“Dos semanas para hacer las maletas y buscar otro lugar donde vivir”. Hijas ofendidas

Dos semanas para recoger todas vuestras cosas y encontrar otro sitio donde vivir. Hijas ofendidas.

Isabel se quedó viuda muy joven. Sacó adelante sola a sus dos hijas. Nunca nadie la escuchó lamentarse. Sus hijas no solo crecieron, sino que además lograron una buena formación. Su madre siempre las apoyó. Trabajó en dos empleos para poder pagarles los estudios.

Un día, la mayor llegó a casa con su novio y anunció que sería su futuro marido, aunque él no tenía dónde vivir. Poco después, nació un bebé y hubo que dejar a la joven familia una habitación; Isabel se mudó con la hija menor.

Al principio, Isabel pensaba que aquella situación sería temporal. Que la pareja joven ahorraría para un piso propio y que ella volvería a vivir como antes. Pero ni su hija ni su yerno parecían tener prisa. ¿Por qué iban a esforzarse, si tenían casa segura y la nevera siempre llena? De hecho, era Isabel quien cocinaba para todos.

Agradecimiento, ninguno. Más bien, empezaron las discusiones. La hija menor opinaba que no tenía por qué limpiar el baño después del yerno. La mayor, que no le daba la vida, ocupada con el bebé. El yerno, que sacar la basura o fregar los platos no era tarea de hombres; prefería pasar el día delante del ordenador.

El ambiente en casa se volvió tan insoportable que Isabel ni quería volver a su propio hogar. Un día insinuó a la hija mayor que quizás ya era hora de mudarse con su marido y niña a un piso de alquiler. La respuesta fue tajante: Estamos ahorrando para una hipoteca. ¿De dónde vamos a sacar ahora el dinero?. Así que se quedaron.

La gota que colmó el vaso llegó cuando la hija menor apareció con su novio: Mamá, él es de otra ciudad, vivirá con nosotras. Isabel se preguntó: ¿Dónde, en la cocina?. Pero su hija ya traía la respuesta preparada: no era muy cómoda la cocina, pero si la madre se mudaba ella a la cocina, la hija tendría su propio cuarto.

Isabel no pudo más. De repente se dio cuenta de que nadie consideraba su opinión. Que, si de ellas dependiera, le harían los papeles para llevarla a una residencia.

Puso el ultimátum: Tenéis dos semanas para empaquetar vuestras cosas y buscar otro sitio donde vivir. Las hijas se ofendieron, prometieron que no dejarían ver a los nietos a su abuela, e incluso la amenazaron con dejarla sola para siempre. Pero Isabel no dio marcha atrás. Si así tenía que ser su destino, que así fuera. Ya era hora de que las hijas aprendieran a ser independientes de verdad.

Ahora, a punto de cumplir los cincuenta, Isabel no sabe si sus hijas se acordarán de felicitarla. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que hizo bien una madre al echar a sus hijas de casa? ¿Qué hubieras hecho tú?

A veces, decir basta es el mayor acto de amor, enseñando a quienes amamos a ser responsables de su propia vida.

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