El aire que lo cambia todo

Todo fue culpa del aire italiano

Lucía era una chica tímida y poco agraciada. Hasta su madre reconocía que la naturaleza había sido injusta con ella. «Con esa apariencia, le costará encontrar marido», suspiraba su padre.

Pelo fino, nariz grande, dientes prominentes, mentón pequeño y una piel propensa a irritaciones. Pero, pese a su aspecto, Lucía tenía un carácter tranquilo, amable y compasivo.

Parecía que no le afectaba su falta de belleza. Solo lo parecía. Lucía sabía perfectamente que no era bonita. ¿Qué podía hacer?

—No te preocupes, hija. La felicidad no está en la belleza. Dios tiene un destino para cada uno. Tú también tendrás amor y familia. Lo importante es el alma, y la tuya es hermosa. Quien la descubra, te amará— le decía su madre.

Pero el alma hay que descubrirla, y nadie se fijaba en Lucía. Los chicos preferían a las chicas guapas, con caras de muñeca.

Lucía eligió la psicología como profesión. Allí la belleza no importaba, incluso podía ser una distracción. Ella, en cambio, conectaba con la gente por su sinceridad, su empatía y su habilidad para escuchar. Pronto se convirtió en una psicóloga demandada. Sus padres le ayudaron a comprar un piso. Todo iba bien, excepto su vida amorosa.

Un día, un hombre llevó a su hija adulta a consulta. La joven, muy afectada por su divorcio, necesitaba ayuda. Al principio, con su actitud, dejó claro que solo estaba allí por obligación. Pero tras dos sesiones, ya acudía con ganas. Su padre entró a agradecerle.

—Daniela ha cambiado, ha vuelto a sonreír, a creer en sí misma. Hacía años que no la veía así. Todo gracias a usted. Es usted una maga— le lanzó cumplidos—. ¿Me haría el honor de cenar conmigo?

—Crié a Daniela sola. Mi esposa nos abandonó por un amante y se fue a Estados Unidos. No volví a casarme por miedo a hacerle daño. La consentí demasiado, lo reconozco. Ahora es adulta, y yo me quedé solo. Espero que se case otra vez y me dé nietos— confesó Javier Martínez, el padre, durante la cena.

—Usted tiene buen aspecto, seguro que encontrará a alguien. Demuestra amor y comprensión hacia su hija— le respondió Lucía.

—¿Y usted? ¿Podría yo interesarle?— preguntó él de repente.

Lucía no supo qué decir. No esperaba ese giro y bajó la mirada, turbada. Javier lo interpretó a su manera.

—No lo tome a mal, mis intenciones son serias. A mi edad, no hay tiempo para largos noviazgos. Me gusta usted mucho. Tengo recursos, no le faltará nada. No la apresuro, piense en ello— le dijo al despedirse.

Ella no contestó. Luego, se lo contó a su madre.

—No hay nada que pensar— aprobó su madre.

—Pero no lo amo— dudaba Lucía.

—El amor se va. ¿Crees que tu padre y yo nos seguimos amando después de tantos años? Hemos pasado de todo. Hasta rozamos el divorcio. Todo pasó. Es más fácil estar acompañada que sola.

Lucía reflexionó. ¿Qué le esperaba? ¿Una vejez solitaria? Los hombres jóvenes y guapos no eran para ella. Los divorciados y desesperados, ese era su destino. Javier, al menos, era amable y serio, aunque mucho mayor. Así que aceptó.

Las maquilladoras hicieron magia, y en la boda Lucía lucía radiante. Su prometido estaba orgulloso de su joven y exitosa esposa.

Resultó ser un buen marido. La trataba con ternura y comprensión. La llamaba “mi Lucita” y la cuidaba con cariño. Llegaba ella cansada del trabajo, y él le llevaba un vaso de leche caliente, la arropaba con una manta… ¿Qué más podía pedir?

