Tenía diecisiete años cuando mi padre desapareció, evaporándose entre la bruma de la mañana en el barrio de Chamberí, como si nunca hubiera existido. Mi madre, de rostro cansado y manos de invierno, trabajaba encorvada en dos empleos, limpiando portales y cosiendo para vecinos, por un puñado de euros mal contados. En casa, ahorrábamos hasta el último céntimo; la fruta y los dulces solo visitaban nuestra mesa en vísperas de Navidad. No me atrevía a pedirle nada; la vergüenza me tapaba la boca como un pañuelo. Traté de buscar formas de ganar algo para subsistir yo sola. Tenía una hermana menor, Sofía, y junto a mi madre nos esforzábamos para que ella no se sintiera menos que los demás.
La muerte de mi padre sólo inauguró una nueva etapa de problemas: no fue el final. Una tarde de febrero, mi madre cayó como un tapiz antiguo; fue ingresada en un hospital de la Gran Vía tras un infarto cerebral. Resultó imposible que volviera a caminar. Le dieron una pensión de incapacidad, insuficiente como el agua en los charcos tras la lluvia. Creo que me aferraba a la esperanza, como a un paraguas viejo, sin dejar que el desencanto mojara los pies.
Tuve que abandonar la universidad, renunciar al campus de Alcalá de Henares, porque desde entonces era el sustento de nuestra familia. Cuidar a mi madre enferma y a Sofía era como andar por las calles de Madrid bajo la niebla, sin brújula ni destino. Muchos me ofrecían ayuda, pero siempre la rechacé. Antes de enfermar, mi madre era todo dulzura y honestidad. Después, tras el ictus, el sueño cambió su rostro.
Empezó a lamentar su destino, después nos criticaba a Sofía y a mí por todo: nuestra cocina de poco sabor, el polvo en las esquinas, los euros gastados en nosotras mismas. No presta atención a las palabras flotando como hojas secas entre nosotras. Era una mujer enferma; podía comprenderla, pero sus palabras me herían en el pecho. Hice todo por ella, y nunca recibí ni un gracias. Amigas insistían en contratar a una enfermera y buscar un trabajo mejor pagado, quizás en el mercado de San Antón. Pero, ¿cómo dejar a mi madre en manos ajenas? Dos hijas tiene, ¿cómo podría una extraña cuidar de ella? No podía aceptar esa idea; las costumbres no lo permitían.
Las quejas de mi madre giraban en círculos cada vez más estrechos. Nos regañaba por cualquier compra; aunque ahorrábamos en todo, parecía nunca suficiente. Callé mucho, aguanté como la Giralda ante el viento. Pero fue una tarde de verano la que destiló el sueño en pesadilla.
Caí enferma: fiebre ardía como las luces de una verbena, dolor en la cabeza y tos torrencial. No pude dormir. Al amanecer, decidí ir al ambulatorio. Sofía percibió mi estado, se preparó para el instituto, me abrazó la sombra y suplicó que no lo retrasara. Mi madre, tejida en su nueva lógica, repetía que no necesitaba ningún médico, que la juventud se cura sola. Que ella era la más desafortunada, necesitaba más dinero, que gastar euros en médicos solo proveería una gripe común. Me acusó de no preocuparme por ella, de desear que muriera.
Las palabras flotaban en el salón y yo lloraba sin ruido; la fuerza se escurría, como agua por las baldosas del Retiro. Por ella dejé mi carrera, acepté trabajos pesados todo para no fallarle. Tal vez, agotada, le grité todo lo que pensaba, sin filtros. El médico confirmó neumonía; me recomendó ingreso, pero no podía dejar a Sofía con mi madre sola. Compré medicinas y busqué refugio en casa de mi amiga, Carmen.
Carmen me abrió la puerta y reprendió mi debilidad por vagar por Madrid en vez de descansar bajo su manta. Charlamos horas, los relojes se doblaban en las paredes de su casa; le hablé de mi madre y pedí ayuda para conseguir una enfermera. También necesitaba un lugar para vivir. Ya no podía quedarme en mi casa, donde los euros pesaban, pero las palabras dolían aún más.
Carmen ofreció que viviera con ella, mientras buscaba las cosas esenciales en mi hogar. Al regresar, mi madre me recibió como un huracán por los pasillos, gritos que rebotaban como carambolas. No preguntó por mi salud, volvió a contar el dinero, el pan, los medicamentos. La alimenté y me encerré en mi cuarto, sabiendo que no volvería a dormir ahí nunca más.
Mi amiga cumplió sus promesas: halló a una enfermera, una señora llamada Consuelo, y me permitió quedarme en su apartamento. Cambié de trabajo; dejé de visitar a mamá. Puede parecer frío, incluso cruel, pero lo di todo y nunca obtuve gratitud alguna. ¿Valió la pena esforzarse tanto? Me queda todo el camino por delante.
Cada mes reservo euros para la pensión y la enfermera. Doy más de lo que exige el deber. Consuelo dice que mamá cada vez recuerda menos, ni nos felicita por cumpleaños; aunque Sofía y yo seguimos haciéndolo. Pero eso ya no importa. Conseguí un trabajo mejor y pronto dejaré el piso de Carmen. Junto a Sofía planeamos alquilar un apartamento en Lavapiés. Mi hermana me acompaña y me dice: Hay que cuidar de los padres, pero nunca cuando te están destruyendo poco a poco.Las palabras de Sofía resonaron en mí, mezclando alivio y tristeza. La vida, pensé, nos obliga a soltar para sobrevivir, aunque lo que soltamos es parte de nuestro corazón. Miré por la ventana; el sol de otoño iluminaba Madrid de un modo suave, sin promesas pero lleno de oportunidades nuevas.
Al día siguiente, fui a visitar a mi madre con Sofía. Consuelo nos recibió con una sonrisa cansada. Mamá estaba sentada, el pelo blanco despeinado, los ojos vagando entre recuerdos lejanos. Llevábamos fruta y flores, intentando reconstruir algún fragmento de lo que fuimos. Al mirarla, comprendí que mi historia no era solo de pérdidas, sino también de resistencia.
En el apartamento pequeño de Lavapiés, Sofía y yo colgamos un calendario y pusimos una planta en la ventana. Sonreímos al ver cómo la luz entraba, baña rosas y promesas. A veces, cenamos juntas y el miedo ya no pesa tanto. La ciudad parece más grande, menos hostil. Mi madre existe, pero ya no domina mi vida; de pronto, nos pertenece el mañana.
Nunca supimos qué pasó con papá, ni si mamá alguna vez nos amó como éramos. Pero Sofía y yo, con nuestras cicatrices, aprendimos a querernos y a inventar el espacio propio. Eso me basta. Mientras la noche de Madrid se extiende, pienso que los lazos no se rompen; simplemente cambian de forma y color. Y nosotros también.




