Querido diario,
Hoy reflexiono sobre la extraña sinfonía que tejieron la vida de dos niñas, Mencía y Cruz, cuya amistad fue como aquel viejo manzano en el patio del barrio de Lavapiés, que siempre ofrecía sombra en los veranos de Madrid y Sevilla. Desde pequeñas, compartieron el mismo jardín de infancia, corrían bajo la lluvia y se guardaban dulces en los bolsillosCruz llevaba siempre caramelos de menta que Mencía devoraba con gusto. En la hora del descanso, sus cabellos claros y oscuros se enredaban como una madeja desordenada y caían sobre las sábanas de sus cunas contiguas.
Sus familias parecían dos instrumentos diferentes en una orquesta infantil, pero sus notas convergían de forma inesperada.
La familia de Mencía era la del orden. Su padre, José Pérez, ingeniero de una fábrica de maquinaria en la zona industrial de Madrid, y su madre, María Gómez, profesora de piano en el conservatorio, vivían en un piso donde el aroma a bizcocho de vainilla y el brillo del parquet pulido eran constantes. Todo estaba dispuesto en su lugar: los libros alineados como soldados, la comida servida siempre a la misma hora, y los planes de fin de semana debatidos sobre una mesa cubierta con un mantel de lino planchado con disciplina.
María soñaba que su hija fuera pianista. Desde los seis años, la obligó a sentarse frente a un gran piano de cola negro, donde Mencía ejecutaba escalas mientras miraba por la ventana el bullicio despreocupado de los niños que jugaban en la calle.
En contraste, la familia de Cruz era un caos creativo. Su madre, Isabel, costurera de vestuarios para el teatro municipal de Sevilla, vivía rodeada de trapos, maniquíes y trozos de tela que recordaban epopeyas del Siglo de Oro. En cada rincón se podían encontrar caballeros de cartón, vestidos de época colgando de sillas y una cabeza de papel maché con cejas alzadas sobre la mesa de la cocina, donde el olor a patatas fritas se mezclaba con el polvo de los retazos. El padre de Cruz había desaparecido cuando ella era muy pequeña; Isabel llenó ese vacío con amor, trabajo y una ligera desorganización que hacía que cada día fuera una sorpresa.
Fue en la casa de Isabel donde Mencía descubrió por primera vez el sabor de una vida ligeramente alocada. La niña impecable, siempre con su vestido planchado, probó crinolinas y turbantes, se manchó las manos con pegamento y pintura, y escuchó, entre taza de té y mermelada casera, las historias de Isabel sobre intrigas tras bambalinas. Para Mencía, el hogar de Cruz se convirtió en una puerta a un mundo brillante y libre.
Al contrario, Cruz adoraba el refugio que ofrecía la casa de María. Le encantaba visitar cuando la madre de Mencía lo permitía, sentarse en aquella mesa perfecta, saborear los tradicionales quesitos de leche y sentir la seguridad de un universo predecible. José le mostraba trucos de magia con monedas, y su energía calmada le resultaba un consuelo silencioso. Cuando Mencía se sentaba al piano, Cruz se quedaba inmóvil en algún rincón, hipnotizada; la música de su amiga no era rutina, sino magia.
Las madres mantenían una relación de cortesía y desconfianza. María sacudía la cabeza ante el desorden creativo de Isabel cada vez que la veía en una visita rápida, pero se alegraba en silencio de que Mencía creciera bajo disciplina. Isabel, por su parte, encontraba la vida de María un tanto monótona, pero agradecía que su hija Cruz siempre tuviera comida, abrigo y el aseo impecable de aquel hogar.
Resulta curioso cómo esos dos mundos diferentes no chocaron, sino que se complementaron como el yin y el yang. Cuando Cruz, en quinto de primaria, sufrió su primera ruptura amorosa, lloró no en el hombro de su madre, sino en la cama perfectamente tendida de Mencía, y María, rompiendo sus propias reglas, les sirvió cacao con malvaviscos en una bandeja. Y cuando Mencía obtuvo por primera vez un cuatro en matemáticas y temía volver a casa, fue Isabel quien la encontró en el pasillo con un montón de telas, la invitó a su cocina, le sirvió unos churros y le aseguró que una sola nota no era sentencia de muerte.
Su amistad, tejida entre cabellos claros y oscuros, resultó más fuerte de lo que parecía. No solo se sustentaba en secretos y risas, sino también en el perfume de vainilla de una casa y el pegamento de una taller. Dos amores maternos, tan diferentes y a la vez tan intensos, construían puentes sobre el abismo de sus diferencias, creando para ambas niñas un mundo común, rico y multicolor.
Los años pasaron como hojas desprendiéndose de un calendario, y tras la escuela sus caminos se separaron, aunque la cuerda que los unía siguió tensa, como una banda elástica lista para volver a estirarse.
