Durante varias horas, una mujer mayor estuvo esperando a su hijo en la estación, ¡pero no apareció por ningún lado!

Aurora llegó a la estación de tren de Toledo al salir el sol, después de un viaje interminable desde su pequeño pueblo de La Mancha. Llevaba consigo dos maletas pesadas, tan llenas de regalos cuidadosamente envueltos como de ilusiones. Hacía meses que no veía a su familia, y aunque apenas le quedaban treinta euros en la cartera, había invertido hasta el último céntimo en detallitos para sus nietos y dulces de yema para su hijo. Nunca iba con las manos vacías, pero esta vez los bultos pesaban como piedras y cada paso retumbaba en el eco húmedo y torcido de la estación.
Aunque los bancos parecían de mantequilla y las taquillas latían como corazones, Aurora sentía el pecho henchido de esperanza: su hijo prometió ir a buscarla. Pero sólo el murmullo metálico del anuncio de trenes la acompañaba. Esperó. Las sombras del andén bailaban extrañas sardanas a su alrededor. Por fin, empujó el móvil contra la oreja y marcó el número de Luis, con las manos temblorosas después de dejar caer las bolsas.
El teléfono sonó diez veces, cada tono más lejano que el anterior, hasta que por fin respondió una voz adormecida y confundida.
Ay, madre, perdóname, de verdad. Se me fue completamente. Nos hemos ido a casa de los padres de Marta, aquí en Extremadura… No vamos a volver en una semana, ni me acordé de avisarte. Has venido en balde. Vuelve, por favor. Ha sido todo tan improvisado…
El hilo de voz se deshacía como algodón mojado. Las lágrimas le llenaron los ojos, pero no dijo nada, apenas susurró un Vale tan bajo que nadie habría podido escucharlo. Sin despedirse siquiera, Aurora contempló sus dos maletas e imaginó que eran animales dormidos: demasiado pesados para arrastrar de nuevo hasta el pueblo, donde ya la memoria le pesaba más que el equipaje.
Tuvo un impulso, tan surreal como el misterioso sueño en el que se encontraba: se acercó al grupo de mendigos envueltos en mantas polvorientas junto a las máquinas de café y dejó allí los paquetes, sonriendo con resignación y despecho. Aún sentía los hombros entumecidos y el corazón en carne viva.
Nunca dijo una palabra de queja a su hijo. Luis jamás supo cuán hondo había arañado el abandono en el alma de su madre, la misma que durante toda una vida había derrochado ternura y desvelos. Años de cariño olvidados como migas en el mantel después de comer.
Un mes después, cuando Marta la llamó desde Salamanca y le pidió que viniera a cuidar de los niños porque iban a una boda, Aurora negó con dulzura y fatiga. Contestó con la serenidad de quien ha despertado de un sueño extraño en el que todo es confuso: estaba cansada de ser recordada solo cuando hacía falta, como una lámpara antigua olvidada en un rincón hasta que vuelve la oscuridad.

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Durante varias horas, una mujer mayor estuvo esperando a su hijo en la estación, ¡pero no apareció por ningún lado!