Eco en la noche: una Nochevieja inesperada en una clínica de rehabilitación de Madrid, entre recuerd…

Eco en la noche

Isabel Fernández ingresó en el centro de rehabilitación dos semanas antes de Nochevieja. Antes no pudo ser: no había camas libres.

La salud es cosa seria, así que cuando recibió el volante, Isabel Fernández casi se puso a dar saltos de alegría: el centro médico al que la derivaban tenía una reputación estupenda en todo Madrid.

Eso sí, por dentro le rondaba un gusanillo: se acercaba Nochevieja, esas tradiciones, las uvas, el roscón, el jaleo de siempre…

Desde niña, Isabel adoraba esta fiesta. Decorar el árbol, colgar guirnaldas Le fascinaba el trajín previo. Y, ahora, tendría que renunciar a todo eso.

Isabel Fernández se repetía desde el primer día que no pasaba nada, que no era el último Año Nuevo de su vida, que seguramente para Reyes ya estaría en casa.

Y, al final, casi consiguió convencerse.

***

La alojaron en una habitación doble bastante acogedora, con tele y todo, compartida con una mujer que podía ser su hija. Le llenaron la agenda de tratamientos, ejercicios y hasta se apuntó al gimnasiojusto porque la instructora de pilates le cayó en gracia.

Los médicos decían que era una campeona, que su recuperación iba viento en popa.

Isabel les sonreía, asentía agradecida, pero por dentro estaba triste.

Por primera vez en su vida, no preparaba la Nochevieja. No buscaba regalos, ni pensaba en la ensaladilla rusa ni en qué modelito iba a lucir.

El Año Nuevo pasaba de largo, como si no fuera con ella.

«La salud es lo primero», se repetía cada día, «y total, ya celebraré algo en la habitación con mi compañera.»

El 30 de diciembre dieron el alta a su compañera. Al cerrarse la puerta, Isabel se quedó sola. Solísima. Con el silencio colándose por cada rincón.

***

La mañana del 31 la llamaron sus hijos, la felicitaron, preguntaron cómo estaba y prometieron pasar a verla después de fiestas.

Normal. Vida de familias con sus líos y planes propios. A mediodía, un par de colegas le mandaron whatsapps de felicitación

Y luego, llegó la noche.

***

Isabel escuchó cómo, tras el discurso del presidente, otras almas en desgracia salieron al pasillo.

Por allí andaban, voceando ¡Feliz Año Nuevo! ¡Felicidad! con muchas ganas, la verdad.

Isabel ni se movió.

Le parecía que había un muro transparente entre ella y el jolgorio general.

Se sentía fuera de lugar. Sobrante.

***

Cogió el móvil: ansiaba escuchar una voz humana.

Pero ¿a quién llamar?

Nombres y más nombres en la agenda…

Pilarla amiga de la infancia con la que solo se intercambia me gusta en Facebook. Muy práctico. Nada cálido.

Andréssu exmarido. Para él no iban esas llamadas.

Pasó página rápido.

Pablosu hijo. Claro que contestaría, hablaría con ella Incluso si ella lo necesitara, vendría corriendo.

Pero no soportaba que él la viera débil. Su hijo se había acostumbrado a una madre de hierro…

Nada en el resto de contactos fue mejor. Isabel no supo encontrar a quién llamar, aunque solo fuera para felicitar el año, sin excusas. Su propia llamada le parecía fuera de lugar. Si le parecía raro hasta a ella, ¡cómo no lo verían los demás!

¿A quién llamar? Al menos a alguien… susurró en medio de aquella habitación tan aséptica.

Y se echó a llorar

Tenía de todo: casa, trabajo, experiencia, cientos de conocidos.

Y al mismo tiempo nada… y a nadie.

***

Con esa certeza acallándole el alma, Isabel Fernández decidió que no podía quedarse así.

Se puso el abrigo y salió a la calle. El aire de invierno le azuzó los pulmones.

Junto al centro, había un pequeño parque cubierto de nieve. Sin saber bien por qué, fue hacia allí. Tenía que moverse, aunque no supiera adónde.

En un banco se sentaba un señor de su edad, quizá algo mayor.

No miraba las luces de la ciudad, sino el vacío.

El corazón de Isabel se encogió de improviso. Le entraron ganas de decirle algo. Lo que fuera.

Saludó en voz baja:

Buenas noches.

El hombre alzó la vista y le sonrió de verdad, arrugas y todo.

Igualmente, Feliz Año.

Isabel no pudo evitar devolverle la sonrisa. Parecía una frase de lo más normal, pero por dentro le removió algo.

¿Y usted, por qué está aquí?

En casa no hay con quién hablar respondió sin rodeos. Mi mujer falleció hace tres años. Mi hija en Alemania, llamó por la tarde, me felicitó y dijo que tenía lío. Así que aquí estoy. ¿Usted viene del hospital?

Isabel asintió:

Sí. Recuperándome de una enfermedad. Y, ¿sabe? Hoy me he dado cuenta de que no tengo a quién llamar en Nochevieja. Montones de contactos en el móvil y ninguno para hablarle de verdad.

No parecía sorprenderle.

Sí… La soledad viene de puntillas. Un día descubres que si te pasa algo, nadie se entera. Nadie escucha. Nadie llega la observó con atención. Y entonces, para no perderse, una tiene que atreverse. Ser la que empieza. Como acaba usted de hacer. Así que eso le hace fuerte.

Yo no me siento fuerte…

Eso da igual dijo él suavemente. Nadie nace fuerte. Los que lo parecen, solo han salido a enfrentarse a la vida. Aunque la vida les gire la cara. Y ¿sabe una cosa? Si mañana no viene yo igual la espero. Porque ahora sé que está usted por aquí.

Ese comentario le sonó tan honesto que Isabel lo entendió: estaba buscando alguien que la salvara de la soledad y no había sospechado que, quizás, ella también podía ser el salvavidas de otro.

***

Al volver a su habitación, en el bolsillo llevaba un papelito con el número que su nuevo amigo, Lucas Méndez, había escrito con letra temblorosa.

La soledad no desapareció, pero dentro de ella algo se encendió. Un eco de voz ajena:

La esperaré…

Por primera vez en mucho tiempo, Isabel Fernández pensó no en lo que había perdido, sino en lo que podría pasar mañana. Sin brújula de nueva vida ni nadasolo en el simple mañana.

«¿Y si llamo?pensaba mientras se dormíaSólo para decir: Buenos días, don Lucas»¿Por qué no?»

Marcó el número. Escuchó el timbre, temblorosa, y al descolgar Lucas no dijo ¿quién es?, sino gracias por llamar.

Y entonces, esa voz, ya no tan ajena, llenó la habitación vacía como un faro encendiendo otra vez la noche.

No hablaron mucho; a veces solo se escuchaban, dejando que el silencio compartido fuera compañía. Isabel se sorprendió riéndose al contarle cómo detestaba el hospital, y Lucas admitió que el banco del parque era su refugio secreto. Prometieron verse al día siguiente¿café?para seguir perdiendo juntos el miedo a estar solos.

Cerró los ojos al colgar, y la soledad no pesaba igual. Quizás el secreto no era tener a alguien en cada lista de contactos, sino atreverse a marcar un número, una sola vez, y romper el eco de la noche.

Isabel sonrió, y fue suficiente: por fin, el Año Nuevo estaba empezando.

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