El verdadero punto de inflexión llegó en la secundaria. María estaba ya seleccionando vestidos de concierto para la academia de música a la que Mencía debía entrar, pero la joven, obediente hasta entonces, se rebeló.
No quiero entrar al conservatorio dijo una tarde, mirando al piano sin ver.
El silencio se hizo pesado.
¿Por qué? ¡Tienes talento! replicó María, temblorosa.
Mencía apretó los puños.
No quiero vivir sólo entre escalas y sonatas ajenas. Quiero entender cómo funciona el mundo real: cómo se mueven el dinero, cómo operan las empresas. Eso también es música, madre, solo que con otro ritmo.
María sintió que su corazón se partía; para ella era una traición a los sueños y al arte mismo.
Fue entonces cuando Cruz, sentada en la cocina con José, encontró las palabras adecuadas.
Señora Gómez dijo suavemente, su hija no huye de la música, solo busca su propio instrumento.
Mencía se matriculó en la Facultad de Economía de Madrid. Su agudo sentido numérico, forjado por años de disciplina, la llevó a dominar fórmulas complejas y modelos financieros. Se sumergió en los estudios, luego en prácticas en una empresa multinacional, y sus días se organizaban al minuto: cursos, pasantías, plazos. Vestía trajes a medida, caros y perfectamente cortados, y alcanzó lo que siempre había deseado: una carrera, independencia económica y estatus.
Sin embargo, al volver a su elegante estudiopiso, sentía un vacío. Sí, era su vida, elegida por ella misma, pero algo faltaba.
Cruz quedó en su ciudad natal y se matriculó en la Escuela de Bellas Artes. Tras graduarse abrió un pequeño taller donde confeccionaba ropa exclusiva y restauraba piezas vintage. Su madre, Isabel, colaboraba en cada proyecto, aportando años de experiencia como figurinista y un gusto impecable que convertía cualquier prenda en una obra de arte. El taller se convirtió en punto de encuentro para jóvenes pintores, actores del teatro de la madre y músicos que allí hallaban inspiración. A menudo debatían hasta la madrugada sobre la forma de un traje de los años veinte o sobre el encaje de una blusa de época; en esos momentos Cruz sentía la suerte de contar con una madre tan entregada.
Los contactos entre ambas se reducían a mensajes esporádicos y “likes” en fotos. Mencía veía las publicaciones de Cruz: ella trabajando, un vestido vintage sobre un maniquí, la gata de la familia durmiendo entre retazos. Para Mencía, atrapada en viajes corporativos y teambuildings, esas pequeñas alegrías parecían un paraíso perdido.
Cruz, por su parte, seguía el ascenso vertiginoso de su amiga con orgullo y una ligera nostalgia. Mi Mencía conquista el mundo, pensaba, al ver una foto de ella frente a los rascacielos del distrito financiero. En su taller, impregnado de cuero y pintura, el silencio se volvía un poco más profundo.
Un día, mientras Mencía hacía las maletas después de mudarse, encontró al fondo de una maleta una vieja fotografía: ambas, alrededor de siete años, sentadas bajo aquel manzano, abrazadas. Al ver esas caritas felices, una ola de pérdida la golpeó; sintió que había dejado atrás a la amiga que sabía alegrarse sin razón.
Esa misma noche escribió a Cruz un mensaje largo, no sobre logros, sino sobre la soledad que a veces le invade entre millones de personas en la gran ciudad, sobre el cansancio de los números y la envidia de la simplicidad que se respira en cada rincón del taller de su amiga.
La respuesta llegó quince minutos después:
¡Mencita, tonta! escribió Cruz. Yo pensaba que te habías convertido en una persona tan importante que ya no tenías tiempo para nuestro caos creativo. Te he echado de menos cada día.
Así reanudó su comunicación. No volvieron a escribir a diariosus ritmos de vida eran distintospero las videollamadas se convirtieron en un ritual de purificación. Mencía, tirada en su sofá de cuero italiano, escuchaba durante horas a Cruz e Isabel discutiendo el tono de un broche de perlas para un tocado teatral. A su vez, Cruz se deleitaba con los retos profesionales de Mencía y le daba consejos basados en la intuición que, sorprendentemente, resultaban geniales.
Sin embargo, un día Mencía sintió que esas charlas ya no bastaban. Quería respirar el aire de su ciudad natal y abrazar a su amiga de verdad.
La decisión llegó como una lluvia de primavera. La empresa le concedió una semana de vacacionesla primera en tres años. Estás quemándote, le dijo su jefe con suavidad, y ella no tuvo argumento. En lugar de volar al Mediterráneo, compró un billete de tren a Sevilla.
No avisó a sus padres ni a Cruz; una sensación cálida y apretada la impulsó a dar la sorpresa.
