Dos melodías de una amistad
Almudena y Begoña se conocían desde siempre. Compartían la misma calle y la misma guardería. Su amistad era tan esencial como la banca del parque o el viejo naranjo del patio. Juntas se refugiaban bajo aquel naranjo cuando llovía, intercambiaban caramelos que Begoña llevaba siempre en el bolsillo y, a la hora de la siesta, se quedaban dormidas en sus cunas contiguas, enredando sus cabellos rubios y castaños en un revoltijo sin ciencia.
Sus familias eran tan distintas como dos instrumentos musicales, pero en la orquesta de la infancia sus notas lograban una armonía inesperada.
La familia de Almudena era ordenada. Su padre, Antonio García, trabajaba como ingeniero en una fábrica de la zona, y su madre, María del Carmen Fernández, impartía clases de piano en una academia. En su casa siempre se respiraba aroma a bizcocho de vainilla y el crujido del parquet recién encerado. Todo estaba meticulosamente alineado: los libros en perfectas filas, la cena a la misma hora, los planes del fin de semana debatidos sobre la mesa con mantel de lino recién planchado.
María del Carmen soñaba con que Almudena fuera pianista y, desde los seis años, la sentaba ante un brillante piano negro. La niña ejecutaba escalas mientras miraba por la ventana, escuchando el bullicio despreocupado de los niños del patio.
La familia de Begoña era caos creativo. Su madre, Sofía López, diseñaba vestuarios para el teatro local, y su apartamento parecía un almacén de utilería. En una esquina reposaba un caballero de cartón en armadura; en el respaldo de una silla colgaba un vestido de baile de principios del siglo XX; y sobre la mesa de la cocina, entre retazos de tela y olores de tortilla, descansaba una cabeza de papel maché con cejas eternamente levantadas. El padre de Begoña estaba ausente, y Sofía llenaba ese vacío con amor, trabajo y una ligera desorganización artística. No había horarios rígidos, pero siempre había cosa interesante que hacer.
Fue en el apartamento de Begoña donde Almudena probó por primera vez el sabor de una vida ligeramente alocada. La niña de vestido planchado, con entusiasmo, se probó crinolinas y tocados, se manchó las manos de pegamento y pintura y, tomando té con mermelada casera, escuchó las anécdotas de Sofía sobre intrigas entre bambalinas. Para Almudena, la casa de Begoña era una puerta a un mundo brillante y libre.
Para Begoña, la casa de Almudena era un refugio de estabilidad y calidez. Le encantaba visitar a sus amigos cuando María del Carmen lo permitía, sentarse en aquella mesa impecable, devorar quesitos al horno y sentir que formaba parte de un universo predecible y seguro. Antonio García, de vez en cuando, le mostraba trucos de magia con monedas, y su tranquila energía masculina le resultaba reconfortante. Cuando Almudena se sentaba al piano, Begoña se quedaba en un rincón, hipnotizada; la música de su amiga era para ella magia, no rutina.
Las madres se trataban con una cortesía temerosa. María del Carmen sacudía la cabeza al ver el desorden creativo de Sofía cuando la visitaba brevemente, pero se consolaba pensando que su hija crecía en disciplina. Sofía, por su parte, encontraba a la familia de Almudena un poco monótona, pero agradecía que Begoña siempre estuviera bien alimentada, cuidada y rodeada de esa pulcritud.
Resultó sorprendente que esos dos mundos no chocaran, sino que se complementaran como el yin y el yang. Cuando Begoña, en quinto de primaria, sufrió su primer drama por un chico, lloró no en el hombro de su madre, sino en la cama perfectamente tendida de Almudena; María del Carmen, rompiendo sus propias reglas, les llevó un vaso de cacao con malvaviscos. Y cuando Almudena recibió su primera cuatro en matemáticas y temía volver a casa, fue Sofía quien, al encontrarla en el portal con un manojo de telas, la invitó a su piso, le ofreció tortas de harina y le recordó que una nota no es sentencia de vida ni muerte.
Su amistad, entrelazada de cabellos claros y oscuros, resultó más fuerte de lo que parecía. No solo estaba tejida con secretos y risas, sino también con el aroma a vainilla de un hogar y el pegamento del teatro del otro. Dos tipos de amor materno, tan distintos y a la vez tan intensos, tendían puentes sobre el abismo de los desacuerdos cotidianos, creando para las niñas un mundo compartido, rico y multicolor.
Los años, como hojas de un calendario desprendido, fueron colocando todo en su sitio. Tras la escuela, sus caminos se separaron, pero no se rompieron; más bien se estiraron como una goma elástica lista para volver a juntarse.
El quiebre llegó en la secundaria. María del Carmen ya buscaba vestidos de gala para los conciertos del conservatorio, a los que Almudena debía presentarse. Pero Almudena, siempre obediente, de pronto dijo:
No quiero entrar al conservatorio dijo una tarde, mirando más allá del piano.
Un silencio cargado cayó sobre la habitación.
¿Por qué? ¡Tienes talento! ¡Siempre has practicado! exclamó María del Carmen, temblorosa.
Almudena apretó los puños.
No quiero vivir solo entre escalas y sonatas ajenas. Quiero entender cómo funciona el mundo real: cómo circula el dinero, cómo operan las empresas. Eso también es música, mamá. Solo que una distinta.
María del Carmen se quedó desbordada. Para ella, era una traición, no solo de sus sueños, sino del propio arte.
Fue entonces cuando Begoña, que estaba en la cocina con Antonio García, halló las palabras precisas.
Señora Fernández, su Almudena no huye de la música. Solo busca su propio instrumento.
