El amigo vendido. Relato del abuelo ¡Y él me entendió! No fue divertido, comprendí que era una tont…

¡Y me entendió!
No fue nada divertido, comprendí que aquello había sido una tontería.
Lo vendí. Él pensó que era un juego, pero luego se dio cuenta de que de verdad lo había vendido.
Los tiempos, en realidad, son diferentes para cada uno. A algunos el todo incluido no les parece gran cosa, a otros les basta un buen trozo de pan con embutido.

Así también vivíamos nosotros, cada uno a su manera, con sus altibajos.

Yo era un crío entonces. Mi tío, el hermano de mi madre, me regaló un cachorro de pastor alemán, y fui el niño más feliz de Madrid. El perrito se encariñó conmigo enseguida, me entendía casi sin palabras, me miraba a los ojos y siempre esperaba atento a que le diera alguna orden.

¡Túmbate!, decía yo con seriedad, y él se tumbaba, mirándome con ese gesto leal, dispuesto a todo por mí.

¡Sirve!, ordenaba, y el cachorro se incorporaba sobre sus patitas rechonchas y se quedaba quieto, tragando saliva, esperando su merecido premio.

Pero yo no tenía nada con qué premiarlo. Nosotros mismos pasábamos hambre en aquellos días.

Así era la vida entonces.

Mi tío, el tío Julián, el que me había regalado el perro, un día me dijo:

No te preocupes, chaval, mira qué perro más fiel y noble tienes. ¿Por qué no lo vendes? Después lo llamas y seguro que vuelve. Nadie te verá. Así tendrás algunos euros, y podrás comprar un capricho para ti, para tu madre y para él. Hazme caso, que sé de lo que hablo.

La idea me pareció graciosa. En ese momento no pensé que aquello estaba mal. Total, un adulto me lo había dicho, y además era una broma. Así podría comprarle alguna chuche a mi madre y a mi perro.

Le susurré a mi perro, que se llamaba Fiel, al oído, que solo lo dejaría irse un rato, que después lo llamaría y debía venir corriendo conmigo, que se escapara de los desconocidos.

¡Y me entendió!
Ladró suavecito, como diciendo que sí.

Al día siguiente le puse la correa y me fui con él a la estación. Allí se vendía de todo: flores, hortalizas, manzanas.

La gente bajaba del tren de cercanías y empezaba a comprar y a regatear.

Me adelanté un poco con Fiel, pero nadie se acercaba.

Ya casi se habían ido todos, cuando de pronto se acercó un hombre de gesto serio y me preguntó:

Oye, chaval, ¿a quién esperas? ¿Vas a vender el perro acaso? Es buen cachorro, te lo compro. Me metió dinero en la mano y cogió la correa.

Le pasé la correa, Fiel miró a todos lados y estornudó feliz.

Venga, Fiel, ve, amigo, ve le susurré. Te llamaré, ven conmigo cuando oigas mi voz. Y se fue con el hombre, y yo, oculto, lo seguí para ver dónde lo llevaba.

Por la tarde regresé a casa con pan, chorizo y unas golosinas. Mi madre me preguntó con mirada sospechosa:

¿No habrás robado esto, verdad?

¡No, mamá! Ayudé a llevar unas bolsas en la estación y me lo dieron.

Bueno, hijo, ven a cenar, que hoy estoy agotada. Come y vete a dormir.

Ni preguntó por Fiel, tampoco le importaba mucho.

Al día siguiente mi tío Julián vino a casa. Yo me preparaba para ir al colegio, aunque en verdad solo quería ir a buscar a Fiel.

¿Qué, chaval? ¿Vendiste al amigo? rió, dándome una palmada en la cabeza. Yo me aparté y no contesté.

No dormí nada, ni comí el pan ni el chorizo; se me removía la conciencia.

No fue nada divertido, supe que había sido una tontería.
Mi madre nunca fue de fiarse de las bromas del tío Julián.

Está un poco loco, no le hagas caso me decía siempre.

Cogí la mochila y salí corriendo de casa.

El lugar donde vivía aquel hombre estaba a tres manzanas; llegué sin aliento.

Fiel estaba detrás de una valla alta, atado con una gruesa cuerda.

Le llamé, pero me miró triste, apoyando la cabeza en las patas, movía el rabo, intentaba ladrar, pero apenas le salía la voz.

Lo vendí. Él pensó que era un juego, pero luego entendió que de verdad lo había dejado.

Entonces salió el hombre al patio, le gritó a Fiel y el perro agachó el rabo, triste. Fue entonces cuando entendí que aquello no tenía arreglo.

Por la tarde volví a la estación, ayudé a cargar bultos. Me pagaron poco, pero lo suficiente. Quizás sentí miedo, pero me armé de valor, fui hasta la casa y llamé a la puerta. Salió el hombre:

¿Qué haces aquí, chaval?

Señor, es que… he cambiado de idea le tendí el dinero que me había dado. Le devuelvo lo que pagó por Fiel.

El hombre me miró entornando los ojos, luego tomó el dinero y desató a Fiel:

Anda, llévatelo. El pobre está muy triste, no sirve para guardián, pero ojo: igual y no te perdona tan fácilmente.

Fiel me miró apagado.

Aquel juego se acabó convirtiendo en una prueba dura para los dos.

Después se acercó, me lamió la mano y se apoyó en mi tripa.

Ya han pasado muchos años, pero aprendí que los amigos, ni de broma, se traicionan.

Aquella noche mi madre se alegró:

Ayer estaba tan cansada que ni caí en la cuenta: ¿y el perro, dónde está? Ya me he acostumbrado a él, es uno más de la casa, Fiel.

Y el tío Julián, desde entonces, apenas volvió a visitarnos. Sus bromas ya no nos hacían ninguna gracia.

A veces la vida te pone a prueba y te enseña que aquello que de verdad importa jamás debe venderse ni por todo el oro del mundo.

Rate article
MagistrUm
El amigo vendido. Relato del abuelo ¡Y él me entendió! No fue divertido, comprendí que era una tont…