El reencuentro con sus padres fue emotivo. María, dejando de lado su rigidez, lloró abrazando a su hija, y José le estrechó la mano con una fuerza silenciosa. El apartamento, con su perpetuo aroma a vainilla, hizo que el peso en el pecho de Mencía empezara a disiparse.
Al anochecer, tomó el móvil y marcó a Cruz.
Hola, soy yo. Ya estoy en la ciudad.
Un silencio breve y luego un grito de alegría.
¿Dónde estás? ¡Quédate, no te vayas, voy para allá!
Veinte minutos después, Cruz aparecía, sin aliento, en la puerta. Se miraron un segundo y se fundieron en un abrazo, como dos niñas de siete años, riendo y llorando a la vez.
¿Eres tú, Mencita? exclamó Cruz, secándose las lágrimas con la manga. Menuda ave importante has venido a visitar.
Y tú sigues igual de única respondió Mencía entre risas.
Se sentaron en la cocina de los padres de Mencía; el tiempo parecía retroceder. En vez de cacao con malvaviscos, ahora chisporroteaba vino espumoso; en lugar de lecciones, la conversación giraba en torno a sus vidas adultas. Pero la sensación de comprensión plena y ligereza seguía siendo la misma.
Al día siguiente, fueron a un café. El tiempo pasó sin que se dieran cuenta. En la mesa contigua, un joven leía un libro, pero su mirada volvía constantemente al nuestro par, donde el humor contenía risas discretas. Cuando Cruz, tras derramar vino sobre sí, fue al baño, el joven se atrevió a acercarse.
Perdón por la indiscreción dijo tímidamente, pero no podía evitar notar que… brillan cuando hablan. Rara vez se ve una conversación auténtica y viva.
Mencía, habitualmente reservada con extraños, respondió con una sonrisa:
No nos habíamos visto en años. Estamos recuperando el tiempo perdido.
Cruz volvió, evaluó la situación y se sentó, mirando al desconocido.
Él se llama Máximo presentó Mencía. Está fascinado con nuestra amistad.
Y con razón añadió Cruz sin ninguna vergüenza. Siéntense, ya que la charla ha empezado. Aviso que nuestras discusiones pueden parecer extrañas; acabamos de pasar de la moda vanguardista a los pormenores del derecho corporativo.
Máximo resultó ser un blogger local que escribía crónicas sobre personas cotidianas pero fascinantes. Nuestra historia de dos amigas, cuyas rutas se separaron pero que volvieron a cruzarse, le conmovió tanto que pidió permiso para escribir sobre nosotras y anotó nuestro número.
Saben dijo al despedirse, en un mundo donde todo se comunica a través de pantallas, su historia es como un soplo de aire fresco. Hoy en día eso es una rareza.
Cruz, levantando una ceja, comentó:
¿Qué te ha parecido, Mencita? Vi cómo lo mirabas.
No es eso desvió Mencía, aunque una leve sonrisa delataba su sentir. Simplemente la noche de hoy ha sido otra prueba de que, cuando das un paso hacia tu pasado, el futuro te brinda sorpresas agradables.
Salieron del café. El aire estaba limpio, los faroles se reflejaban en los charcos y, caminando juntos bajo la lluvia, guardaron silencio. No porque no hubiera nada que decir, sino porque ya se había dicho lo esencial. En ese silencio se escuchó la promesa de que sus caminos nunca volverían a separarse.
Al día siguiente, Máximo llamó a Mencía.
No solo quiero escribir sobre ustedes dijo con voz entusiasmada. Ayer hablé con el propietario de una cadena de boutiques; busca socios para una colaboración que combine negocio moderno y artesanía con historia. Le mostré fotos de los trabajos de Cruz y quiere que nos reunamos los tres.
Mencía, mirando por la ventana a la familiar calle del barrio, sintió cómo, en apenas tres días, su mundo había pasado de los muros del cubículo a una oportunidad que ni siquiera se atrevía a soñar: no solo recuperar la amistad, sino entrelazar sus vidas de forma auténtica. Lo que siempre había vivido en ellael amor por la armonía y el cálculopodía fundirse con lo que siempre admiró en Cruz: la capacidad de insuflar vida a lo cotidiano.
Está bien contestó al fin. Encuéntrense en el taller de Cruz; creo que ese es el sitio adecuado.
Al colgar, comprendió que no era solo una oportunidad de negocio. Era la ocasión de reescribir su propia historia, esta vez con un final distinto.
Hoy, al cerrar este cuaderno, entiendo que la verdadera melodía de la vida no se compone solo de notas perfectas o de ritmos precisos; también incluye los silencios, los improvisos y los acordes disonantes que, al final, forman la armonía completa. La lección que llevo en el corazón es que, cuando escuchamos tanto a la razón como al corazón, descubrimos que ambas pueden tocar la misma canción.







