El agricultor cabalgaba junto a su prometida… y se quedó petrificado al cruzarse con su exesposa embarazada de siete meses llevando leña en plena Castilla…

El diario de Rodrigo primavera en Castilla

Cabalgaba bajo el aire tibio de la sierra, la brisa de los almendros flotando, junto a mi prometida, Clara. El mundo brillaba como un campo recién sembrado y, sin imaginarlo, la vi: mi exesposa, Teresa, avanzando desde la casita blanca hacia el pajar, brazos cargados de leña, vientre de siete meses ostensible bajo el vestido azul. Los pensamientos galoparon antes que mi lengua, el tiempo hacía cuentas, y comprendí ese niño era mío. Y yo, Rodrigo Sánchez de la Vega, hijo de estas tierras, no tenía idea.

Hubo un tiempo en que separarse era escándalo en el pueblo. Los divorcios, cuchicheo en la plaza, humillación para familias enteras. Las mujeres marcadas por la sospecha, los hombres por el recelo. Pero también hay excepciones: separaciones sin violencia, sin dramas, solo dos almas que buscan caminos distintos.

Teresa y yo fuimos uno de esos extraños casos. Comprometidos jóvenes; yo con veintiséis, ella con veintitrés, enamorados o, quizás, ilusionados más que enamorados. Al principio lo nuestro fue bueno. Nuestra vida giraba alrededor de la finca que Teresa heredó de su padre: diez hectáreas fértiles, olivos centenarios, viñas, aquella casa sencilla de piedra y tejas.

Teresa adoraba ese trozo de campo. Era incansable, sabia, capaz. Para ella la felicidad se resumía en tierra para trabajar, un techo, un puchero caliente. Yo, en cambio, empecé a ambicionar más: tierras nuevas, negocio en Salamanca, empleados, trato con comerciantes, ese sueño del apellido grande y las generaciones futuras. Pero Teresa se negaba. Ya tenemos bastante, Rodrigo, ¿para qué más? Yo insistía: Quiero dejar huella, levantar algo que trascienda. Si cuidas la tierra bien, ya la trasciendes. Pero yo no escuchaba, y ella no cedía.

Las discusiones se volvieron rutina, no agresivas, pero sí dolorosas, hasta que, una noche serena, después de ocho años juntos, nos sentamos frente a frente, desgastados. No podemos seguir así, dije. Lo sé, tú quieres otra cosa, yo quiero esto, y ninguno va a cambiar. Nos separamos, respiró profundo Teresa, y que sea en paz, por respeto. Así fue. Dejé la finca, tomé mi parte del dinero, ella quedó con esas hectáreas que tanto amaba.

Yo busqué fortuna en Segovia. Nuevos negocios, propiedades, obreros, justo lo que siempre anhelé. Entró Clara en escena, hija de terrateniente, elegante, brillante, compartía mi ambición. Seis meses después del divorcio, el compromiso estaba firmado. Y creía de veras que había encontrado a mi par. No sabía que Teresa, apenas tres semanas tras aquel adiós, descubrió que estaba embarazada. No sabía que intentó venir a decírmelo. No sabía que cuando llamó a mi puerta, fue Clara quien la recibió, fría: Rodrigo no quiere verte, está ocupado con su nueva vida. Teresa, herida, dejó atrás el orgullo y decidió criar sola a nuestro hijo.

No volvió más. Durante ocho meses trabajó su campo. Algunos del pueblo la compadecían, otros cuchicheaban. Teresa aguantaba, digna. Don Felipe, vecino viudo ya cincuentón, buena gente como pocos, ayudaba con lo más duro. Doña Carmen, la comadrona, la cuidaba. El bebé bien, Teresa también.

