Durante años, la relación con mi madre ha sido complicada, pero jamás imaginé que pudiera llegar a esto. Tengo dos hijos una niña de 9 años y un niño de 6 y desde que me separé, los crío yo sola. Siempre he sido responsable, trabajadora y atenta con ellos, pero mi madre nunca ha dejado de repetir que no valgo para ser madre. Cada vez que venía a casa, lo examinaba todo: abría la nevera, pasaba el dedo por los muebles para buscar polvo, se enfadaba si la ropa no estaba doblada como le gusta, y si los niños no guardaban silencio mientras ella estaba presente.
La semana pasada vino a ayudarme porque mi hijo estaba resfriado. Dijo que se quedaría un par de días. Una tarde, mientras ella había salido al Mercado de San Antón a comprar algo, yo buscaba un ticket en el mueble de la tele Y entonces lo vi: un cuaderno negro y gordo con un separador rojo. Pensé que era míouno de esos donde anoto los gastos del mes, pero no. La letra era suya. Y en la primera página había escrito:
Registro Por si acaso hay que tomar acciones legales.
Pasé una hoja y lo vi. Fechas exactas, entradas escritas como si fuesen delitos. Por ejemplo:
3 de septiembre: los niños comieron arroz recalentado.
18 de octubre: la niña se acostó a las 22:00 demasiado tarde para su edad.
22 de noviembre: había ropa por doblar en el salón.
15 de diciembre: la vi cansada impropio de una madre.
Todo lo que hago, cada detalle de mi casa, todo estaba apuntado como si fueran pruebas en mi contra. Incluso había cosas que nunca sucedieron:
29 de noviembre: la niña se quedó sola 40 minutos.
Eso nunca ha ocurrido.
Y lo peor: un apartado bajo el título Plan alternativo. Ahí había escrito los nombres de tías que podrían confirmar que vivo estresadaalgo que ellas jamás han dicho. También guardaba impresos mis mensajes en los que le pedía que no viniera sin avisar porque estaba ocupadalos tenía como pruebas de que rechazo su ayuda.
Incluso había un párrafo en el que detallaba que, si conseguía demostrar que soy desorganizada como madre, podría pedir la custodia provisional de mis hijos por su bienestar.
Cuando regresó del mercado, yo temblaba. No sabía si enfrentarla, callarme o salir huyendo. Volví a dejar el cuaderno exactamente donde lo había encontrado.
Esa misma noche hizo un comentario disfrazado de inocente:
Quizá los niños estarían mejor con alguien más ordenado
Entonces lo entendí: ese cuaderno no era un impulso momentáneoera un plan. Fríamente calculado. Meticulosamente pensado. Directo.
No le he dicho que lo he visto. Sé que, si lo hago, lo negará todo, me culpará, dará la vuelta a la historiay sólo pondrá a los niños en más peligro.
No sé qué hacer.
Tengo miedo.
Y estoy herida hasta lo más profundo.







