Cuando le conté a mi marido la noticia de mi embarazo, su reacción fue fría, carente de cualquier emoción visible. Esperaba que se llenase de alegría, que compartiese conmigo ese sueño largamente anhelado de formar una familia, pero, por desgracia, no fue así. Pasamos juntos años de pruebas, de visitas a médicos, de tratamientos agotadores intentando tener un hijo. Supongo que, cuando por fin conseguí quedarme embarazada, él ya se había rendido y asumido que la paternidad no estaba destinada para nosotros. Resulta curioso que, justo antes de enterarse de mi embarazo, incluso llegó a sugerir la opción de adoptar. Sin embargo, ahí estaba delante de mí, con el rostro amargo, como si la noticia, en vez de alegrarle, le pesara en el alma. Pensé que quizás sólo necesitaba tiempo para asimilarlo, que estaría pasando un momento complicado. Pero mi propia felicidad seguía intacta.
Yo no cabía en mí de la emoción, flotando por la casa como si caminase sobre las nubes. Aquello que llevaba años deseando, temiendo que nunca llegase, por fin era una realidad. Por desgracia, el embarazo se complicó mucho. Me vi obligada a pasar largas temporadas ingresada en el hospital y, al final, tuve que dejar mi trabajo por recomendación médica. Y, aún así, mi marido seguía sin estar a la altura. No sólo no me apoyaba, sino que se mostraba cada vez más irascible, más agresivo, quitando importancia a todo lo que nos estaba ocurriendo. El embarazo no es ningún trabajo, murmuraba, no es como estar cargando con algo todo el día. Yo necesito una esposa, no una enferma. Estoy harto de llevar yo solo la casa, de trabajar como una mula desde que amanece hasta que anochece. Intentaba explicarle, una vez tras otra: Nos han dicho que no debo hacer esfuerzos, que no debo levantar peso, que el mínimo exceso puede poner en peligro la vida del bebé, pero ninguna explicación lograba romper aquella barrera invisible que se había instalado entre los dos.
Al final, ingresé en el hospital, esta vez de forma permanente. Él no llamaba, no preguntaba cómo estaba, ni siquiera venía a verme como si mi existencia hubiese sido borrada. Sufrí una cesárea de urgencia y nuestro hijo nació prematuro, aunque, por fortuna, sano. Llorando de emoción, lo llamé para contarle la noticia: Hemos tenido un hijo, está bien Su respuesta, un simple ¡Enhorabuena!, fue lo más bonito que jamás salió de sus labios conmigo. Al regresar a casa, temblando todavía entre el cansancio y la alegría, descubrí que él se había marchado. El miedo desgarró mi corazón; el dolor era físico, profundo, irreversible. Sin embargo, por amor a mi hijo, reuní el valor necesario para seguir adelante. Me prometí solemnemente que haría todo lo posible por construir nuestra felicidad y asegurar el bienestar de mi pequeño, cueste lo que cueste y contra viento y marea, aquí, en Madrid.