Hasta que aquel día de primavera, regresé al camino polvoriento de la finca con Clara. Íbamos a ver unas tierras en venta. Y entonces la vi: Teresa, vientre redondo, cargando leña hacia el pajar. Tiré de las riendas, frené. Clara se extrañó. ¿Qué pasa? No contesté. Solo miraba a Teresa. Ella aún no nos había visto, absorta en no tropezar. Hice números, el mundo se detuvo: ocho meses desde el divorcio, siete meses de embarazo. Era mi bebé, sin duda.

Desmonté sin pensarlo, piernas vacilantes. Clara se bajó, confundida. Me acerqué a Teresa. Cuando me vio, se detuvo, expresión de sorpresa, después mezcla de temor, rabia, y vergüenza.

Teresa

Rodrigo

¿Estás embarazada?

Así es. Siete meses largos.

Es ¿es mío?, con más miedo que voz.

No contestó, pero sus ojos confesaban la verdad.

¿Por qué no me avisaste?

Lo intenté. Fui a tu casa, tu prometida me echó con una frase. Vi que ya habías rehecho la vida, así que, seguí adelante sola.

Clara oyó a distancia, tensándose. Yo pensé que sólo ibas a buscarle, no que debías decirle algo

Teresa bajó la leña con fuerza. No vine para recuperar nada, vine para avisarte. Cuando vi que era tarde, asumí la carga: mi hijo, mi camino. Tú estabas ocupado en tu nueva vida.

Sigo teniendo derecho…

El derecho lo ganaste con tu ausencia, Rodrigo, me contestó, recogiendo la leña y marchándose.

Me quedé paralizado, devastado. Clara volvió a mi lado. Vámonos, esto no tiene solución. Pero yo sabía que no podía irme.

Aquella noche no dormí. Clara dormía serena en la casa de Segovia. La miré largo rato: ¿la amaba o solo llenaba el hueco de Teresa? La respuesta se me escapaba, y eso me inquietaba más que nada.

Al alba fui a ver a mi padre, don Ramón Sánchez de la Vega, patriarca, rico, dominante, dueño de la gran casona y miles de tareas. Le conté lo ocurrido. Escuchó en silencio y después sentenció: Ese niño debe criarse como Sánchez de la Vega. No carece de recursos ni de nombre. Yo titubeé. No quiere ayuda, padre, lo dijo claro. No le está pidiendo permiso, sólo ejerciendo tu derecho. Teresa es orgullosa, no venderá a su hijo. La bondad no paga escuelas ni oportunidades, sentenció. Me fui más confundido aún.

Volví a buscarla, pero me cerraba la puerta. Un día la encontré en el mercado. Déjame ayudarte, Teresa. No necesito tu ayuda, Rodrigo. Soy el padre del niño. Biológicamente sí, pero sólo eso. No fuiste parte de mi lucha, ni de mis noches insomnes, ni de los chismes. Ya está todo dicho, Rodrigo. Se alejó, dejándome con la mirada de los vecinos clavada en mi espalda.

Clara me enfrentó: “Debes decidir entre tu nuevo futuro o ese pasado.” Pero ya no era cuestión de elegir entre mujeres, sino de ser padre.

Pasaron dos semanas tensas. El pueblo cuchicheaba: ¿Has visto a Teresa? Pobre, sola, ¿habrá algo con Felipe? La idea me hirió. Fui a ver la finca: allí estaban Felipe y Teresa, en una escena íntima de confianza. Dudé y pregunté. ¿Hay algo entre tú y Felipe? No. Sólo amigos. Se quedó en silencio y yo imploré: Déjame estar cerca de mi hijo, no por culpa, por responsabilidad.

Me concedió una pequeña tregua: visitas semanales, reglas estrictas nada de regalos caros, nada de opulencia ni escenas públicas. Cumplí, cambiando con cada encuentro. Aprendí a escuchar, a aportar, poco a poco, hablamos de nombres, de futuro. En la quinta visita, Teresa me confesó: Tu padre me ofreció 30.000 euros por ceder la custodia del bebé. Sentí el odio hervir. ¿Qué le dijiste? Que se fuera. Mi hijo no está en venta.

