Dos tíos viviendo a tu costa: la historia de Aline, su piso heredado y el precio de dejar entrar a la familia (y algo más)

¡Ya está bien! Elige: o yo, o tu hermano y esa troupe de señoritas que arrasáis conmigo. Has perdido por completo la vergüenza. Primero me encasquetaste a tu familia, y ahora hasta extrañas desconocidas. ¡Os habéis montado un buen chollo, ¿eh!

Celia, en medio del dormitorio, temblaba como una hoja. Sostenía con repulsión en la mano una media de nailon ajena, la prueba irrefutable que acababa de extraer, como un trofeo pringoso, de debajo de la cama. Supo al instante: esa no era suya.

Sin embargo, Sergio, en vez de disculparse o siquiera fingir arrepentimiento, frunció la cara como si fuese ella, Celia, quien hubiese traído a otro hombre a su casa. Rebotaba de un pie a otro, lanzando miradas ansiosas hacia el pasillo.

Basta de dramas, Celia. Siempre haciendo de una gota, un río resopló Sergio, malhumorado. Si sólo es mi hermano. Y, de paso, tu cuñado. ¿Qué más da si trae a una chica de vez en cuando? ¿Te va la vida en ello?

Caridad, nada. Celia sentía otra cosa: un frío y pegajoso asco, como si hubiese pisado por accidente un charco de barro con sus zapatos preferidos.

Veía los ojos de Sergio esquinados, mendigando apoyo del inquilino vitalicio que llevaba medio año instalado en su piso: su hermano Nico. Por supuesto, él ni se inmutaba.

Es mi piso y yo decido quién entra. Y no quiero ver a desconocidas ni a tu hermano tampoco dijo Celia, cada sílaba temblorosa de rabia contenida. Que se busque cada uno su propia casa y allí que viva quien quiera, hasta un elefante. Pero la mía quiero que la desocupéis.

Se quedó Sergio con la boca abierta, aunque, a juicio de Celia, era lo lógico. Ni más ni menos que la consecuencia natural.

Venga, tío, vámonos ya protestó Nico desde el salón, con la desgana de quien no recoge ni un vaso. Pillamos un piso más barato y sin broncas. Mujer que se va, peso que se ahorra, ya sabes.

Sergio, como obedeciendo una intrusión nerviosa, arrancó el armario con violencia, llenó una bolsa deportiva de camiseta, vaqueros, cargador y calzoncillos.

Te vas a arrepentir, Celia murmuró, sin mirarla. ¿Quién te va a querer más que yo?

Al irse, la puerta sonó tan fuerte que las copas del aparador tintinearon como si vibrasen mil campanas.

Celia se quedó sola, en una soledad súbita y sonora. Sentada en la cama, seguía apretando la media extraña entre los dedos. ¿Cuándo se le escapó de las manos lo que era suyo? ¿En qué momento aquel pisito de abuela se transformó en pensión barata?

Celia había conocido a Sergio dos años antes. Eran polos opuestos. Ella, callada y retraída; él, expansivo y movedizo. Ambos estudiantes, pero Sergio ya hacía carreras como conductor de VTC y tenía ese garbo de conquistador de barrio: chocolates, poemas improvisados, cenas a la luz de neón de bar. Celia, aplicada y tímida, lo percibía como la cúspide del romanticismo.

La propuesta de vivir juntos llegó tan rápido como un relámpago: apenas dos meses.

No sé estar ni un minuto lejos de ti, pequeña le susurraba Sergio, abrazándola. Sólo quiero dormir y despertar contigo.

Celia se derritió a esas palabras. Meses después, descubrió la verdad: a Sergio lo habían expulsado del cuarto de alquiler por ruidoso y no tenía dónde caerse. Pero Celia quiso creer que la vida tiene obstáculos y a veces coinciden.

Así, vivían en su minúsculo planeta burbuja, modestos pero en paz. Celia corría por la mañana a la facultad y por la tarde a dar clases particulares. Llenaba el frigorífico y la cajita de ahorros. Sergio, de vez en cuando, añadía algo a la caja común.

Hasta que, dos años después, se coló el tercer elemento en escena.

Sergio, ¿no decías que tu hermano venía a Madrid para entrar en la uni? ¿Por qué no le invitas unos días? Es familia sugirió Celia.

No imaginaba ella cómo le cautivaría a Nico el ambiente: primero venía a días alternos, luego cada noche, hasta quedarse. Celia, educada como anfitriona, puso mesa y organizó camas para dos hombres adultos, fregando vasos, haciendo sábanas, lavando ropa todo sola, como si fuera natural. Y ni sospechaba Celia que Nico se olvidaría del propósito que le llevó a la capital.

Nico, ¿no eres universitario ahora? ¿No te ofrecen residencia? preguntó Celia tras tres meses con él en casa.
Nanay. No pude entrar, por nota. El año que viene volveré a intentarlo.

Celia sintió vértigo. Entendió que Nico no pensaba irse jamás. ¿Quién lo haría, pudiendo dormir hasta las doce, tener salón propio y todo servido? Su único esfuerzo era deslizar el dedo por el móvil y salir al atardecer.

La cosa empeoró cuando Sergio dejó de trabajar en el supermercado donde llevaba un año.

