Eco en la noche: La soledad de Alexandra en una Nochevieja inesperada y el encuentro que cambió su mañana

Diario de Lucía Fernández

Entré en la unidad de rehabilitación dos semanas antes de Nochevieja. Antes no fue posible: no había camas libres.

La salud es algo muy serio, así que cuando me dieron el volante y supe que me mandarían a ese centro médico tan reconocido en toda Madrid, no pude evitar alegrarme.

Aun así, una pequeña inquietud revoloteaba dentro de mí: se acercaba el Año Nuevo, las tradiciones, la ensaladilla, los polvorones…

Desde niña he adorado esta fiesta. Me encantaba decorar el árbol, adornar la casa y dejarme llevar por el ajetreo de los preparativos. Este año, sin embargo, tendría que renunciar a todo ello.

Me repetía desde el primer día que no pasaba nada, que no sería el último Año Nuevo de mi vida, que como mucho para Reyes ya estaría de vuelta en casa.

Y de alguna forma, lograba convencerme.

***

Me asignaron una habitación doble, bastante acogedora, con televisor, donde ya vivía una mujer que podría ser mi hija. Me prescribieron un sinfín de terapias y ejercicios, y hasta me apunté voluntariamente al gimnasio de rehabilitación porque la fisioterapeuta me cayó fenomenal.

Los médicos me felicitaban, decían que mi recuperación iba viento en popa.

Yo sonreía con educación, asentía llena de gratitud, pero por dentro… sentía un peso de tristeza.

Por primera vez en mi vida no preparaba la Nochevieja. No escogía regalos, no pensaba en la ensaladilla rusa ni en qué vestido estrenar ese día.

El nuevo año pasaba lejos, como si fuera un tren al que nunca iba a subir.

La salud es lo primero me repetía una y otra vez, ya celebraré la noche con mi compañera de cuarto.

El 30 de diciembre le dieron el alta y salió de la habitación. Cuando la puerta se cerró tras ella, me quedé sola. Absolutamente sola. Hundida en el silencio más absoluto.

***

La mañana del 31 me llamaron mis hijos para felicitarme, preguntarme por mi salud y prometerme que vendrían después de Reyes.

Es normal, pensé, tienen sus familias, sus compromisos. Durante el día recibí un par de mensajes de antiguos colegas…

Y después cayó la noche.

***

Escuché cómo, tras el discurso del presidente, varios pacientes salieron al pasillo.

Gritaban a voz en cuello: ¡Feliz año nuevo! ¡Salud y suerte!

No me moví de la cama.

Sentía que entre aquella alegría y yo había un muro invisible.

Pensé por primera vez que quizá ya no era imprescindible para nadie…

***

Cogí el teléfono por pura necesidad de oír una voz humana.

¿Pero a quién llamar?

Tantos contactos…

Carmen: compañera del colegio, hace mil años sin vernos, aunque aún nos damos me gusta en las redes.

Relación superficial, vacía.

Andrés: mi exmarido. Ni me lo planteé.

Pasé a otro.

José Luis: mi hijo. Claro que me escucharía, claro que vendría corriendo si se lo pidiera…

Pero él necesita ver a su madre fuerte.

Tampoco allí encontré a quién llamar en medio de la noche. No lograba pensar en nadie a quien llamar, siquiera para una simple felicitación. Mi llamada me parecía una intromisión.

¿Y a quién llamo ahora…? Aunque sea a alguien… susurré en la desolación de la habitación.

Y rompí a llorar.

Tenía de todo: casa, trabajo, experiencia, un sinfín de conocidos.

Y, al mismo tiempo, nada. Nadie.

***

Cuando lo comprendí de verdad, sentí la urgencia de salir corriendo.

Me puse el abrigo y salí a la calle. El aire frío golpeteó mis pulmones madrileños.

Muy cerca del centro había una placita nevada. Caminé hacia ella, sin saber por qué. Solo necesitaba moverme, estar en otro sitio.

En un banco se sentaba un hombre de mi edad, quizás algo mayor.

No miraba las luces de la ciudad, parecía ausente.

Sentí una punzada. Necesitaba decirle aunque fuera una palabra.

Me animé y dije:

Buenas noches.

Él levantó la vista y me regaló una sonrisa sincera, plagada de arrugas en las comisuras.

Buenas noches. Feliz Año.

La simplicidad de la frase me hizo sonreír también. Dentro, algo se removió.

¿Y usted, por qué está aquí?

En casa no tengo con quién hablar contestó pausadamente. Mi mujer falleció hace tres años. Mi hija está en Alemania, me ha llamado esta tarde para felicitarme. Dice que está ocupada. Y aquí estoy. ¿Y usted viene del hospital?

Asentí.

Sí. Estoy recuperándome. Y hoy he comprendido que no tengo a quién llamar en Nochevieja. Mi móvil está lleno de contactos, pero a nadie puedo decirle ni unas palabras.

A él no le extrañó.

La soledad llega despacito. Un día caes en la cuenta: si te ocurre algo, nadie lo sabrá, nadie escuchará, nadie vendrá me miró fijamente. Y entonces, para no perderse, hay que atreverse. Como ha hecho usted esta noche… Ha dado el primer paso. Eso es de valientes.

No me siento valiente…

No importa dijo suave. Uno no nace fuerte. Se vuelve fuerte cuando decide caminar hacia la vida, incluso cuando la vida da la espalda. Y si mañana no viene, yo igual le esperaré. Porque ahora sé que usted existe.

Y esas palabras resonaron tan honestas que, de repente, comprendí con claridad: he buscado quien me salve de la soledad… y nunca imaginé que yo pudiera ser la salvación de otra persona.

***

Al regresar a la habitación, llevaba en el bolsillo un papel con el número que mi nuevo amigo, con pulso tembloroso, había anotado con sumo cuidado.

El vacío no desapareció, pero había nacido algo cálido. El eco de una voz ajena:

Le esperaré…

Por primera vez en mucho tiempo pensé no en lo que había perdido, sino en lo que podía traer el día siguiente. No en nueva vida, sino simplemente… el mañana. Por la mañana.

Quizá deba llamar me dormía, pensando, para decir simplemente: ‘Buenos días, Don Julián…Y así, mientras el primer sol del año asomaba tímidamente entre los tejados de Madrid, supe que el tiempo no debía medirse solo en días señalados ni en ritos compartidos, sino en gestos pequeños que, inesperadamente, podían despertar esperanza.

Aún hospitalizada, con cicatrices por fuera y por dentro, sentí que la puerta hacia el mundo no estaba cerrada; bastaba una palabra, una sonrisa, la valentía de tender la mano, aunque fuera temblorosa.

Quizá este Año Nuevo no habría baile, ni risas familiares en torno a la mesa, pero sí había promesa de compañía: dos desconocidos menos solos, dos vidas cruzadas en plena intemperie.

Pensé en todo lo que volvería a celebrar, y también en lo que podía iniciar, distinta y sin embargo intacta. Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no pedí volver al pasado, ni salvar lo perdido. Solo di gracias por la posibilidad de empezar.

Era, al fin, un feliz año nuevo.

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