Leonor venía de un pequeño pueblo manchego, de esos donde el viento parece traer consigo historias secretas. Fue allí, entre campos ondulados y plazas llenas de palomas, donde el flechazo de Cupido la alcanzó. Leonor se enamoró de Álvaro, y él de ella. Decidieron huir de su tierra natal, con la promesa de buscar fortuna juntos en Madrid.
A sus padres les contaron que marchaban a la capital para reunir euros y celebrar un banquete nupcial digno de su amor. Y realmente se afanaron trabajando, aunque pronto decidieron que no gastarían su dinero en bodas.
Se cansaron de la juventud madrileña, que llega a bodas en deportivas y vaqueros, acepta regalos sólo en metálico, intercambia el banquete por un cóctel de pie o incluso por una videollamada, y destina el dinero recibido a pagar la hipoteca.
Eso hicieron Leonor y Álvaro. Sin embargo, sus madres, al regresar a su pueblo natal, les organizaron una cena sencilla. En Madrid no tenían apenas conocidos. Todo esto te lo cuento para que intuyas los caracteres de los esposos, y puedas imaginar qué tipo de sueños les rondaban…
Han pasado cinco años desde aquella boda surrealista. Los dos decidieron esperar para tener hijos, así que se dedicaron a pagar juntos la hipoteca. La madre de Leonor era ardiente y siempre que llamaba le recordaba, como quien repite un conjuro, que estaba lista para tener nietos. Pero Leonor sabía que si vivían bajo el mismo techo se dispersarían como humo. No sentían prisa, así que continuaron sin niños.
De pronto, a Leonor le resurgieron viejos resquemores hacia Álvaro, aunque antes lograba disiparlos como una nube que se desvanece. Me llamó soñando, quizá desde un lugar donde los relojes goteaban:
Habla por teléfono con otros durante horas, pero conmigo solo hola-adiós y poco más…
Cuando llegue del trabajo seguro que hablaréis más largo.
Yo quiero ver una película romántica en paz después del trabajo, y él solo pone películas de terror.
¿Cuántos televisores tenéis? Ahora cualquiera ve películas en el portátil, con cascos. Pero al final no parece vida en pareja si están sentados juntos pero con la cabeza en distintos mundos.
¡Eso pienso! ¡Creo que Álvaro no me entiende!
Eso sí es una queja original.
¿Por qué te ríes?
Nada, no me río más.
Leonor, ¿cuándo os lo pasáis bien juntos?
En vacaciones o cuando hay invitados… En esos días es tan atento…
Nuestra conversación se extendió como el vino por la mesa, casi una hora. Leonor me contó su encuentro con Álvaro y cómo todas las chicas la miraban con envidia. De nuestro diálogo comprendí que la raíz de su malestar era una necesidad femenina de brillar ante otros, y en Madrid no había nadie que la admirara. Esa era la primera puerta, y la segunda…
Leonor, ¿cómo imaginas el matrimonio perfecto?
Con hijos, por supuesto.
Es lo habitual, aunque tras tener hijos muchos matrimonios se rompen…
Mi esposo debe interesarse por mi estado de ánimo, cómo me va en el trabajo Debe saber valorar mi look y elogiar mis guisos
¿No lo valora?
Dice que está bien, pero para mí no es suficiente.
Cuéntame en detalle. Álvaro llega a casa, tú le sirves puré de patatas con croquetas, y él…
Se frota las manos y sonríe.
¡Eso también es una especie de cumplido! Imagino que te incomodaría si apartara el plato con cara de asco…
Leonor quedó silenciosa, como si contemplara una pintura cuyo significado escapa. No creo que captase el fondo de su propia queja. Pero su malestar sobrevolaba a Álvaro. Conocía ya el motivo, y para confirmar mi teoría le pregunté sobre su vínculo con su madre.
Supe que su madre era expresiva, siempre la atosigaba con preguntas y, si algo iba mal, la arropaba asegurándole que todo iba a mejorar.
Dicen que nos casamos con quienes se parecen a nuestros padres, o buscan darnos la caricia que nos faltó. Leonor nunca tuvo padre, y ni imaginaba que no todo el mundo sabe mostrar las emociones de manera luminosa.
Entonces le dije a Leonor que llevaba cinco años casada con su madre, y esperaba de Álvaro que imitara exactamente su modo de ser. Al principio se sorprendió, pero tras pensarlo lo aceptó como si fuera un pájaro salido de un sueño.
¿Cómo me divorcio de mi madre, entonces?
Sencillo. Cada vez que te enojes, imagina que Álvaro no tiene nada que ver, que no es él sino tu madre quien está allí contigo. ¡Y nadie puede competir con una madre tan atenta!
¿Así de fácil?
Así de fácil… Y verás que el resquemor se disolverá como azúcar en café.
Y el sueño continúa, flotando por las calles de Madrid, donde los deseos a veces se confunden con recuerdos y las madres nunca dejan de llamar.





