Durante varias horas, una anciana permaneció en la estación esperando a su hijo, ¡pero él no apareció por ninguna parte!

Aurora llegó a la estación de tren desde su pequeño pueblo, arrastrando dos bolsas que parecían repletas de ladrillos. No era de las que visitan a la familia todos los domingos; más bien, estas visitas eran tan contadas como los días de lluvia en agosto. Pero, eso sí, había gastado hasta el último euro de su pensión para traer regalos a los suyos, con la ilusión de arrancar alguna sonrisa en aquel piso de ciudad. Jamás llegaba con las manos vacías, pero esta vez se había superado: cada bolsa casi pesaba diez kilos, aunque según ella, pesaban más los cariños que traía dentro.
La travesía fue digna de una novela de Galdós: subidas, bajadas, gentío, algún que otro pisotón y ni una sombra de asiento libre. Todo el camino lo recorrió con la esperanza puesta en que su hijo estaría esperándola en el andén. Pero al llegar… ni rastro de él. Sus hombros le pedían clemencia mientras ella, resignada, dejaba caer las bolsas al suelo y pescaba el móvil de su bolso.
El teléfono sonó largo rato, como si su hijo intentara batir el récord nacional de sonar sin contestar. Finalmente, al décimo tono, una voz adormilada y confundida emergió del auricular:
Ay, mamá… lo siento mucho, de verdad. ¡Se me había ido completamente! Hemos decidido de improviso irnos con los padres de Lucía al pueblo de al lado y no volvemos hasta la semana que viene. Resulta que has venido para nada. Por favor, vuelve a casa. Tampoco pensábamos que esto se liaría así, pero se me pasó avisarte, nos fuimos a lo loco.
A Aurora se le humedecieron los ojos, pero apretó la mandíbula y solo murmuró: “Está bien”.
Con el corazón más pesado que las bolsas que llevaba, regaló los paquetes a dos personas sin hogar que pedían en la estación; cualquiera entendía que era imposible arrastrar eso otra vez hasta el pueblo y sus brazos ya amenazaban rebelión. Ni una palabra de queja al hijo, quien nunca llegaría a adivinar la herida que había abierto en el alma de su madre. Aurora se había volcado por completo en criarlo, y ni por asomo se preocupaba él por acercarse a verla ahora que ella era mayor.
Un mes después, cuando la nuera la llamó pidiéndole que cuidara a los nietos porque se iban de boda el fin de semana, Aurora, con la serenidad de quien ya no espera nada, se negó amablemente. Estaba cansada de sentirse útil solo cuando hacía falta. Qué cosas, las prioridades familiares: uno da calor, pero solo lo buscan cuando la calefacción falla.

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MagistrUm
Durante varias horas, una anciana permaneció en la estación esperando a su hijo, ¡pero él no apareció por ninguna parte!