Durante años, fui una sombra discreta entre las estanterías de la emblemática Biblioteca Central de …

Durante años, fui la sombra discreta que deslizaba la escoba por los rincones de la imponente Biblioteca Central de Valladolid.

Nadie reparaba realmente en mí, y en el fondo me resultaba cómodo o eso creía. Me llamo Blanca, tenía 32 años cuando empecé como limpiadora allí. Mi marido, Diego, falleció de repente, dejándome sola con nuestra hija de ocho años, Estrella. El dolor todavía apretaba el estómago como una piedra, pero no había tiempo para lamentos; había que poner un plato de lentejas en la mesa y el casero no aceptaba excusas.

Esa es mi madre
El secreto que desmoronó la vida de un magnate tan próspero como reservado Jaime Cabanillas lo tenía todo sobre el papel: fortuna familiar, renombre empresarial y una finca de ensueño en la sierra de Guadarrama. Dueño de una compañía de ciberseguridad puntera en Madrid, pasó 20 años levantando un imperio temido en la Castellana.

Y, sin embargo, cada noche al pisar su mansión silenciosa, el eco de una ausencia salpicaba todos los pasillos. Ni el mejor Ribera del Duero ni los retratos al óleo lograban rellenar el hueco que dejó Paloma, su esposa. Seis meses después de la boda, Paloma desapareció sin dejar ni un me fui.

Sin nota. Sin testigos.
Solo aquel vestido colgado sobre una silla y un collar de perla que también desapareció.
La policía habló de fuga, de crimen, de ovnis. El asunto quedó más frío que el cocido de la abuela cuando llegas tarde el domingo.
Jaime no volvió a casarse jamás.
Todas las mañanas recorría en coche el mismo trayecto a la oficina. Cruzaba Malasaña, donde una pequeña pastelería presumía en su escaparate de fotos de bodas de la zona. Allí colgaba la suya, amarillenta, desde hacía una década. La hermana del pastelero fotógrafa aficionada de bodas la había captado el día más feliz que recordaba Jaime. Ahora parecía de otra vida.

Hasta que, una lluviosa mañana de jueves, todo cambió.
El tráfico quedó parado justo ante la pastelería. Jaime miró distraído por la ventanilla tintada y lo vio:
Un chaval descalzo, empapado hasta los huesos, de no más de diez años, el pelo alborotado y una camiseta varias tallas grande.
El chico miraba embobado la foto de Jaime y Paloma. Y entonces, con voz baja y seria, murmuró al pastelero que barriendo el umbral:
Esa es mi madre.
El corazón de Jaime se paró en seco.

Bajó la ventanilla hasta la mitad. Se fijó aún más.
Pómulos marcados, mirada clara, ojos verdes con motas avellana igualitos que los de Paloma.
¡Eh, chaval! llamó Jaime, ronco. ¿Qué has dicho?
El niño se giró, sin asustarse.
Esa es mi madre insistió, señalando la foto. Me cantaba cada noche. Un día se esfumó. No volvió.
Jaime salió del coche sin pestañear, calándose de agua, mientras su chófer le gritaba el nombre.
¿Cómo te llamas, hijo?
Hugo susurró el niño, temblando, pero firme.
¿Dónde vives?
Hugo bajó la mirada.
Pues en ningún lado. A veces bajo el puente, a veces cerca de las vías del tren.
Jaime tragó saliva.

¿Te acuerdas de algo más de tu madre?
Le chiflaban las rosas dijo Hugo bajito. Y llevaba un collar con una piedra blanca, como una perla
A Jaime le fallaron las piernas. Paloma jamás se quitaba ese collar, era de su abuela, ninguna joya igual.
¿Hugo conociste a tu padre alguna vez?
Hugo negó con la cabeza.
No. Solo ella y yo. Hasta que no estuvo.

El pastelero, curioso, salió a escuchar. Jaime fue al grano:
¿Este niño viene mucho por aquí?
Sí respondió, encogiéndose de hombros. Siempre mira la foto. Nunca da guerra. Ni pide nada. Solo mira fijo.

Jaime canceló la reunión con una llamada tan corta como el verano en el norte. Se llevó a Hugo al bar de la esquina y pidió desayuno completo: churros, zumo y bocata. Mientras Hugo devoraba, Jaime lo escaneaba, como si cada frase pudiera cambiarle la vida.
Un osito de peluche llamado Trasto.
Paredes verdes de un piso añejo.
Canciones de cuna en una voz que creía olvidada hace diez años.

Jaime apenas respiraba. El niño era real. Y los recuerdos, también.
Solo faltaba la prueba de ADN. Pero él ya lo sentía en los tuétanos.
Hugo era su hijo.
Esa noche, mientras veía chispear la lluvia tras los cristales, una pregunta martilleaba su cabeza:
Si este niño es mío
¿Dónde ha estado Paloma todo este tiempo?
¿Por qué nunca regresó?
¿Y qué demonios o quién la hizo marcharse llevándose a su hijo?
Continuará

Próximo capítulo:
Una nota hallada en el bolsillo de Trasto revela una dirección en Granada y un nombre que Jaime no esperaba volver a oír.

