Eco en la noche
Al Centro de Rehabilitación entró Carmen González justo dos semanas antes de Nochevieja. Antes no pudo ser: no había camas libres.
La salud es cosa seria, así que cuando le dieron el volante, Carmen se llevó una alegría tremenda: el hospital al que la enviaban era muy valorado en todo Madrid.
Aun así, por dentro, le bailaba en el estómago una inquietud: que si el año nuevo, que si las tradiciones, que si el roscón de reyes y la lotería…
Carmen desde niña adoraba esa fiesta. Le encantaba adornar el árbol, engalanar la casa. Disfrutaba con la agitación de última hora. Pero este año… tocaba renunciar a todo eso.
Desde el primer día se repetía, casi como un mantra, que no pasaba nada, que no iba a ser la última fiesta de su vida, que seguramente estaría en casa para Reyes.
Y, más o menos, se lo creyó.
***
Su habitación era doble, luminosa, con televisor, donde ya vivía otra mujer, casi de la mitad de su edad. Le agendaron un berrinche de sesiones de fisioterapia y ejercicios médicos.
Carmen se sentía animada y se aplicaba a fondo. No fallaba una actividad. Incluso se apuntó al gimnasio del centro; más que nada porque la monitora le cayó en gracia.
Los médicos la felicitaban: la recuperación iba viento en popa.
Carmen sonreía, asentía muy seria, pero en el fondo… estaba triste.
Por primera vez en su vida, no preparaba la Nochevieja. No compraba regalos, no pensaba en el menú ni en qué chaqueta o vestido ponerse.
El año nuevo se pasaba lejos, como si lo estuvieran celebrando otros. Como si no fuera con ella.
“La salud es lo primero”, se repetía a sí misma, “ya lo celebraré con mi compañera de habitación”.
El 30 de diciembre dieron el alta a su compañera. Cuando se cerró la puerta tras ella, Carmen se quedó sola. Completamente. Y reinó de golpe un silencio quirúrgico.
***
Por la mañana del 31 de diciembre, la llamaron los hijos: le felicitaron, preguntaron cómo estaba, prometieron ir después de fiestas.
Normal; están liados, tienen sus propios planes. Durante el día recibió algún mensaje de felicitación de colegas del trabajo…
Y luego llegó la noche.
***
Carmen escuchó, ya después del discursito del presidente, cómo algunos “compañeros de desgracia” salían al pasillo.
Se animaban a gritos: ¡Feliz año nuevo! ¡A ver si el próximo toca la lotería!
Carmen ni se movió de la cama.
Sentía que entre ella y la festividad colectiva había un muro invisible.
Y que no le importaba a nadie…
***
Cogió el móvil: sentía una necesidad brutal de oír una voz.
Pero… ¿a quién llamaba?
Cientos de contactos…
“Maribel”, ex compañera de escuela a la que no veía desde hace treinta años, aunque se mandaban corazoncitos en Facebook.
Muy útil, sí. Y absolutamente vacío.
“Andrés”, el ex marido. A ese, ni a tiros.
Pasó rápido los nombres.
“Pablo”, el hijo. Claro que cogería el teléfono, hablaría con ella… Si hace falta atraviesa Madrid corriendo.
Pero no quería que él la viera débil. Pablo estaba habituado a su madre siempre fuerte…
El repaso de la agenda no trajo más inspiración. Carmen no encontraba a nadie a quien pudiera llamar en ese instante para decir simplemente: feliz año nuevo. Temía molestar. Quién sabe si ellos también.
¿A quién llamo? Aunque sea a alguien… susurró a la nada aséptica de la habitación.
Y rompió a llorar…
Resultó que tenía de todo: casa, trabajo, experiencia, mucha gente conocida.
Y a la vez, nada… ni a nadie.
***
De pronto, Carmen tomó una decisión típica de película española: se puso el abrigo y salió a la calle. El frío madrileño le dio una bofetada en la cara.
Junto al centro de rehabilitación había un pequeño parque, con bancos y algo de nieve. Carmen anduvo hacia allí, no sabía bien por qué. Solo necesitaba moverse.
En un banco, vio sentado a un hombre de unos sesenta y poco, quizás más.
No miraba las luces de la ciudad, fijaba la mirada en ninguna parte.
De repente, Carmen sintió cómo se le encogía el corazón. Le dieron unas ganas locas de romper su propio silencio.
Dijo, con timidez:
Buenas noches.
El hombre alzó la vista. Sonrió. Una sonrisa de verdad, con arruguitas en los ojos.
Buenas noches. Y feliz año, señora.
Carmen sonrió también, sin poder evitarlo. Una frase tan simple, tan del momento. Y sin embargo, sentía que algo se encendía dentro.
¿Y usted? ¿Por qué aquí?
En casa no tengo con quién hablar dijo el hombre, sin darle importancia. Mi mujer falleció hace tres años. Mi hija vive en Alemania, me llamó hoy, me felicitó. Pero anda ocupada. Y aquí estoy. ¿Y usted, viene del hospital?
Carmen asintió.
Sí Me estoy recuperando de una enfermedad. ¿Y sabe una cosa? Hoy me he dado cuenta que no tengo a quién llamar en Nochevieja. Tengo la agenda llena de nombres y no sabía a quién felicitar.
Él no pareció sorprendido.
Ya La soledad llega en silencio. Un día te das cuenta: si te pasa algo, nadie se entera. Nadie escucha. Nadie viene la miró con atención. Y entonces, para no desaparecer, hay que atreverse. Por ejemplo, hablarle primero a alguien, como ha hecho usted ahora. Eso es ser fuerte.
Yo no me siento fuerte…
Eso da igual respondió con suavidad. Nadie nace fuerte. Te vuelves fuerte a medida que te lanzas a la vida, aunque la vida te gire la cara. Y sabe… aunque mañana usted no venga, yo la esperaré igual. Porque ahora sé que está usted ahí.
Tan sinceras sonaron las palabras, que Carmen entendió de golpe que llevaba tiempo esperando a alguien que la rescatara de la soledad… y no sospechaba que quizás ella también podía salvar a otra persona.
***
Cuando subía a la habitación, llevaba guardado en el bolsillo un papelito con el número de teléfono de su nuevo amigo, escrito con letra temblona pero cuidada.
El vacío dentro no se había esfumado, pero había algo cálido ahí ahora. El eco de una voz ajena:
Yo la esperaré…
Por primera vez en mucho tiempo, Carmen no pensaba en lo perdido, sino en lo que vendría mañana. No en plan nueva vida, sino simplemente… mañana. Por la mañana.
“A lo mejor debería llamar pensó, ya durmiéndose solo para decir: Buenos días, don Esteban…”







