17 de octubre de 2024
Hoy recuerdo con claridad la madrugada que cambió mi vida y la de Teresa, la viuda del pueblo de Valdehuesa. Soñó con su hijo pequeño, Alejandro, llamando a la puerta; al despertar se lanzó al corredor de su casa, descalza, como si el sueño fuera una señal. Se apoyó en el marco, quedó inmóvil, escuchó el silencio de la noche y, como siempre cuando la intriga la visita, abrió la puerta con un gesto decidido.
Al asomar la vista, sólo la penumbra le devolvía la mirada. Se sentó en el escalón y, de pronto, escuchó un leve crujido entre los arbustos de grosellas. Pensó que era el gatito del vecino, de la señora Concepción, y se dispuso a rescatar al felino atrapado. Pero al tirar de la tela que sobresalía del matorral, descubrió una manta de colores desvaídos y, bajo ella, un bebé desnudo. Era un niño recién nacido, con la piel húmeda y los ojos apenas abiertos. El cordón umbilical aún colgaba, señal de que su vida acababa de comenzar.
El pequeño estaba débil, sin fuerzas para llorar. Teresa lo tomó entre sus brazos, lo cubrió con una sábana limpia, le puso una manta tibia y buscó una botella para calentar leche. Recordó una tetina que había usado años atrás al criar a su cabrito. El bebé, entre sorbos hambrientos y pequeños gemidos, se quedó dormido tras ser alimentado. El amanecer se asomó, pero ella siguió mirando al niño, pensando en su propia soledad. Teresa, ya con más de cuarenta años, había perdido a su marido y a su hijo en la Guerra Civil, y la vida le había dejado sin compañía. No había aprendido a confiar en nadie más que en sí misma.
Con la mirada puesta en el sueño del infante, decidió buscar ayuda en su vecina Gema, mujer que siempre vivía sin ataduras y cuyo domicilio siempre estaba lleno de luz matutina. Gema, alta y elegante, estaba al sol, envuelta en una chaqueta de lana. Cuando Teresa le narró lo sucedido, Gema solo respondió con la frialdad típica de quien no se deja arrastrar por los problemas ajenos: «¿Y a ti qué te sirve?». Mientras la mujer se retiraba, Teresa notó, a través de la ventana, la sombra de un pretendiente nocturno, y susurró para sí: «¿De verdad es necesario?».
Se encaminó de nuevo a su casa, envolvió al niño en ropa seca, guardó algo de comida para el camino y se dirigió a la parada del camión que iba a la ciudad. Apenas cinco minutos después, un camión de carga frenó frente a ella. El conductor, con la mirada curiosa, preguntó: «¿Al hospital?». Teresa, con la voz contenida, contestó: «Al hospital».
En el refugio infantil donde entregaron al pequeño, la encargada le preguntó cómo quería llamarlo. Teresa, tras una pausa, respondió inesperadamente: «Alejandro». La responsable asintió y comentó que había muchos Alejandro y Carmen tras la guerra, niños que habían llegado sin padres. Su tono, aunque aparentemente neutral, golpeó el corazón de Teresa como una bofetada.
Al regresar a su casa al anochecer, encendió la lámpara y se topó con la vieja manta que había dejado a un lado. La sostuvo y, al pasar la mano, descubrió un pequeño nudo oculto en una esquina. Dentro había una hoja de papel gris y una crucita de hojalata colgando de un cordel. La nota, escrita con letra temblorosa, decía: «Mujer buena, perdóname. No puedo quedarme con mi hijo; mañana ya no estaré. No lo abandones, haz lo que yo no puedo». La fecha de nacimiento del bebé estaba allí, también.
Las lágrimas brotaron sin control, y Teresa se quedó allí, recordando la boda con su marido, la alegría de su hijo Alejandro, la vida plena que alguna vez tuvo. Pensó en la promesa del hijo, antes de la guerra, de llevarla en el coche nuevo que le prometieron del colectivo. La guerra, sin piedad, les arrebató todo. En agosto de 1937 recibió la noticia de la muerte de su marido y, en octubre, la del hijo. Desde entonces había vivido como una sombra que se aferra a la puerta de su casa, escuchando el crujido del viento y el maullido del gato vecino.
Esta mañana volvió a la ciudad. La directora del orfanato la reconoció al instante y, sin sorpresa, aceptó ayudarla a recuperar al niño, como si fuera una orden del propio hijo fallecido. Con Alejandro envuelto en una manta, Teresa salió del refugio con el pecho más ligero, dejando atrás la melancolía que la había acompañado durante años de soledad.
Pasaron veinte años. Alejandro creció y se convirtió en un joven apuesto, deseado por muchas jóvenes del pueblo. Él eligió a Lucía, la más querida después de su madre, y la presentó a Teresa. Al ver a su hijo adulto, Teresa sintió que el tiempo había cumplido su cometido; había visto a su hijo transformarse en hombre y había bendecido su unión. La boda fue una celebración alegre, y pronto llegaron los nietos; el más pequeño también recibió el nombre de Alejandro, llenando la casa de nuevos recuerdos.
Una noche, despertado por el ruido del trueno, corrí al umbral como hacía tanto tiempo. Abrí la puerta y, bajo la luz de un relámpago que cruzó el cielo como la sonrisa de mi hijo, dije en voz baja: «Gracias, hijo mío, por darme tres Alejandro, y por enseñarme que el amor siempre vuelve». El viejo roble que mi difunto marido plantó cuando nació el primer Alejandro crujió bajo la tormenta, como si también él celebrara.
Hoy comprendo que el dolor puede convertirnos en guardianes inesperados y que, al abrir la puerta al sufrimiento, a veces se revela un nuevo futuro. La lección que me llevo es que, aunque el destino nos deje sin las personas que amamos, siempre podemos acoger a quien necesite un refugio y, al hacerlo, sanar nuestras propias heridas.







