Mira, te voy a contar una historia que no te imaginas Hace cosa de un año, en medio de un divorcio de estos que parecen de película, un tipo forrado de Madrid, Alfonso, decidió dejarle a su exmujer, Carmen, una finca perdida en mitad de la nada por Toledo, una de estas heredadas que nadie quiere ni ver. Lo hizo a mala idea, en plan ahí te apañes. Pero quién se lo iba a decir, lo que pasó después le dejó completamente loco.
El caso es que en pleno divorcio, Alfonso, creyéndose muy listo, le suelta a Carmen:
Carmen, sabes que no te necesito aquí, ¿no? Mejor que vuelvas a la ciudad.
Y Carmen, que para entonces ya iba sobrada de paciencia, le responde:
¿Pero qué ciudad dices, Alfonso? Ya sabes que esta historia la empezamos juntos, que tú solo pusiste una habitación cutre en un piso compartido y yo el coco y el trabajo. Vendimos el piso, invertimos todo en el negocio Pero tú, cuando la cosa empezó a ir bien, pusiste todo tu nombre y ahora ya ves, solo me dejas esto.
Él, más seco que un esparto, ni se inmuta:
No empieces otra vez, Carmen. Hace tiempo que no haces nada. Me lo curro yo todo y tú nada.
Carmen le mira con esa calma que da cuando ya te lo han hecho todo.
Fuiste tú el que me dijo que descansara, que me cuidara.
Alfonso ya, cansado de la conversa:
Estoy harto de lo mismo. Mira, ¿te acuerdas de la finca vieja que me dejó don Manuel, el jefe ese que palmó? No vale nada, ni los olivos dan sombra. Para ti es perfecta. Si no la quieres, no hay nada más para ti.
Carmen, con una mezcla de risa amarga, acepta, pero pone condiciones:
Vale. Pero la finca a mi nombre y punto.
Perfecto, así pago menos impuestos y suelta una risilla de listillo.
Carmen recoge cuatro cosas, le da la espalda a Alfonso y a la chica nueva, una tal Lucía que parecía más chula que lista, y se pira a un hostal cercano. Decide empezar de cero, sin saber lo que se va a encontrar, pero con la convicción de que, si aquella finca, aunque estuviera medio en ruinas, podía tener una oportunidad.
Coge el coche, se lleva lo justo, y deja el resto con Alfonso. No le debe nada y va decidida a reconstruir su vida lejos de todo aquel paripé. Cuando Alfonso le entrega los papeles, lo hace riéndose en su cara:
Que tengas suerte.
Igualmente, le dice Carmen.
No olvides mandarme una foto de las vacas, le suelta de chiste.
Ella cierra la puerta de un portazo y se va. Cuando sale del pueblo, le asaltan las lágrimas, pero sigue sin mirar atrás. Se queda un rato parada, hasta que una señora mayor le toca a la ventanilla.
¿Estás bien, hija? Mi marido y yo te hemos visto un rato aquí parada…
Carmen sonríe y asiente:
Sí, solo necesitaba respirar.
La señora asiente, como si la entendiera de toda la vida:
Venimos del hospital, pobre vecina que no tiene nadie ¿Vas por la zona de Talavera?
Carmen se sorprende:
¿Talavera? Justo donde está la finca.
Sí, si es que ahora ni finca se puede llamar Está todo abandonado, solo quedan algunas vacas porque hay quien las cuida por cariño.
De camino, la señora, que se llama Antonia García y va con su marido, Luis, le empieza a contar todos los chismes del pueblo y el estado de la antigua finca. Carmen, sabiendo que es todo lo que tiene ahora, decide quedarse y currárselo.
Un año después, ni te imaginas: Carmen mira desde la ventana y ve pastar a ochenta vacas en pastos verdes que parecen un cuadro. Lo que era una finca que no quería nadie, es ahora el negocio de moda por la zona. Eso sí, se lo ha currado con sangre, sudor y lágrimas. Vendió hasta el último anillo de oro y se gastó cada euro que tenía en el banco. Pero los pedidos suben, el queso y la leche que saca la gente los busca hasta en Aragón.
Un día, una chica que la ayuda una tal Águeda le enseña un anuncio de camiones frigoríficos a buen precio. Carmen reconoce el teléfono de la empresa: era la de Alfonso. Con picardía, le dice a Águeda que llame y ofrezca un cinco por ciento más, pero solo si no enseña los camiones a nadie más.
Cuando Carmen va a ver los camiones, se encuentra de frente con Alfonso, que se queda blanco.
¿Los compras tú? suelta sin creérselo.
Sí, son para la finca que me dejaste. Hay tanto trabajo que necesitamos ampliarnos, le responde Carmen con toda la tranquilidad del mundo.
Él no puede ni hablar.
Ahora Alfonso mira desde lejos cómo Carmen ha rehecho su vida. De hecho, acabó enamorándose de Juan, un mecánico de la zona, y juntos celebraron el bautizo de su hija en la iglesia del pueblo, rodeados de amigos y vecinos. Y Alfonso, mientras, se da cuenta de que el único que se quedó de verdad en la soledad y el vacío fue él solito.





