como tu Encarna, que es una ratita gris.
No, amigo respondió Eugenio, con voz serena pero firme, no quiero a nadie aparte de mi mujer. Ni pensar puedo en otra. Mi Encarna no es una ratita, es la más bella del mundo. No hay flor ni fruto que la igualen. Cuando la miro, no hay sol más que sus ojos, ni rama más fina que su cuerpo. La quiero tanto que no encuentro palabras; ella se enfada porque no sé decirlo, pero temo perderla, no podría vivir ni un día sin su aire.
Encarna escuchaba sin moverse, el corazón bailando en el pecho y una lágrima corriendo por su mejilla. Se enjugó, entró decidida y, con voz alta, dijo:
Vete, vecino, busca tus viudas, aquí tenemos asuntos más importantes. Todavía no hay quien admire la belleza que Eugenio ha tallado. Perdóname, querido, por mis pensamientos ciegos; tuve la felicidad entre las manos y no supe verla. Hemos desperdiciado demasiado tiempo vamos dentro.
A la mañana siguiente, cuando despertó, Eugenio no se fue a pescar.
A veces el amor se expresa con gestos sencillos y silenciosos, y quien sabe mirar encuentra tesoros donde creía faltar todo.