El jefe es idiota decía Sergio. Exige una barbaridad para la miseria que paga. No te preocupes, me busco la vida como pueda conduciendo y echando currículos.

La búsqueda, como era previsible, se alargó ad eternum. Los días de trabajo eran jaulas inesperadas. Dos tipos bien grandotes pasaban el día tumbados en el salón. Ambos, colgados del cuello de Celia.

Llevar el gasto era cada vez más asfixiante. Lo que compraba desaparecía de golpe. Una sartén de croquetas para dos días volaba antes de la cena. Las facturas subían sin parar. Nico y Sergio ni se planteaban poner un dedo.

Celia volvía muerta del trabajo y se chocaba con pilas de platos secos y ropa sucia por el baño. El polvo se apoderaba de las esquinas.

La primera vez que Celia protestó, Sergio la miró con genuino desconcierto.

Pero, Celia, ¿vas a montar un lío por unos platos de sopa? El chaval lo está pasando mal, adaptándose a la ciudad. Sé blanda, mujer, que para eso lo eres

La reducían siempre a tacaña gruñona, el ogro de la sopa. Celia, tragando saliva, volvía a la sartén y a la escoba, callando para no romper la frágil paz. Quería creer que todos sufrían etapas difíciles.

Hasta que una tarde se encontró una botella de vino barato a medias y tres copas en la mesa. Y luego la fatídica media de nailon. Se quebró la paciencia.

La primera noche a solas fue extraña. Notaba la casa demasiado silente, tanto que retumbaba. Echaba en falta el ronquido de Nico en el salón, el runrún del televisor, los pasos arrastrados de Sergio en la cocina.

Pero al amanecer, la soledad se volvió alivio. Al abrir la nevera, el queso estaba intacto, el zumo también. Nadie bebía la leche a morro. La mesa había amanecido limpia, sin cuchillos ni migas. Por fin, Celia era la señora absoluta de su propio refugio.

Claro que al caer la tarde, la tristeza se duplicó. Celia cogió el autobús y fue con su amiga, Lucía, a desahogarse.

Ay, Celita, qué ingenua eres dijo Lucía con ternura. Esos dos ya estarán camelándose a otra. Igual a la misma que trajeron a tu casa. Y si fue Sergio o Nico, ¿qué más da? Con tal de tener a alguien que los cuide estuvieron viviendo de ti todo este tiempo. Da gracias a la boba que te hizo ese favor dejando su media. Si no, ahí seguirías manteniendo a dos pájaros.

Al volver a casa, Celia no hizo una limpieza, sino un exorcismo de su vida anterior. Sacó calcetines, envoltorios, paquetes vacíos de tabaco, recuerdos, regalos todo voló a la basura. Cambió las sábanas y fregó el suelo con lejía hasta que la casa olió a comienzo de año.

A fin de mes, cuadró cuentas y, asombrada, comprobó que incluso podía guardar algo en la hucha de emergencias.

Pasó un año y medio

Celia había renacido. Encontró trabajo en un colegio privado, aprendió a decir no y dejó de ser cómoda para todo el mundo. Además apareció Julián: ingeniero, cinco años mayor, con piso propio aunque hipotecado.

Celia no se apresuró esta vez. Medio año tomó antes de decidir convivir. Prefería su piso, más céntrico, y Julián, sensato, puso el suyo en alquiler para adelantar la hipoteca.

Todo fluía hasta que una noche Julián, guardando el móvil, le dijo:

Celia, me llamó mi madre Necesita hacerse unas pruebas médicas. En el pueblo nada, claro. Vendrá una semanita. O dos, quizás. ¿Te parece bien?

A Celia se le heló el pecho. Vio fantasmas: Nico tirado en el sofá, roncando; sentirse extranjera en su propia casa El corazón le retumbó de miedo.

Miró a Julián. Esperaba respuesta. El futuro pendía del hilo. ¿Callar? ¿Aguantar por amor? ¿Otra vez ser agradable para todos salvo para sí?

Celia tomó aire y, muy quieta, dijo:

Julián, aprecio mucho a tu madre, pero tengo una norma sagrada: aquí no duermen invitados. Ni de tu familia, ni de la mía. Nuestra casa, nuestro bastión. Por favor, acéptalo, prefiero ser sincera.

Quedó un silencio denso. Celia temblaba, preparada para la tempestad: gritos, reproches, portazos Se armó para la defensa.

Pero Julián, simplemente, arqueó las cejas y asintió.

Sin problema ninguno dijo y volvió al móvil. Tiene sentido, hay otro piso, y en último caso se le busca algo cerca del hospital. Así estamos todos en paz.

Celia se creyó en un sueño, exhaló aliviada.

¿De verdad no te molesta?

Julián la abrazó, cariñoso.

¿Y por qué habría de molestarme? Cada uno tiene sus límites, Celia. Siempre hay salidas o puntos medios.

Celia sonrió y se hundió en su hombro. No solo aprendió a decir no, sino que halló a quien escuchaba sin declarar la guerra. Ahora, tanto la puerta de su casa como la de su alma sólo se abrían a quien sabe limpiarse los pies antes de entrar.

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Dos tíos viviendo a tu costa: la historia de Aline, su piso heredado y el precio de dejar entrar a la familia (y algo más)