Echando de casa a mi hermana pequeña

El silencio en el piso se parte en mil pedazos por el siseo continuo de una lata de refresco que mi hermano abre por tercera vez en el día. María se aferra a la ventana, su frente contra el cristal frío, mientras la ventisca que azota la calle de la calle de la Sierra de Guadarrama devora la silueta del mundo que se prepara para la noche. No es una simple nevada, es una pared blanca e implacable; María siente que, si da un paso dentro, desaparecerá para siempre. Tal vez, eso sería lo mejor.

Mamá, ¿no se puede enviar a alguien más a casa de tía Lidia? pregunta con voz apagada, como si viniera de otro plano.

Mercedes, que se apresura a meter ropa en una maleta de viaje, suspira irritada. Sus dedos juegan nerviosos con correas y broches.

¿Te das cuenta de lo que dices? Ella me ha remplazado a la madre. No puedo dejarla sola en una situación así. Tú tampoco te quedas sola, con Alonso.

Exacto. Con Alonso dice María sin voltear, evitando que su madre vea la lágrima traicionera que se forma en sus ojos.

¿Así que pasaré las vacaciones encerrada con él? ¿Dos semanas enteras?

¡Dios mío! ¿Qué le ha hecho? Es mayor, será más listo que tú. Ya no eres una niña, ¿pero temes que sea peor que un juguete?

Mercedes cierra la cremallera de la maleta de un tirón. Un escalofrío recorre la espalda de María. Quedarse sola con un hermano que la odia, mientras su madre finge no notar nada Mira furtivamente la estantería, el grueso tomo encuadernado en cuero gastado. Entre páginas de viajes lejana yace su boleto a otra vida, o eso cree.

Mercedes se acerca a la ventana y le entrega varios billetes.

El dinero principal está en la caja fuerte del ropero. Alonso lo sabe. Esto es para emergencias. Confío en ti.

María asiente, sigue mirando el libro y aprieta los billetes, pero la madre, como leyendo su mente, se lanza hacia el libro. La niña intenta decir algo, se adelanta, pero no llega a tiempo. En un instante la madre ya tiene en la mano un sobre oculto entre las páginas.

¿De dónde sacas esto? ¡Ese papel tiene cien años! exclama con alarma.

María se ruboriza.

Mamá, ¿podría ir a ver a papá mientras no estás? suspira, pero la expresión de Mercedes arranca la tierra y los sueños ingenuos de sus pies.

¿A qué papá te refieres? ¿Crees que te esperará con los brazos abiertos? Tal vez su rastro se haya enfriado, y la dirección sea falsa dice, cargando la maleta y dirigiéndose al pasillo. Escucha, no tengo tiempo. Ya me voy. Volveré y hablamos. El número de tía Lidia está en mi cuaderno, llámalo solo si es imprescindible.

La puerta se cierra, dejando un vacío resonante en el hall. Casi al instante, Alonso aparece en la habitación. Huele a alcohol y a algo agrio.

Bueno, hermanita, mamá se ha ido. Ahora estás bajo mi ala bosteza, pero sus ojos chispean con sarcasmo. Por cierto, ¿cuánto te metió de dinero?

El dinero está en la caja gruñe María, intentando escabullirse a su cuarto.

Él bloquea el paso.

¿Y los de caso extremo? ¿Crees que no escuché? No me gusta que me mientan.

¡No los vas a ver!

¡Anda ya!

María se abre paso bajo su brazo y se encierra en su habitación.

Esa tarde, la música retumba en el piso, la risa de sus amigos atraviesa el aire, y el ambiente se vuelve denso y pegajoso por el perfume de los tragos. Encerrada, María siente la mochila en sus manos. El plan es una locura: al día siguiente, al amanecer, salir hacia la dirección escrita en el sobre amarillento, a cualquier sitio, lejos de aquel caos.

Cuando comienza a dormitar, la puerta se abre de golpe. En el umbral está Alonso con una chica.

Desocupa la habitación, tengo que hablar con María dice, sin una pizca de calidez, solo un vacío glaciar.

En un segundo, su mano de hierro la empuja, la puerta se cierra frente a su cara. María abre los ojos sobre el hormigón frío del portal, aferrando la mochila. Desde la puerta, el reído borracho de Alonso suena: «¡Vete, ratoncito!»

Lágrimas caen sin querer. Es de noche. Sentada en los escalones, con los pies desnudos y las botas de invierno apretadas, una voz la interroga:

¿Por qué temes en el suelo?

Delante está un hombre con chaqueta abrigada. Su rostro le resulta familiar; es su vecino del edificio, Ignacio, que había desaparecido años atrás.

Mi hermano me echó responde sin rodeos.

¿Y tu madre?

Se ha ido.

¿Por cuánto tiempo?

Dos semanas.

Ignacio sacude la cabeza.

