El amor de padres: “Los niños son las flores de la vida”, solía repetir mamá, y papá, riéndose, añadía: “En la tumba de sus propios padres”, aludiendo a las travesuras, caprichos y el bullicio interminable de los críos. Elia, agotada pero feliz, ayudó a sus hijos Milana (cuatro años) y David (año y medio) a subir al taxi tras un mágico fin de semana en casa de los abuelos, repleto de galletas, cuentos, mimos y pequeños placeres “apenas más permitidos que en casa”. Allí, entre la calidez familiar, la comida casera de mamá, la abuela, los tíos y primos, el árbol de Navidad resplandeciente decorado con adorables adornos antiguos y los eternos brindis de papá, Elia volvió a sentirse niña. Este año, decidió junto a su marido Ruslán regalar a sus padres algo muy especial: no por obligación, sino desde la gratitud, por la infancia feliz, el apoyo y el amor incondicional recibido, y también por la acogida que su familia brindó a Ruslán como nuevo yerno. El gran día trajo regalos, risas y hasta una gran sorpresa: Ruslán, que siempre soñó con regalarle un coche a su propio padre, cumplía ahora ese deseo con el padre de Elia. La emoción y las sorpresas se entrelazaron y, al final, un equívoco en el taxi estuvo a punto de acabar en tragedia, aunque todo terminó entre carcajadas y con una gran lección: el amor de los padres es una fuerza silenciosa, capaz de cualquier cosa por proteger a sus hijos.

El amor de los padres

Los hijos son las flores de la vida solía repetir la madre. Y el padre, entre risas, añadía siempre:
En la tumba de sus padres dejando caer una broma sobre las travesuras, caprichos y el bullicio constante que traen los niños.

Sofía suspiró, agotada pero feliz, mientras acomodaba a los niños en el taxi. Lucía tenía cuatro años y Gabriel apenas un año y medio. Lo habían pasado en grande con los abuelos: galletas, abrazos, cuentos y, por supuesto, esos pequeños excesos permitidos que en casa jamás habrían sido permitidos.

Para Sofía también fue un placer genuino hacer ese viaje. Sus padres, hermanas y sobrinos, su propio hogar la recibía sin condiciones ni preguntas. La comida de mamá, esa de la que resulta imposible negarse. El árbol de Navidad, resplandeciente, decorado con luces y esos adornos antiguos y entrañables. Los brindis de papá, algo largos pero siempre sinceros. Los regalos de mamá: cuidadosamente elegidos y llenos de cariño.

Por un momento, Sofía se sintió niña otra vez. Le apetecía, simplemente, dar las gracias:
Mamá, papá, gracias por existir.

Ese año, ella y Andrés habían decidido hacer un regalo especial a sus padres. No por obligación, sino por gratitud: por la infancia feliz, por el amor y los cuidados que llenaron los años de Sofía y sus hermanas. Por la confianza con la que acogieron a Andrés y le entregaron lo que más querían: a su hija. Por la fe en su camino y el apoyo en cada paso decisivo.

Siempre soñé con regalarle un coche a mi padre le confesó un día Andrés, en voz baja. Pero el mío no pudo vivir ese momento.
Hizo una pausa, sereno, y añadió con seguridad:
¡Pero al tuyo sí se lo regalaremos!

Sofía simplemente sonrió, mirándolo con todo ese amor, lleno de gratitud, respeto y futuro compartido.

Tal como habían planeado, Sofía fue a casa de sus padres con los niños. Llevaba varias cajas transparentes llenas de ensaladas caseras, carne y dulces todo preparado con mimo.

Gabriel entregó flores a su abuela: un ramo de rosas tan grande que casi no podía sostenerlo. Sofía abrazó a su padre, lo besó y respiró hondo ese aroma inconfundible a hogar.

¿Y Andrés? ¿Por qué no ha venido? preguntaron preocupados los padres.

En ese momento sonó el teléfono de Sofía.
Es Andrés sonrió. Se retrasa un poco. Dice que empecemos sin él.

