El amor de madre y padre: Una historia madrileña de abuelos, abrazos, magia navideña y el instante en que una madre, tras una confusión en un taxi, descubre cómo los padres se transforman en leones cuando se trata de proteger a sus hijos

Querido diario,

Hoy ha sido uno de esos días en los que la vida te sacude y te recuerda el valor de la familia. Después de un fin de semana precioso en Valladolid, donde mi madre y mi padre han mimado a Sofía y a Tomás ella con cuatro añitos, él con apenas dieciocho meses, volvemos a casa. En casa de mis padres siempre se respira un aire cálido e incondicional, lleno de los aromas de la comida casera de mi madre ¿quién puede decirle que no a su tortilla de patatas?, de las luces del árbol de Navidad decorado con esas bolas de cristal antiguas, y los brindis de mi padre, siempre extensos, pero cargados de corazón. Los regalos de mi madre, tan pensados y útiles. Por un instante, en la sala, mientras jugábamos todos los primos, me sentí niña otra vez y sentí unas ganas enormes de decirles: ¡Mamá, papá, gracias por estar siempre ahí!.

De vuelta en taxi, Sofía y Tomás cayeron rendidos enseguida, abrazaditos, en el asiento trasero. Se nota que han disfrutado: la merienda, los cuentos, las cosquillas, los caprichos que solo los abuelos permiten. El trayecto era tranquilo, y yo aprovechaba para pensar en lo afortunada que soy.

A mitad de camino le pedí al conductor que parara en una tiendecita junto a la carretera:
Solo un momento. Es que necesito comprar pañales y agua le dije.

Tardé literalmente unos cinco minutos. Al volver y sentarme en el coche, sentí que el corazón se me caía al suelo: ¡los niños no estaban! En el asiento delantero, el taxista charlaba animadamente con una chica desconocida. Confundida y con el pánico asomando, acerté a decir:
¿Perdona?

La chica me lanzó una mirada fulminante:
¿Y tú quién eres? ¿Qué haces en nuestro coche?

El taxista ni se inmutó:
No tengo ni idea, yo solo estaba hablando con mi amiga. ¿Tú quién eres?

En ese momento, el drama ya era mayúsculo:
¿Pero qué broma es esta? ¿Dónde están mis hijos?

La chica, roja de enfado, exclamó:
¡Vaya morro tienes! ¿Encima tienes hijos y vienes aquí así como así? y comenzó a darle con el bolso al pobre conductor.

Yo, ya al borde de un colapso:
¡Pero bueno! ¿Pero a quién se le ocurre? ¿Dónde están mis niños?

Aquello se convirtió en un cómic surrealista: gritos, acusaciones, aspavientos y una sensación total de injusticia e impotencia. Duró cinco minutos eternos.

De pronto, alguien abrió la puerta del coche. Era un hombre que, con absoluta tranquilidad, dijo:
Señora, se ha equivocado de coche. El suyo está un poco más adelante.

Fue como si el mundo se detuviera. Salí disparada, cerrando la puerta de un portazo, y corrí hacia un taxi idéntico al anterior, unos metros más adelante. Allí, en el asiento trasero, seguían Sofía y Tomás durmiendo como dos angelitos, ajenos al terremoto de emociones de su madre.

Respiré tan hondo que me costó volver en mí. Cerré la puerta, me acomodé y murmuré:
Por favor, arranque ya.

El conductor, que había presenciado mi desquicie, comenzó a reírse sin poder contenerse. Yo también. Era esa risa nerviosa que te deja al borde de las lágrimas y la liberación. Y en ese momento lo vi clarísimo: los padres, en la rutina del día a día, podemos parecer despistados, cansados, hasta un poco torpes. Pero en cuanto se asoma el peligro, nos convertimos en auténticos leones. Sin pensarlo, sin medir, sin miedo. Solo existe una cosa: proteger a los nuestros.

Así funciona el amor de madre y de padre. Silencioso cuando todo va bien, inquebrantable cuando hay que defender a los hijos.

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