Vaya faena. Levántate, que te vas a resfriar. Entra, caliéntate. Soy tu vecino, Ignacio. Te recuerdo de pequeña.

Su piso huele a polvo y a sobras de cena. Mientras calienta macarrones con atún, María, aturdida por el silencio, le cuenta su plan desesperado: encontrar a su padre en la dirección del sobre.

Ignacio arquea una ceja y le sirve el plato:

No te pongas enferma. Pasa la noche, mañana veremos. Yo también tuve un hermano tormenta, no era humano. Sé lo que es.

Le coloca una manta en el viejo sofá. Esa noche marca la frontera entre dos vidas. Sueña con escapar de los ojos de cristal de su hermano y despierta en la humilde vivienda de Ignacio, segura aunque modesta.

Así nace una extraña amistad. Cada vez que el piso se inunda de voces ebrios, Ignacio la escucha en silencio y a veces le cuenta fragmentos de su vida: viajes, pérdidas, una familia que se fue. Él se vuelve su refugio, su ancla en el mar tempestuoso de su existencia.

Luego llega el punto de quiebre. Alonso, sin encontrar la caja de dinero, la interroga con gritos y amenazas. Su puño se levanta, pero María, con el corazón a mil, se desenvuelve y sale disparada al portal.

¡Si te vas, no habrá vuelta atrás! grita él.

¡Mamá volverá y te va a pagar! replica ella, corriendo hacia la puerta familiar.

¡Que no te vuelva a molestar! son sus últimas palabras.

Ignacio abre la puerta antes de que ella toque. La observa, ve su rostro empapado de lágrimas y la mochila llena de recuerdos, y sin decir nada la deja entrar.

No puedo volver allí exhala, sintiendo cómo el peso se desprende de sus hombros.

Ignacio asiente, serio y comprensivo.

Entonces quédate aquí hasta que tu madre vuelva. Después, veremos qué pasa.

Cierra la puerta, dejando atrás al hermano ruidoso y a una época de miedo y soledad. Detrás de esa puerta se abre algo nuevo, y por primera vez María siente que ese nuevo no es tan aterrador.

***

Ignacio despierta tras un sollozo que atraviesa la pared del sueño. Mira el techo, la oscuridad de la madrugada. Ese llanto le resulta conocido, amargo como humo de hogueras de otoño. «¿Será María otra vez?»

Los últimos días ha vivido dividido entre la sombra y la luz. La ciudad, cargada de recuerdos de errores pasados, le oprime. Medio año libre tras su última incursión no le basta para respirar. Su exesposa, que se fue sin esperar, lo borró de su vida. Su plan es simple: marcharse a un viejo amigo, perderse en la inmensidad y empezar de cero. Pero entonces aparece la niña, como una pequeña sombra en el umbral, haciéndole dudar de su huida. Le duele verla, pero el miedo a atarse a un niño lo asalta; cualquier atención a otro podría volverse contra él.

Al tocar la puerta de su cuarto, una voz tímida llama:

Tío Ignacio, sé que se va. Vi su maleta. Lléveme con usted. Necesito a papá. Aquí está la dirección.

Le entrega un papel arrugado y él silba, viendo cómo sus planes meticulosamente trazados se desmoronan con sólo una mirada.

No puedo quedarme. Alonso se ha vuelto bestia, y mi madre solo aparece para cocinar y limpiar. Llévame al tren y después sígueme sola gime ella, la voz temblando de desesperación.

María, ¿estás en tus cabales? ¿Y si me acusan de secuestrarla! replica, pero ella, con esos ojos enormes y claros, lo hace rendirse. Vale, no te dejaré en apuros. ¿Papá sabe que vas?

María asiente deprisa, volviéndose hacia la ventana. La mentira flota entre ellos, densa y sin palabras. Debe encontrarlo, cueste lo que cueste.

¡Gracias, tío Ignacio! exhala, y su voz se llena de esperanza.

Llama a tu padre, avísale dice cansado, aunque sabe que nunca llamará.

En el vagón del tren huele a patata cocida, chorizo y polvo; fuera, el crepúsculo muestra sombras de campos nevados. María siente calor y calma; su corazón late al compás de una sola idea: pronto lo verá. ¿Qué será de él? ¿Le agradará?

Ignacio, sin poder dejarla sola en la incertidumbre, compra billetes al pueblo donde vive el padre de María. Decide que, al llegar, se irá directamente. Mientras ella duerme, su sueño es turbulento; el papel del cuaderno se desliza de una repisa y cae sobre la mesa. Lo recoge y, sin querer, lo lee:

«Querida Verónica, feliz día. Lamento todo. Besos de tu hija. Adiós.»

Lo guarda y, cuando María despierta, le entrega la carta.

Perdón, no quería leer. ¿Es de él?

María asiente en silencio.

¿Le has llamado? ¿Te espera?

Ella baja la mirada.

No. Sólo sé la dirección. Nunca lo he visto.

Ignacio exhala con fuerza.