Los niños ya corrían hacia el salón. Bajo el alto árbol de Navidad esperaban montones de regalos con nombres cuidadosamente escritos, como si los hubiera traído el mismísimo Papá Noel.

Lucía, claro, tenía más que nadie. Una caja contenía la carroza mágica de Cenicienta. Otra, un par de caballos blancos de largas crines doradas. Incluso zapatitos de cristal para la pequeña princesa. Después, un vestido etéreo con falda de vuelo y guantes largos adornados con pedrería. Joyas, un espejo mágico, cosméticos infantiles, estuches de manualidades, libros

Gabriel recibió una enorme caja con un parking de varios pisos: pequeños coches brillantes subían por el ascensor y se deslizaban por rampas en espiral. También había un gran dinosaurio de ojos luminosos, un arco con flechas, una piscina de bolas y un saco lleno de pelotas de colores; incluso una pistola espacial llena de luces. Y, por supuesto, libros para colorear, lápices y rotuladores mágicos.

¡Tampoco se olvidaron de Sofía!
En una pequeña cajita con lazo había unos pendientes de oro con piedras relucientes que reflejaban las luces del árbol.

En la mesa, en una gran bandeja, se lucía su tarta favorita: Hormiguero. Con nueces, pasas, frutas escarchadas y virutas de chocolate. Igualita que en su infancia.

Bajo el árbol, aparte, estaban las cajas para Andrés. Se prohibió tajantemente abrirlas sin él.

Sofía y los niños abrazaron a sus padres y entregaron sus regalos: a la madre, una cajita de auténtico perfume francés; al padre, una pulsera de plata de original trenzado. Lucía ofreció solemnemente un retrato de los abuelos: algo divertido, un poco como una ficha policial, pero dibujado con tanto cariño que todos reían y se emocionaban.

Pero el regalo más especial aún estaba por venir.

Unos treinta minutos después de los primeros brindis, una vez todos ya tranquilos y admirando los regalos, Sofía se puso los pendientes. Brillaron en sus orejas, resaltando la felicidad en sus ojos.

Lucía la miró atentamente y le preguntó de pronto:
Mamá, ¿te has puesto los pendientes para que yo te diga que eres guapa?
Sí, justo para eso respondió Sofía sin dudar.
¡Eres muy guapa! anunció, seria, Lucía. ¡Y yo también! ¡Y papá! ¡Y hasta Gabriel! las risas volvieron a llenar la casa.
¿Y nuestro yerno favorito? ¡Ya va siendo hora de que aparezca!

Entonces, llegó el momento. Se vio la luz de intermitentes, se abrieron las puertas del garaje y entró un gran coche blanco, reluciente y nuevo, tocando el claxon.

Todos salieron al patio, entre risas y pequeños temblores de frío.
Junto al portón estaba el coche, brillante, con lazos en los espejos y el capó.

Andrés salió tranquilamente del coche. Se acercó al padre de Sofía y le ofreció las llaves.
Son para usted De todo corazón.
Le abrazó con fuerza, de hombre a hombre, sin exageraciones. El padre permaneció un momento sin palabras, sonriendo confuso.
Pero, hijos ¿qué habéis hecho? No puedo balbuceó, incrédulo.

Ya lo llevaban de la mano: lo sentaron en el asiento del conductor, palpó el volante, miró el panel luminoso casi parecía una nave espacial. El interior olía a cuero nuevo y a futuras aventuras.

El abuelo se secó los ojos esos que pocas veces veían lágrimas.
Estáis locos susurró. Y luego abrazó a todos: Sofía, Andrés, los nietos, su mujer.

La Navidad fue todo un éxito. La alegría llenó los corazones de mayores y pequeños durante esos días de reencuentro. Pero todo tiene su final, y llegaba la hora de volver a casa.

A la mañana siguiente, Andrés salió hacia el trabajo. El padre de Sofía, orgulloso al volante de su coche nuevo, lo llevó como si hubiera rejuvenecido años y se hubiese quitado un peso de encima. Sofía los vio marchar y sonrió: el regalo ya tenía vida propia, como debía ser.