Fui a enfrentar a mi padre. ¿Cómo intentas comprar a tu nieto? Protejo el apellido, hijo. Proteges tu orgullo, nada más. Amenacé con renunciar al apellido y el dinero si seguía. Finalmente cedió. Prometo no intervenir más.

Pero eso no bastó. Valentina vino al pueblo, me encaró en la finca de Teresa. ¿Me has dejado? Sí, mereces alguien que realmente te quiera. ¿Es por Teresa? ¿Todavía la amas? No respondí. Lanzó el anillo: Que seas feliz con tu campesina y su hijo. Teresa la enfrentó con dignidad. No hay nadie atrapado aquí. Mi hijo es mi alegría, pase lo que pase. Valentina se fue, dolida y dura. Me sentí libre, y miré a Teresa. Ahora quiero ser el hombre que debí ser.

La amenaza final vino poco después: una carta legal, intento de demanda por la custodia del bebé ante la falta de recursos de Teresa. Ella me lo mostró entre lágrimas. Prometí arreglarlo. Fui a mi padre, y tras un tenso intercambio acordamos: si Teresa y yo criábamos al niño juntos casándonos, pero en igualdad, él no interferiría más.

Volví con Teresa. Propuse matrimonio, no por presión, sino porque quería volver a empezar, con respeto a su estilo de vida. De verdad dejarías tu vida en la ciudad? Por ti, por nuestro hijo, por este campo. Dame tiempo, pidió.

Pero no hubo tiempo. Dos días después, en plena noche, Teresa se sintió mal. Solo alcanzó a dejar una nota y fue hacia el pueblo, donde la recibió doña Carmen. Me avisaron; llegué, presenciando su fortaleza en el parto. El alba trajo consigo el llanto de un niño sano, al que llamó Miguel, como el abuelo de Teresa. Al sostenerlo en brazos, mi vida se resignificó.

Los primeros días fui aprendiendo, torpe pero constante, cambiando pañales, cuidando. Teresa vio en mí el hombre que faltaba antes. Una noche me dio su respuesta. No quiero casarme por miedo, ni por protección. Quiero casarme porque te amo y quiero hacer este intento de verdad. Nos besamos, sinceros, dispuestos.

La boda fue sencilla, en la iglesia del pueblo, con don Felipe, doña Carmen, vecinos, padres. Mi padre acudió humilde. Perdón, pidió. Intenté controlar lo que no debía y casi pierdo todo. Podrá estar, pero aquí las reglas las decides tú, le dijo Teresa. Asintió, y cargó a su nieto con lágrimas.

Empezamos la nueva etapa en la casa de piedra entre viñas y olivos. Vendí la mayoría de mis negocios en la ciudad. Mi vida ahora era familia, tierra, trabajo anónimo pero digno.

Con el tiempo, Miguel creció, y llegó Lucía, su hermanita. El campo florecía bajo el cuidado de nuestras manos. Me sentaba cada día al desayuno mirando a Teresa y a mis hijos y sentía que Castilla entera cabía en esos momentos.

Años más tarde, contaba la historia a Miguel: Casi pierdo a tu madre y a ti por no saber lo que era verdaderamente importante. Pensaba que necesitaba más dinero, más tierras. Pero lo que de verdad importaba era menos ambición y más cariño, más sencillez, más familia. ¿Y eres feliz, papá? Más que feliz. Estoy completo.

La lección fue clara: la verdadera riqueza no se cuenta en euros ni fincas, sino en risas al atardecer, en la mano de Teresa, en la mirada de mis hijos, en el sudor honesto del campo. Aprendí que lo esencial está delante de uno, y que el éxito de verdad es tener a quien amar, un hogar al que regresar cada día, y la paz de saber que no hace falta más. Y nunca, nunca volveré a olvidar eso.

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MagistrUm
El agricultor cabalgaba junto a su prometida… y se quedó petrificado al cruzarse con su exesposa embarazada de siete meses llevando leña en plena Castilla…