¡Jesús! ¿Y si ya no vive allí?

Mamá decía que se había ido, pero siento que él me protegería. No me haría daño dice con fe desesperada.

Ignacio solo sacude la cabeza, observando cómo ella guarda el trozo de papel. De pronto, una idea punzante atraviesa su mente: si no hubiera tomado el camino torcido, tendría familia. Su hija quizá sea como ella.

Al llegar al pueblo, pasan un día buscando. El viejo apartamento señalado está habitado por desconocidos. Un vecino, al escuchar su historia, les muestra una pista: la aldea donde, según rumores, Iñigo se fue en busca de inspiración.

En un autobús desvencijado llegan a la aldea. Una anciana, reseca como hierba seca, los recibe con desconfianza:

¡No daré dinero! ¡Ya está harto del pueblo!

No buscamos dinero susurra María. Yo soy su nieta.

La mujer se queda boquiabierta, la mira y la deja pasar. Les sirve caldo y cuenta de su hijo, un artista talentoso, pero perdido, siempre persiguiendo una felicidad fantasmal.

Abuela, ¿dónde está ahora? insiste María.

Tenía una dirección, pero no sé si sigue vigente

Ignacio, callado, se inclina y le susurra:

¿Por qué buscas a ese padre, si nunca lo has visto?

Tío Ignacio, siento que todo saldrá bien responde con fe dura y sencilla.

La nueva pista los lleva a un bloque de viviendas sin nombre, a las afueras. El reloj marca las seis y media cuando llegan al piso indicado. Golpean la puerta hasta que una voz cansada y áspera responde:

¿Quién demonios

En la entrada aparece un hombre demacrado, con la cara desmejorada por el alcohol y la humedad.

¿Ustedes son Igor Sánchez? pregunta Ignacio.

¿Qué quieren? gruñe.

Venimos por asuntos personales. ¿Podemos entrar? avanza Ignacio.

El interior está a medias iluminado y desordenado. El hombre aparta unas latas vacías y, con gesto, invita a sentarse.

¿Conocen a Verónica? pregunta María, sintiendo cómo le tiemblan las piernas.

¿Verónica Sánchez? el hombre frunce el ceño, intentando recordar. Ah, la cocinera Nos cruzamos hace años. Se marchó embarazada. El niño no lo quería, tuve que separarme

Al ver a María, su expresión cambia.

¿Y tú? ¿Qué buscas?

Soy su hija. La hija de Verónica.

El hombre se queda paralizado, una mueca de asco cruza su rostro.

¿Y qué quieres de mí?

María, sin pensarlo, se lanza a la calle. Ignacio la sigue, la abraza mientras llora, su llanto rompe el silencio.

¡No quiero vivir, tío Ignacio! grita ¿Por qué no sirvo a nadie? ¡Lo encontré y lo perdí!

¡Alto, María! No digas tonterías. La vida es como un péndulo: golpea de un lado, acaricia del otro. Eres una niña, tienes toda la vida por delante. El destino no castiga a los valientes y tenaces. La felicidad y el amor te esperarán.

Llama a mi madre, por favor solloza, hundiéndose en el suelo. Sabe que ella ya ha vuelto a casa y está al borde de la locura.

Verónica llega en el primer vuelo disponible. En el aeropuerto, sin prestar atención a los demás, agarra a su hija y la abraza con fuerza, balanceándose en silencio. Está demacrada, de piel pálida por las noches sin dormir, pero en sus brazos lleva todo el universo.

Hija ¿por qué no llamaste? ¡Me estoy volviendo loca! La policía ya va a venir le dice, mirando a Ignacio, que está a un lado.

¿Te ha acosado?

No, tío. Es un buen hombre, mejor que mi padre. Por eso debía casarme con él.

Ay, hija

El avión asciende y el sol del atardecer inunda la cabina de luz roja. En tierra, Ignacio observa cómo su camino se abre hacia un futuro honesto. Promete escribir.

Llegaremos, entregaré a Alonso a la clínica que mencionaste. Está con la tía. No te volverá a tocar. Lo siento, no te vi la voz de Verónica tiembla.

No importa, mamá. Lo superaremos. Lo esencial es que estamos juntas responde María, mirando por la ventanilla a las nubes que se alejan.

Meses después llega una carta. El sobre es áspero, la caligrafía vacilante pero firme. En ella, el rostro del padre arrugado, ojos tristes pero comprensivos cuenta que tiene trabajo, techo y que la felicidad no necesita mucho. María relee la carta, la aprieta contra el pecho y se acerca a la ventana. Afuera giran las primeras hojas de otoño; su interior se ilumina con paz. El camino a casa resulta más largo de lo que imaginaba, pero al fin ha encontrado al padre que no era el fantasma de sus sueños, sino el puerto seguro que siempre la esperó. Se sienta a escribirle una respuesta.

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Echando de casa a mi hermana pequeña