Eché a mi cuñado de la mesa en pleno aniversario tras sus bromas groseras: así descubrimos que, en mi casa, el respeto no se negocia

Carlos, ¿has sacado la vajilla buena? Sí, la de borde dorado, no la de diario. Y comprueba, por favor, las servilletas; las he almidonado especialmente para que estén tiesas, como en un buen restaurante le dije mientras repasaba mentalmente la lista de tareas, recolocándome un mechón rebelde y controlando que nada faltase en la cocina. En el horno ya se asaba ese pato con manzanas que tanto nos gusta; las verduras borboteban en sus cazuelas y el frigorífico apenas cerraba, repleto de ensaladillas y tapas que me había entretenido preparando hasta altas horas.

Carlos, mi marido, obedecía paciente, subido a una escalera para alcanzar la parte alta del armario.

Lucía, ¿no te parece que es pasarse un poco? Si solo vamos a estar la familia. Mi madre, tía Rosa Y Rubén. Les das de comer en cazuela de barro y mientras haya vino, todos contentos refunfuñó, sacando la caja del servicio de porcelana de La Cartuja.

No protestes. Hoy celebramos nuestro aniversario, quince años. Bodas de cristal. Quiero que salga perfecto. Y ya sabes cómo es tu hermano. Si pongo platos normales, dirá que hemos caído en desgracia. Si alguno tiene un desconchón, que soy una dejada. Al menos, esta vez, que no tenga excusa para uno de sus supuestos chistes.

Carlos suspiró carraspeando, bajando la escalera con expresión resignada. Era cierto; su hermano mayor Rubén era todo un personaje difícil, por no decir otra cosa. Yo, si me sinceraba con mis amigas, no lo dudaba: era el típico maleducado orgulloso de su grosería, convencido de que eso le hacía un hombre natural y sincero.

Intenta no entrarle al trapo hoy, por favor me pidió mi marido, secando los platos con esmero. Está en mala racha; le echaron del trabajo, su mujer se fue Está que muerde.

Carlos, su mala racha ya dura cuarenta años. Y si su mujer le dejó, sería por instinto de supervivencia corté, probando la salsa. Aguantaré lo que me permita la educación, pero te aviso: si vuelve con comentarios sobre mi cuerpo o tu sueldo, no prometo nada.

El timbre sonó exacto a las cinco. La primera en llegar fue la madre de Carlos, doña Consuelo, una mujer callada y volcada en sus hijos, sobre todo en el mayor, el díscolo. Pronto llegaron la tía Rosa y su marido. Como siempre, Rubén apareció cuarenta minutos más tarde, cuando todos mirábamos de reojo los entrantes, ya templados.

Llegó armando alboroto, con su olor a tabaco barato y la cara colorada del frío de la calle.

¡Hombre, aquí estoy! ¿No esperabais que viniese, eh? soltó con vozarrón, llenando el piso de carcajadas forzadas. ¡Carlos, que no vengo con las manos vacías! Toma.

Le largó un paquetillo envuelto en papel de periódico.

¿Esto qué es? preguntó Carlos, desconcertado.

Un juego de destornilladores del chino. Que tú para el bricolaje, hermano ya te conozco. Nunca encuentras el martillo.

Yo, que salí a saludar, forcé una sonrisa.

Buenas tardes, Rubén. Ven, lávate las manos, te esperamos hace rato.

Rubén me evaluó de arriba abajo; sentí cómo se me helaba la nuca de esa inspección descarada.

¡Vaya, Lucía! ¿Ese vestido es nuevo? Brillas más que un escaparate en Navidad. ¿Para desviar la atención de las arrugas o qué? Que es broma, que aún te mantienes en forma ¡buena presencia, sí señor!

Carlos carraspeó, intentando disimular el bochorno.

Anda, Rubén, siéntate. Que la comida se enfría.

Nada más sentarse, Rubén se sirvió media copa de orujo sin esperar brindis, pinchó un trozo de bacalao en ensalada y se puso en modo monólogo.

Felicidades pareja, quince años ya. Pues sí que tenéis aguante el uno con el otro. Yo con la Pepa apenas llegué a cinco y casi acabo en la cuerda floja. Las mujeres, chupasangres todas, ¡ja! Eso sí, Carlos, tienes suerte; al menos Lucía cocina decente. Aunque masculló la tapa, frunciendo el ceño. Está salado esto. Lucía, ¿te has enamorado o es que ya te flojea el pulso de la edad?

