Álvaro y Lucía nunca tuvieron un matrimonio feliz; desde el principio fue un error. Apenas duraron juntos tres años y, aunque nació su hija Clara, pronto se separaron. Como padre responsable, Álvaro no dudó en acordar con Lucía que, aunque ella no reclamaría la pensión alimenticia ante el juez, él ingresaría una cantidad mensual a su cuenta cada día cinco de mes. Y así lo hizo, sin faltar ni una sola vez. Pero esa estabilidad solo duró un tiempo.
Una tarde lluviosa en Madrid, Álvaro encontró un sobre inesperado entre las cartas amontonadas del buzón. Al abrirlo, leyó atónito: Lucía demandaba retirarle legalmente la paternidad de Clara. ¿Cómo podía ser? Junto al escrito venía un análisis de ADN que concluía, sin margen de duda, que Álvaro no era el padre biológico de Clara. El verdadero progenitor era, en realidad, un hombre con el que Lucía había estado casada anteriormente. Durante dos años, Lucía había llevado una doble vida, compartiendo sus días con Álvaro y sus noches con otro.
Álvaro sintió una rabia y una tristeza arrolladoras. Le dolía lo sucedido, pero sobre todo, pensó en los miles de euros que había destinado, durante cinco años, al bienestar de una niña que no llevaba su sangre. La traición era doble: sentimental y económica.
Sintió que debía recuperar todo ese dinero perdido, porque la ley española reconoce el derecho a reclamar los pagos si existen pruebas científicas de que el supuesto padre realmente no lo es. Así pues, decidido, Álvaro presentó una demanda judicial para que Lucía devolviera hasta el último euro.
Sin embargo, la duda le roe por dentro. ¿Hace lo correcto, o está dejando que el dolor le lleve demasiado lejos? Las luces de la ciudad brillan fuera, implacables, mientras la incertidumbre y el desengaño llenan la estancia donde Álvaro toma, una vez más, las riendas de su destino.






