Hacía tres días que Antonia fregaba cada rincón de la casa como si el polvo no fuera el enemigo, sino el tiempo que la separaba de su hijo. Se había levantado antes del amanecer, aunque el autobús no llegaría al pueblo hasta media tarde. Tampoco podía dormir. Javier volvía a casa después de cinco años en Alemania. Cinco años en que solo lo había visto en fotos enviadas de tarde en tarde y en videollamadas cortadas por la mala conexión.
En la cocina, la masa de los roscones crecía bajo un paño limpio. Había preparado la carne para los cocidos la noche anterior, envolviendo cada albóndiga con esmero hasta altas horas. Los garbanzos habían hervido a fuego lento durante horas, llenando la casa con los aromas de la infancia de Javier. También había hecho tortilla de patatas, como a él le gustaba de pequeño.
Antonia se miró en el espejo del dormitorio. Se había peinado con cuidado, se había puesto un pañuelo nuevo, comprado especialmente en el mercadillo. Estudió las arrugas alrededor de sus ojos. Sus cincuenta y ocho años habían dejado huella, igual que el trabajo en el huerto, las tareas de la casa y la añoranza por su único hijo.
“¿Me reconocerá?”, se preguntó, y luego rio de lo absurdo de la idea. Era su madre. Pero ¿y él? ¿Lo habrá cambiado Alemania? ¿Seguirá hablando el mismo castellano? ¿Le dará vergüenza la casa humilde, las calles polvorientas del pueblo?
Las vecinas habían pasado por la puerta toda la mañana, fingiendo tener algo que hacer, pero en realidad venían a curiosear. “Vuelve el hijo de Antonia”, murmuraban entre ellas. “Se ha hecho un señorito con los alemanes.”
Solo quienes han criado hijos y los han visto partir saben que cada día de espera parece una pequeña eternidad.
Hacia el mediodía, empezó a poner la mesa en el salón, ese que solo se usaba en festividades. Mantel bordado, cubiertos relucientes, la vajilla buena sacada de la vitrina que permanecía cerrada el resto del año. En el centro de la mesa, en un jarrón de cristal, colocó flores frescas del jardín.
Al terminar, salió al patio y se sentó en el banco bajo el nogal. Desde allí veía la carretera principal, podía oír el autobús cuando parase en la plaza. Quedaban aún unas horas, pero ella estaba dispuesta a esperar. El corazón le latía como el de una chiquilla antes de su primera cita.
¿Cuántos padres como ella aguardaban en los pueblos de España? ¿Cuántas madres contaban los días entre las visitas de sus hijos emigrantes? Ningún sacrificio le parecía demasiado con tal de que Javier tuviera una vida mejor, pero el precio de la soledad a veces era difícil de soportar.
Hacia las cuatro menos cuarto, escuchó la bocina del autobús a lo lejos. Se levantó, se alisó el vestido, se arregló el pelo. Permaneció quieta un instante, como si absorbiera fuerzas de la tierra bajo sus pies, y luego caminó hacia la verja.
El autobús se detuvo en la plaza levantando una nube de polvo. Bajaron unas cuantas personas: una anciana con bolsas, dos adolescentes, un hombre de mediana edad. Y por último, un joven alto, con traje azul marino, una maleta en una mano y un ramo de flores en la otra.
Antonia se quedó paralizada. Era él, pero no parecía el mismo. Más alto de lo que recordaba, más delgado, con el pelo corto y un porte elegante que lo hacía parecer ajeno al paisaje del pueblo. Por un momento, la invadió la duda.
Entonces, el hombre del traje alzó la mirada. Sus ojos se iluminaron, la sonrisa le transformó el rostro. Dejó la maleta y echó a correr hacia ella.
“¡Mamá!”, gritó desde lejos.
Y de pronto, el traje elegante dejó de importar. Era su niño volviendo del colegio, el adolescente que la ayudaba en la huerta, el joven que le había prometido regresar, por lejos que se fuera. En sus ojos, Antonia vio la misma ternura, el mismo amor.
Cuando llegó frente a ella, Javier se detuvo un instante, como si quisiera observarla, asegurarse de que era la misma. Luego la abrazó con tal fuerza que casi le cortó la respiración.
“Mamá”, susurró él, hundiendo el rostro en su hombro. “Mi madre.”
Antonia sintió las lágrimas resbalarle por las mejillas. No podía hablar. Lo apretaba fuerte, como cuando era pequeño y temía perderlo entre la gente. Olía distintoa colonia cara y a tierras lejanaspero seguía siendo su niño.
“Vamos a casa”, dijo Antonia al fin, secándose las lágrimas. “Te he esperado.”
Javier le entregó el ramorosas blancas. Cogió la maleta y le ofreció el brazo. Juntos, caminaron por la calle del pueblo, hacia la casa que los aguardaba con las ventanas abiertas y la mesa puesta para el regreso del hijo.
Mientras avanzaban despacio por el camino polvoriento, Antonia sintió cómo los años de soledad se derretían como la nieve bajo el sol de primavera. No importaba cuánto se quedara. No importaba si volvería a marcharse. Ahora estaba aquí, a su lado, y en ese instante, el mundo era perfecto.