El jefe bibliotecario, don Eusebio, era hombre de cejas fieras y tono de sermón. Me escrutó de arriba abajo con su aire de procesión en Semana Santa y sentenció:
Empiece mañana pero que no vea niños correteando. Aquí hay que ser invisible.
No tenía más remedio. Asentí, sin rechistar ni una palabra.

En la biblioteca, al fondo junto a los legajos viejos, había una especie de cuartucho más bien zulo con una cama desvencijada y una bombilla fundida. Allí dormíamos Estrella y yo. Cada noche, mientras la ciudad soñaba, yo le ganaba la batalla al polvo, lustraba mesas larguísimas y vaciaba papeleras llenas de libros olvidados y bocadillos momificados. Nadie se dignaba mirarme a los ojos; para todos era solo la de la fregona.

Pero Estrella sí miraba. Observaba con la curiosidad insaciable de quien encuentra magia en cualquier rincón. Cada día me decía en voz baja:
Mamá, yo voy a escribir historias que todo el mundo quiera leer.
Y yo esbozaba una sonrisa, aunque por dentro se me rompiese el alma al pensar en lo diminuto de su mundo entre aquellos muros polvorientos. Le enseñé a leer con libros infantiles descatalogados, rescatados del rincón de las donaciones. Se sentaba en el suelo, abrazada a un cuento deshojado, viajando muy lejos mientras la bombilla parpadeante apenas alumbraba su trenza.

Cuando cumplió 12 años, reuní todo mi valor y le pedí a don Eusebio lo que para mí era una heroicidad:
Por favor, señor, deje que mi hija use la sala de lectura principal. Le apasionan los libros. Trabajaré turnos dobles y le pago con mis ahorros.
La respuesta fue un bufido seco.
La sala principal es para socios, no para hijos del personal.

Así seguimos. Ella leyendo a escondidas en los archivos, sin quejarse jamás.

A los 16, Estrella ya redactaba cuentos y poemas que empezaron a acumular premios en el barrio. Un profesor de la universidad leyó uno de sus relatos y comentó:
Esta chica tiene madera. Puede ser referente para muchos.
Él movió hilos, y, milagros de la vida, Estrella consiguió beca para estudiar literatura en Salamanca.

Cuando di la noticia a don Eusebio, su cara fue todo un poema barroco.
¿Cómo? ¿La chiquilla de los archivos era tu hija?
Asentí, con media sonrisa.
La misma que creció aquí, mientras yo limpiaba tu biblioteca.

Estrella se fue. Yo seguí limpiando. Invisible.
Hasta que un día, la vida se entretuvo cambiando mi suerte.

La biblioteca entró en crisis: recortes del Ayuntamiento, usuarios huidos a la cafetería de la esquina, rumores de cierre que asustaban más que el recibo de la luz. Nadie daba un duro ya por aquellos libros.

De pronto, llegó un mensaje de Salamanca:
Me llamo Dra. Estrella Fernández. Soy autora. Puedo echar una mano. Y conozco bien esa biblioteca.

Al entrar, alta y pizpireta, nadie la reconoció. Caminó directo hacia don Eusebio y soltó:
Un día me dijo que la sala principal no era para hijas del personal. Hoy, el futuro de la biblioteca está en manos de una.

Don Eusebio se deshizo en lágrimas (y eso que decían que ni frío tenía). Perdona no tenía ni idea.
Yo sí lo sabía contestó ella apacible. Y le perdono, porque mi madre me enseñó que las palabras pueden cambiar el mundo, incluso cuando parece que a nadie le importan.

En menos de lo que canta un gallo, Estrella revolucionó la biblioteca: llegó una cascada de libros, talleres de escritura, actividades hasta para el gato y ni un ocho en el presupuesto: se negó a cobrar un euro. Dejó solo una nota en mi mesa:
Esta biblioteca me vio como una sombra. Hoy paseo con la cabeza alta, no por orgullo, sino por todas las madres que limpian para que sus hijas sean las que escriban el futuro.

Un día, me regaló una casa clara con pequeña biblioteca y jardín. Me llevó a descubrir el mar Cantábrico y el viento en la meseta, paisajes que yo solo conocía de los libros de segunda mano.

Hoy me siento en la flamante sala principal, viendo niños leer en voz alta bajo los ventanales nuevos que ella mandó poner. Y cada vez que oigo Dra. Estrella Fernández en la radio, o la veo estampada en la contraportada de una novela, sonrío. Porque antes solo era la mujer de la fregona.
Ahora, soy la madre de la mujer que devolvió las historias a nuestra ciudad.

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MagistrUm
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