Muy bien, elige: o yo, o tu hermano y ese desfile de chicas que os traéis aquí. ¡Esto ya es el colmo! Primero llenas mi casa de tus parientes y ahora traes a cualquier desconocida. ¡Habéis hecho de mi piso un hostal, y tú tan contento!
Carmen estaba en el centro del dormitorio, temblando de rabia. En su mano, estirada con asco, sostenía una prueba clara: una media de nailon ajena. Bastó sacarla de debajo de la cama para comprender que no era suya. La indignación la invadió completamente.
Sin embargo, Ignacio, en lugar de disculparse o mostrar un mínimo de arrepentimiento, torció el gesto como si fuera Carmen la que acabara de meter a un extraño en casa. Se balanceaba de un pie a otro, lanzando miradas impacientes hacia el pasillo.
Venga, Carmen, no montes un drama. Siempre haces una montaña de un grano de arena dijo Ignacio, molesto. Solo es mi hermano, y además tu cuñado. Trajo a una chica una vez, ¿qué te importa?
Pero a Carmen no le dolía la invitada. Sentía algo más frío: repulsión, como si hubiera pisado barro con sus zapatos favoritos.
Veía cómo los ojos de Ignacio buscaban apoyo, sobre todo del que llevaba medio año instalado en su piso. Pero Sergio, su hermano, ni se inmutó.
Es mi piso y no quiero a extraños aquí articuló Carmen, conteniendo la furia. Ni siquiera a tu hermano. Que se compre uno propio y que allí viva quien quiera, hasta un elefante. Pero este lo quiero libre.
Ignacio se quedó de piedra. Aunque, para ella, era lo más lógico del mundo. Solo era la consecuencia natural de meses de desidia.
Bah, Nacho, vámonos murmuró Sergio desde el salón. Ya encontraremos algo más sencillo, pero sin tanto rollo. Cuando se va la carga, el carro avanza, ya sabes.
Bastó eso para que Ignacio obedeciera. Fue al armario, sacó una bolsa deportiva y empezó a echar dentro la ropa: camisetas, vaqueros, el cargador, ropa interior.
Te vas a arrepentir, Carmen masculló sin mirarla. ¿Quién te va a querer, aparte de mí?
Cuando se fueron, portazo incluido, las copas del aparador tintinearon. Carmen se quedó sola, en un silencio intenso. Se sentó en la cama, apretando la odiosa media en la mano. ¿Cómo había dejado que su acogedor piso de Chamberí, legado de su abuela, se convirtiera en un refugio para desagradecidos?
…Conoció a Ignacio hace dos años. Eran polos opuestos: ella, reservada y un poco tímida; él, vital, siempre de un sitio a otro. Aunque ambos estudiaban, Ignacio se ganaba un dinerillo como conductor VTC y no escatimaba detalles románticos con Carmen: bombones, versos, alguna cena en restaurante. Para Carmen, tan buena estudiante como discreta, aquello era un cuento de hadas.
La propuesta de irse a vivir juntos llegó en un suspiro, apenas dos meses después.
No puedo estar sin ti ni un minuto, pequeña le susurraba Ignacio abrazándola. Quiero dormirme y despertar a tu lado todos los días.
Carmen se derritió. No fue hasta seis meses después cuando descubrió la verdad: había sido expulsado del cuarto que alquilaba por hacer demasiado ruido, y necesitaba urgentemente techo. Pero Carmen prefirió creer que solo fue una coincidencia dolorosa. “A todos nos pasan cosas”, se consoló.
Vivieron en su pequeño mundo, humildes pero en paz. Por las mañanas, Carmen salía a la facultad; por las tardes, daba clases particulares y llenaba la nevera con lo que ganaba. Ignacio también ponía lo suyo, pero la armonía duró poco.
Todo cambió cuando apareció Sergio.
Ignacio, dijiste que tu hermano venía a presentarse a la universidad. ¿Y si le invitamos un día? Al fin y al cabo, es familia propuso Carmen un día.
En aquel momento no imaginaba que a Sergio le iba a fascinar la vida allí. Pronto las visitas se volvieron diarias, y después simplemente se quedó. Carmen, criada por una madre hospitalaria, cocinaba para ellos dos, hacía las camas y lavaba ropa ajena, todo sin ayuda. Sergio, por supuesto, se olvidó pronto de la universidad.
Sergio, ¿no ibas a estudiar? le preguntó Carmen al tercer mes de convivencia forzosa. ¿No te daban plaza en una residencia?
No, no aprobé el examen. El año que viene lo intento de nuevo respondió, sin inmutarse.
Carmen se asustó. Estaba claro que Sergio no pensaba moverse. Vivía de maravilla, tenía toda una sala solo para él, comida hecha y la vida resuelta. Solo tenía que dormir hasta tarde, mirar el móvil y salir por las noches con amigos.
Poco después, Ignacio dejó el trabajo que tenía de dependiente.