Doña Consuelo, sentada a su lado, se le reía todo:

Rubén, no digas tonterías. Lucía cocina de maravilla, prueba la ensalada de lengua, está riquísima.

¿De lengua? Eso sí que hace falta en esta casa. Lengua larga, conviene recortarla rugió. En serio, mamá, no la defiendas siempre. La crítica es buena. Uno va de cara, así me respeta la gente.

Entre platos y cazuelas, yo empezaba a hervir por dentro. Miré a Carlos; él se refugiaba en examinar la mantelería, con miedo, como si prefiriera que la cena pasara de largo. Temía al hermano y a la bronca, temía arruinar la noche.

Respira, Lucía. Es solo un rato, por Carlos, por la familia, me repetí.

Rubén, ¿qué tal con lo del trabajo? Dijiste que tenías entrevistas.

Bah, ni preguntes replicó, rellenando la copa. Pura fauna lo que hay por ahí. Me sentaron delante a un pipiolo de veinticinco, preguntando por mi nivel de informática. Le digo: Ve, chaval, yo ya curraba cuando tú andabas en pantalones cortos. Y va el crío y me larga: no nos interesa su perfil. Mira, que les den. Ya montaré yo algo propio. En cuanto junte algo de dinero Por cierto, Carlos, ¿no me prestas quinientos euros hasta el mes que viene? Tengo la fontanería hecha un asco y hay que cambiarla.

Me quedé helado con la ensaladera en la mano.

Rubén, todavía no has devuelto los mil euros del arreglo del coche que te dejamos hace medio año recordé muy tranquila.

Rubén se puso rojo y se lanzó al ataque:

¡Mira qué rápido se pone en modo contable! Carlos, menuda vigilancia te tiene. A mí hermano le pido, no a ti. ¿O tan calzonazos eres que ni puedes ayudar a la familia?

Carlos me miró primero a mí, luego a su hermano; la duda en el rostro.

Rubén, de verdad, estamos justos, la hipoteca, la cena

¡Venga ya! interrumpió Rubén, señalando la mesa. Aquí hay de todo. Jamón, marisco ¡Burgueses! Pero al hermano, ni pan duro. Así eres, Lucía. Lo quieres todo para ti, ni miras a los que lo pasan mal.

Rubén, no te pongas así intentó doña Consuelo, ofreciéndole una empanadilla. Come, Lucía ha cocinado todo el día.

¡Venga ya! espetó Rubén. Seguro que para tu jefe te esmeras tanto, ¿no? Lucía, dicen que te han ascendido. ¿Y eso? ¿Por tus ojos bonitos? ¿O por quedarte siempre hasta tarde?

El silencio se sentó con nosotros. Ni tía Rosa masticaba.

Carlos recuperó la palabra, la cara roja.

Rubén, ¿qué dices? balbuceó.

Lo que nadie se atreve, hermano. Tú esclavizado en la fábrica, y tu mujer, medrando. ¿De verdad crees que te aguanta por amor? Es por pena, o porque le sale bien tenerte a mano. ¡Mírate! ¡Eres un pelele!

Basta mi voz sonó más firme de lo que sentía. Dejé la ensaladera en la mesa, manos temblorosas.

¡Oye, la jefa levanta la voz! ¿Te pica la verdad, eh? Yo nunca entendí que le viste, Carlos. Ni guapa, ni dulce, carácter de sierra. Nada que ver con mi Pepa, aquella sí era una fiera pero de bandera. Lo tuyo es resignación, Lucía, no te lo creas tanto.

Miré a mi marido, esperando ese gesto de valentía, ese golpe a la mesa, ese basta que nunca llegaba. Carlos permanecía retraído, encogido, temblando.

Si no lo haces tú, lo haré yo, pensé.

Me levanté despacio. Arreglé el vestido. Mi tono cortó la atmósfera de la sala.

Levántate y márchate.

Rubén soltó una risa fea.

¿Cómo dices? ¿Tanto calor te ha dado el horno?

Que te largues de mi casa, Rubén. Ahora mismo.

¡Esta casa también es de mi hermano! Carlos, ¿la oyes? ¡Me echa! ¡A tu hermano!

Con la mirada de Carlos cruzando la mía, supe que mi matrimonio dependía de lo que decidiera en ese segundo.

Rubén le salió la voz ronca, casi un susurro. Márchate.

Rubén se quedó de piedra. No esperaba esa resistencia común.

¿Os habéis puesto de acuerdo? ¡Mamá, mira lo que hacen! ¡Me echan por una broma!

