El Regreso de Lola: Un Reencuentro Inesperado
La tarde en Madrid era de esas que te derrites como un helado al sol. Mientras el calor achicharraba las calles, Carmen y Lucía atendían en su restaurante, orgullosas del negocio que habían levantado con esfuerzo. Gracias a la ayuda del misterioso “Duque Antonio”, su sueño se había hecho realidad, aunque nunca olvidaron los obstáculos que superaron para llegar allí.
Ese día, mientras servían a los clientes, entró una mujer con cara de llevar todos los problemas del mundo a cuestas. Sofía, la camarera, pensó que solo quería un plato de comida, pero había algo en su mirada que le hizo detenerse.
“¿Qué se le ofrece?”, preguntó Sofía, intentando sonar amable pero intrigada.
La mujer tragó saliva antes de responder: “Necesito trabajo… Puedo fregar, limpiar, lo que sea. Por favor…”
Sofía, movida por no sabía qué, la llevó con las dueñas. Carmen y Lucía intercambiaron una mirada. “¿Y ahora qué?”, susurró Lucía.
“Le damos una oportunidad”, dijo Carmen, sintiendo un cosquilleo extraño. “No tenemos vacante, pero algo encontrará”.
La pusieron a fregar platos, tarea que la mujer, llamada Lola, aceptó con un agradecimiento que casi parecía alivio. Día tras día, trabajaba sin quejarse, aunque su sonrisa nunca llegaba a los ojos.
Lo que Carmen y Lucía no sabían era que Lola, la mujer que ahora limpiaba su cocina, era su madre, la misma que las había abandonado años atrás. Tras tres matrimonios fracasados con hombres adinerados, había terminado sola, sin un duro y arrepentida. Había tocado fondo y decidió volver, aunque fuera de incógnito.
La Bomba en la Cocina
Una mañana, mientras las hermanas descansaban en la cocina, apareció su padre, Don Javier, como hacía a menudo. Pero esa vez, el ambiente se tensó cuando Lola lo vio y se quedó más pálida que un vaso de leche.
“¿Tenéis nueva friegaplatos?”, preguntó Don Javier, demasiado tranquilo.
“Sí, papá”, respondió Carmen, desconcertada. “¿La conoces?”.
“No”, mintieron ambas, sin entender su reacción.
Don Javier respiró hondo. “Esa mujer es Lola. Vuestra madre”.
El silencio que siguió pudo cortarse con cuchillo. Carmen y Lucía no daban crédito. La mujer que las abandonó estaba allí, limpiando sus platos.
Lola, temblando, se acercó. “Sé que no merezco nada… pero escuchadme”, dijo con voz quebrada. “Os dejé por miedo, porque no sabía ser madre. Pero cada día lo he lamentado”.
Las hermanas, entre la rabia y la curiosidad, la escucharon. “No espero perdón, solo que sepáis que lo siento”.
La Decisión
Esa noche, en su habitación, Carmen preguntó: “¿Y ahora qué? ¿Perdonamos?”.
Lucía suspiró. “No es fácil… pero el rencor no nos lleva a nada”.
Al final, decidieron darle una oportunidad, aunque con cautela. “Mamá, necesitamos tiempo”, le dijo Carmen.
Lola asintió, con los ojos brillantes. “Lo entiendo. Haré lo que sea”.
Poco a poco, empezaron a reconstruir su relación. Lola ayudaba en el restaurante, iba a terapia y, aunque al principio costaba, el cariño empezó a brotar.
Un año después, en una comida familiar, Lola se levantó frente a todos. “Mis hijas me enseñaron que nunca es tarde para empezar de nuevo. Gracias por darme esta oportunidad”.
El restaurante siguió creciendo, y Lola, aunque ya no fregaba platos, nunca faltaba a su lado. El perdón, aunque llegó tarde, les dio la paz que necesitaban.
“El amor siempre encuentra el camino”, pensó Lola, viendo a sus hijas reír. Todo, al fin, estaba en su sitio.