Mi jefe es un inepto explicó. Exige demasiado y paga como para quedarse en la ruina. Haré de VTC otra vez, mientras busco algo decente.
Como era previsible, la búsqueda se eternizó. Ignacio apenas trabajaba, y ahora eran dos hombres vagando por la casa todo el día. Ambos dependían de Carmen para todo.
Llegar a fin de mes era cada vez más complicado. La comida desaparecía a ojos vistos. Una bandeja de croquetas, pensada para dos días, no duraba ni una noche. Los recibos de la luz y el agua subían, y los hermanos no movían un dedo.
Carmen volvía agotada del trabajo y se encontraba montañas de platos sucios, ropa tirada por el baño, polvo en los rincones.
El primer día que se atrevió a protestar, Ignacio la miró realmente sorprendido.
Carmen, ¿te quejas por unos platos de sopa? Mi hermano lo está pasando mal, adaptándose a Madrid. Sé más comprensiva, mujer.
Siempre ella era la egoísta y gruñona, la que reprochaba la comida o el trabajo. Así que callaba, se ponía de nuevo a limpiar, fregaba el váter y creía que debía sacrificarse por el bien del hogar. Pensó que todo el mundo tenía épocas difíciles.
Pero cuando volvió un día y se encontró una botella de vino barato a medias y tres copas usadas, algo le hizo click. Y cuando descubrió la media de nailon… tuvo la confirmación definitiva. Se le agotó la paciencia.
La primera noche sola, en un piso silencioso, se sentía hasta incómoda. La ausencia del ronquido de Sergio, el murmullo del televisor, el arrastrar de las zapatillas de Ignacio… Pesaba.
Pero por la mañana, todo fue distinto. Al abrir la nevera, vio intacto el queso comprado el día anterior. El zumo seguía lleno, nadie había bebido leche del cartón, no había migas ni cuchillos sucios en la encimera. Era dueña, al fin, de su espacio.
Esa tarde, la soledad, y la duda, volvieron. Carmen fue a casa de su amiga Marta buscando desahogo.
Ay, Carmen… le dijo Marta con cariño. Seguro que ya están engatusando a otra. Quizás la que te dejó la media. Y ni siquiera sabemos si la trajo Sergio o Ignacio, que igual se animó. Han abusado de ti, sin más. Mejor que te hayan dejado sola, porque de otra forma habrías seguido manteniéndolos.
De vuelta en casa, Carmen no hizo solo limpieza: despidió su antigua vida. Sacó calcetines olvidados, envoltorios, cajetillas vacías… Todo lo que le recordaba a los hermanos, fuera. Hasta los regalos. Cambió las sábanas, fregó con lejía, y solo entonces se sintió en paz.
Al cerrar el mes, revisó sus cuentas y descubrió, asombrada, que por fin podía ahorrar algo para emergencias.
Pasó año y medio…
Carmen cambió. Consiguió una plaza en un colegio privado, aprendió a decir no y no buscó agradar a todos. Y en su vida apareció Óscar: ingeniero, cinco años mayor, dueño legal de un piso modesto aunque aún hipotecado. Esta vez no se precipitó. Observó durante meses antes de decidirse a convivir. Eligieron vivir en el piso de Carmen, más céntrico. Óscar alquiló el suyo para amortizar la hipoteca.
Todo marchaba bien, hasta que una noche Óscar, dejando el móvil, le dijo:
Oye, Carmen, mi madre me ha llamado… Tiene que hacerse una revisión médica. En nuestro pueblo, imposible. Necesita venir a Madrid por semana o dos, ¿tú cómo lo verías?
A Carmen le invadió un frío interior. Recordó a Sergio repantigado en el sofá, el ruido, sentirse una extraña en su hogar… El miedo la paralizó.
Miró a Óscar. Esperaba su respuesta. Sabía que, con ella, se jugaban su futuro juntos. ¿Debía ceder? ¿Aceptar por amor? ¿Volver a ser la cómoda para todos?
Carmen respiró hondo y, con voz tranquila, contestó:
Óscar, respeto mucho a tu madre, de verdad. Pero tengo un principio muy claro: en mi casa no hay huéspedes para dormir. Ni de tu parte, ni de la mía. Nuestro hogar es solo para nosotros. Espero que no te moleste. Son manías mías.
Silencio. Carmen esperaba el reproche, el portazo, la pelea.
Pero Óscar levantó las cejas y asintió serenamente.
No hay problema dijo volviendo a su móvil. Lo siento, lo entiendo perfectamente. Puedo alquilarle algo cerca del hospital y así todos estamos cómodos.
Carmen seguía sorprendida.
¿No estás enfadado? preguntó.
Óscar dejó el móvil, la abrazó y le respondió:
¿Por qué iba a estarlo? Es tu casa y tus reglas. Siempre hay alternativas si se habla claro y con respeto.
Carmen sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. Había descubierto que decir no no destruye relaciones; a veces, las fortalece. Porque las puertas del hogar y del alma solo deben abrirse para quien sabe respetarlas.