No era una broma, Rubén me acerqué, señalando la puerta. Has insultado, has humillado. Te comes mi comida, bebes mi vino y nos faltas al respeto. Quince años aguantando por paz familiar. Pero basta. Hasta aquí. Se acabó el aguante.

¡Que os den! lanzó, levantándose y echando la copa. El vino dejó una mancha como una herida sobre el mantel blanco. ¡Os vais a quedar solos! ¡Jamás volveré!

Eso espero. Y ni un euro más. Busca trabajo, empresario.

Rubén, rojo, se llevó la botella sin terminar bajo el brazo (¡No se tira lo bueno!, gritó antes de irse) y salió dando un portazo tan fuerte que tintinearon las copas del aparador.

El silencio se cerró como una losa, solo roto por el tic-tac del reloj y la respiración entrecortada de doña Consuelo. Ella, pañuelo en labios, tenía los ojos húmedos.

Lucía ¿Era necesario dejarlo así? Él no es malo, solo se le va la cabeza, ha bebido

Me giré, temblando, pero tuve que mantenerme firme.

Doña Consuelo respondí amable pero firme. Se le va la cabeza es reírse alto; insultar a una mujer y a tu hermano es ser un canalla. Aquí, en mi casa, no más.

Consuelo sollozó, sin respuesta. Tía Rosa, que era más pragmática, de pronto golpeó con la cuchara su plato.

¡Lucía, el pato está de muerte! Y te digo una cosa: has hecho lo que había que hacer. Ese desde vuestra boda me pisó el pie y ni perdón, ni medio. ¡Carlos, echa un poco de vino, que vaya uno susto!

Eso relajó a todos. Carlos, como despertando del trance, buscó la botella sin dejar de mirarme con una mezcla de gratitud y respeto como hacía años.

Perdóname me susurró al llenar mi copa de tinto frío, tenía que haberlo hecho yo.

Da igual le tapé la mano. Lo importante es que estamos juntos y él ya no está.

El resto de la velada fue, para mi sorpresa, entrañable. Sin Rubén el aire pesaba menos, las risas eran cálidas. Consuelo al final, entre vino dulce y tarta de milhojas casera, hasta se animó cuando tía Rosa arrancó a cantar una copla.

Cuando todos se fueron, Carlos y yo nos sentamos, agotados, mirando la mancha roja sobre el mantel.

Seguramente no salga. Qué pena, fue un regalo de mamá dije, casi sin ánimo.

Carlos se acercó por detrás y me abrazó.

El mantel da igual. Compraremos uno nuevo, o diez nuevos. Pero tú hoy has sido no sé ni cómo decirlo. Era un imbécil por dejar que envenenase la casa. Me acostumbré desde crío: él el mayor, intocable. Siempre cedía.

Lo sé, Carlos. Cuesta romper costumbres, pero somos familia: delicada pero bella. No dejaré que un grosero la parta en pedazos.

Nos reímos, liberados al fin de la tensión.

Por cierto, lo de los destornilladores Carlos cogió el paquete olvidado. ¿Sabes lo gracioso? Hace tres años me regaló el mismo. Debió de pillarlo de casa para traérmelo otra vez.

Mira, al menos es coherente.

A la mañana siguiente, el móvil no paraba. Era Rubén llamando. Carlos miró el nombre (Hermano) en pantalla, luego a mí, leyendo tranquila con el café. Bajó el volumen y le dio la vuelta al teléfono.

¿No se lo coges?

No. Que duerma la mona. O que piense. O quizás no le cojo nunca más. Qué tranquilidad tuvimos anoche

Por mamá, se preocupará.

Que aprenda que también sé defenderme, o mejor, que sabemos. ¿Somos un equipo?

Un equipo, sí. La hermandad del silencio y el pato asado.

Una semana después, doña Consuelo me cuenta que Rubén va repitiendo a la familia que la nuera loca lo echó sin motivo, y que el pobre Carlos no se atrevió ni a chistar. Todos lo escuchan, pero curiosamente, ahora los parientes se invitan a casa más amenudo y con mejores modales. La fama de que en nuestra casa no se tolera la grosería resultó ser el mejor sistema de alarma.

Y el mantel, por cierto, salió. Lo restregué como me enseñó mi abuela: sal y agua hirviendo. Igual que a Rubén de nuestras vidas. Cuesta, escuece, pero qué a gusto cuando todo queda limpio y reluciente.

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MagistrUm
Eché a mi cuñado de la mesa en pleno aniversario tras sus bromas groseras: así descubrimos que, en mi casa, el respeto no se negocia