Una antigua compañera de clase fue a su consulta. En su día, fue de las más guapas, con chicos tras ella. Tuvo dos hijos de distintos maridos. Se enamoró de un tercero, pero él la humillaba por su pasado, la celaba, odiaba a sus hijos y vivía a su costa. ¿Echarlo? Pero, ¿quién la querría con dos hijos? Y ahora, embarazada del tercero. No sabía qué hacer.

Así era. La belleza no garantiza felicidad. Lucía no tenía de qué quejarse. Su marido la adoraba. ¿Hijos? Los deseaba, pero temía que heredaran su fealdad. Además, no llegaban.

Todo iba bien hasta que, tres años después, Javier enfermó. Problemas cardíacos y luego cáncer. Lucía lo cuidó con paciencia, pero él se volvió irritable. Su hija Daniela la culpaba: «Si no se hubiera casado contigo, no estaría así».

Un día, Javier le dijo:

—Ve a Italia, descansa. He hablado con Daniela, estará aquí. Solo diez días.

—No puedo, ¿qué dirá la gente?— se resistió Lucía.

—Nadie dirá nada. Te lo pido yo.

—¿Y si te pones peor?

—Estará Daniela, los médicos… No voy a empeorar— dijo, bromeando.

Al final, Lucía aceptó. Llamaba a diario, y él siempre le decía que estaba bien.

En Italia, disfrutó del aire fresco, la pasta… En un café, un italiano guapo se le acercó. Quería acompañarla, incluso insistió en ir a su hotel. Lucía escapó por la puerta trasera y tomó un taxi.

—¿Eres española?— preguntó el taxista.

Se alegró de hablar en su idioma. Él le contó que las italianas no eran como las españolas. Se había divorciado, estafado. Al día siguiente, le mostró la ciudad. Pasaron el día juntos, y Lucía, sin admitirlo, se enamoró. Esa noche, se quedó en su pequeño apartamento.

El tiempo voló. Antonio (así le decían allí) la llevó al aeropuerto, pidiéndole que se quedara. Ella sabía que eso mataría a Javier. Le dio su dirección, por si cambiaba de opinión.

En el avión, tiró el papel sin dudar. En casa, Javier y una cuidadora la esperaban. Daniela solo aguantó un día antes de contratar ayuda.

Nunca tuvieron hijos. Pero un día, Lucía se sintió mareada. El médico le dio la noticia: estaba embarazada. Javier lo supo antes de que hablara.

—No te culpo. Me alegro por ti. Lamento no poder ayudarte a criarlo.

—¿Cómo sabes que será niño?— preguntó ella.

—Mi ex se puso fea con Daniela. Tú, en cambio, radias.

—Perdón. Pero tú me mandaste…— intentó justificarse.

—Por eso no te culpo. Pon mi nombre. Será mi hijo— dijo Javier, firme.

Lucía lo abrazó, llorando. En ese momento, sintió que lo amaba. ¿Cómo no amar a un hombre tan noble?

Pero él empeoró. Lucía, aunque embarazada, no lo abandonaba. Un día, él insistió en que fuera a trabajar. Al volver, vio una ambulancia. Sabía que era por él.

Javier murió. Bajo su almohada, dejó una carta:

«Mi Lucita…», decía. Le dejaba el piso y dinero. A Daniela, una casa en el campo.

En el funeral, Daniela la culpó. «Mataste a mi padre», gritó.

Tres meses después, Lucía tuvo un niño. Para su alegría, no se parecía ni a ella ni a Antonio. Como si la naturaleza quisiera compensarla.

—Será por el aire italiano, el sol…— decía Lucía.

Quizá fue el aire, quizá un amor pasajero, o quizá su alma bondadosa. Con los años, hasta sus rasgos se suavizaron.

Su hijo fue su felicidadY aunque la vida no le había regalado belleza al principio, al final le entregó algo mucho más valioso: la paz de saber que el amor verdadero no siempre llega en la forma que uno espera, pero siempre llega a quienes lo merecen.

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