Por la tarde, Sofía llamó a un taxi con los niños. Las maletas eran más ligeras que al venir, pero los corazones estaban llenos. Lucía abrazó a la abuela una vez más, Gabriel agitó la mano a su abuelo, apretando su cochecito.

Se acomodaron en el taxi. El camino era tranquilo, los niños se quedaron dormidos enseguida, acurrucados y satisfechos.

De regreso a casa, Sofía pidió que pararan en una pequeña tienda de carretera.
Solo un minuto, tengo que comprar pañales y agua le dijo al conductor.

Cinco minutos después, Sofía volvió y subió al coche pero el corazón se le hundió.

¡No estaban los niños!

El taxista charlaba relajadamente con una chica desconocida en el asiento delantero.

¿Perdón? preguntó Sofía, extrañada.
La chica la miró con sorpresa:
¿Y esta quién es? ¿Qué hace aquí?
El conductor encogió los hombros:
No sé y mirando a Sofía. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
¡Pero bueno! ¿Dónde están mis hijos?
¡Serás desgraciado! chilló la chica, dándole golpes con el bolso al hombre. ¿Tienes hijos y no me lo dices?

¿Pero tú metes a cualquiera en el coche? gritaba ya Sofía. ¿Dónde están mis hijos?

Durante varios minutos, el coche se convirtió en un pequeño caos: gritos, acusaciones, gestos, indignación general.

Entonces se abrió una puerta y un hombre se asomó con calma:
Señorita este no es su coche. El suyo está un poco más adelante.

Todo se detuvo. Sofía cerró la puerta de golpe y corrió hacia un coche idéntico, aparcado unos metros más allá.

Abrió la puerta.

En el asiento trasero, sus hijos seguían profundamente dormidos. Dos angelitos, quietos y en paz.

Sofía respiró como si hubiera regresado de un precipicio. Se sentó, cerró la puerta y murmuró:
Vámonos

De repente, la risa la invadió. Una carcajada verdadera, nerviosa, liberadora. El conductor también estalló en risas, agradecido de que todo terminara así: sin tragedias, pero con una historia que contar para siempre.

Sofía miró a sus hijos dormidos, y de pronto comprendió algo sencillo: en el día a día, los padres son personas normales: cansados, tiernos, a veces distraídos. Pero ante el más mínimo atisbo de peligro ¡se convierten en leones!

Sin dudar, sin pensar, sin miedo. Solo hay un instinto: proteger.

Así es el amor.

Tranquilo cuando todo va bien, pero incontenible y feroz cuando se trata de los hijos. Y de eso se trata la familia: de un amor silencioso y eterno, que todo lo puede.

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MagistrUm
El amor de padres: “Los niños son las flores de la vida”, solía repetir mamá, y papá, riéndose, añadía: “En la tumba de sus propios padres”, aludiendo a las travesuras, caprichos y el bullicio interminable de los críos. Elia, agotada pero feliz, ayudó a sus hijos Milana (cuatro años) y David (año y medio) a subir al taxi tras un mágico fin de semana en casa de los abuelos, repleto de galletas, cuentos, mimos y pequeños placeres “apenas más permitidos que en casa”. Allí, entre la calidez familiar, la comida casera de mamá, la abuela, los tíos y primos, el árbol de Navidad resplandeciente decorado con adorables adornos antiguos y los eternos brindis de papá, Elia volvió a sentirse niña. Este año, decidió junto a su marido Ruslán regalar a sus padres algo muy especial: no por obligación, sino desde la gratitud, por la infancia feliz, el apoyo y el amor incondicional recibido, y también por la acogida que su familia brindó a Ruslán como nuevo yerno. El gran día trajo regalos, risas y hasta una gran sorpresa: Ruslán, que siempre soñó con regalarle un coche a su propio padre, cumplía ahora ese deseo con el padre de Elia. La emoción y las sorpresas se entrelazaron y, al final, un equívoco en el taxi estuvo a punto de acabar en tragedia, aunque todo terminó entre carcajadas y con una gran lección: el amor de los padres es una fuerza silenciosa, capaz de cualquier cosa por proteger a sus hijos.