Almudena se matriculó en la Facultad de Economía de la capital. Su mente matemática, criada con la disciplina de la música infantil, encontró su lugar entre fórmulas complejas y modelos financieros. Se zambulló en los estudios, luego en el trabajo. Sus días estaban cronometrados al minuto: cursos, prácticas en una multinacional, plazos. Aprendió a hablar el lenguaje de los gráficos y los indicadores clave, y su armario se llenó de trajes impecables y caros. Alcanzó todo lo que había soñado: carrera, independencia económica y estatus.
Sin embargo, al volver a su elegante estudioapartamento, sentía un vacío. Sí, era la vida que ella misma había elegido, le gustaba y veía los frutos, pero algo le faltaba.
Begoña, por su parte, se quedó en su ciudad natal. Ingresó en la Escuela de Bellas Artes y, al terminar, abrió un pequeño taller. Allí hacía milagros: diseñaba ropa exclusiva, vibrante, y devolvía vida a objetos antiguos y raros. Su madre participaba en cada proyecto, siempre apoyándola. El taller se convirtió en un punto de encuentro para almas creativas: estudiantes, actores del teatro de Sofía, músicos Todos hallaban allí algo propio. Sofía, con entusiasmo, ayudaba a su hija; su experiencia como vestuarista y su gusto impecable convertían simples ideas en pequeñas obras de arte. Podían discutir hasta la madrugada sobre el corte de un vestido de los años veinte o elegir encaje para una blusa vintage, y en esos momentos Begoña sentía cuánto la favorecía tener a una madre así.
Su contacto con Almudena se redujo a mensajes esporádicos y me gusta en Instagram. Almudena veía fotos de Begoña: trabajando, un vestido vintage en un maniquí, su gato atigrado durmiendo en una cesta de retazos. Con sus viajes corporativos y teambuilding, esas pequeñas alegrías le parecían un paraíso perdido.
Begoña, mientras, seguía el ascenso vertiginoso de su amiga con orgullo y una ligera nostalgia. Mi Almudena conquista el mundo, pensaba al ver una foto de ella frente a los rascacielos del distrito financiero. Y en el taller, impregnado de cuero y pintura, el ambiente se volvía un poco más tranquilo.
Sus vidas siguieron su curso, pero la amistad, que parecía relegada al pasado, volvió a llamar la atención.
Una tarde, Almudena, desempacando después de una mudanza, halló al fondo de una maleta una vieja fotografía. Allí, a los siete años, estaban bajo aquel naranjo, abrazadas. Al contemplar esas caras felices, una oleada de pérdida la golpeó con fuerza; sintió que había perdido a la amiga que sabía alegrarse sin razón.
Esa misma noche escribió a Begoña un mensaje largo, no sobre logros, sino sobre lo solo que a veces se sentía entre la algarabía de la ciudad, rodeada de millones de gente, cansada de cifras y gráficos, y envidiosa de la sencillez que permeaba cada foto del taller.
La respuesta llegó en quince minutos: «¡Almucha, tonta! escribió Begoña. Yo pensé que ya eras tan importante que nuestro caos creativo ya no te alcanzaba. Te echo de menos cada día».
Así comenzó su nuevo contacto. No se escribían a diariosus ritmos eran distintospero sus videollamadas se volvieron un ritual de limpieza. Almudena, recostada en su sofá de cuero italiano, podía pasar horas escuchando a Begoña e Sofía discutir sobre el tono de una perla para un tocado teatral. Y Begoña, absorbiendo los problemas laborales de Almudena, le ofrecía consejos de sentido común e intuición que resultaban sorprendentemente geniales.
Sin embargo, Almudena sintió que esas charlas ya no bastaban. Quería respirar el aire de su ciudad natal y abrazar a su amiga de verdad.
La decisión surgió como una lluvia primaveral. Su empresa le concedió una semana de vacacionesla primera en tres años. «Te estás quemando», le dijo su jefe, y Almudena no supo qué replicar. En lugar de volar a la playa, como sugerían los compañeros, compró un billete de tren a su pueblo.
No avisó a sus padres ni a Begoña. Algo cálido y apretado la impulsó a sorprender.
El reencuentro con sus padres fue emotivo. María del Carmen, olvidando la severidad, lloró abrazando a su hija; Antonio García, con silencio, estrechó su mano. En su acogedor apartamento, el aroma a vainilla volvía a la infancia, y Almudena sintió por primera vez en mucho tiempo que el peso en su pecho se desvanecía.
Esa misma noche, al tomar el té, marcó el número de Begoña.
Hola, soy Almudena. Ya estoy en la ciudad.
Hubo un breve silencio, y luego un grito alegre.
¿Dónde estás? ¡Quédate, no te vayas, voy!
Veinte minutos después, Begoña aparecía, jadeante, en el umbral. Se miraron un segundo, y luego se fundieron en un abrazo como dos niñas de siete años, riendo y llorando a la vez.
¿Eres tú, Almucha? exclamó Begoña, secándose las lágrimas con la manga. Qué ave tan importante has llegado.
Y tú sigues igual de caótica respondió Almudena entre risas.
Se sentaron en la cocina de los padres de Almudena; el tiempo retrocedió. En lugar de cacao con malvaviscos, ahora brillaba vino espumoso, y la conversación giraba alrededor de sus vidas adultas. Pero la sensación de total comprensión y ligereza seguía siendo la misma.
Al día siguiente fueron a una cafetería. El tiempo voló mientras hablaban.
En la mesa de al lado, un joven leía un libro, pero su mirada volvía constantemente a su mesa, donde surgía una risa contenida. Cuando Begoña fue a lavarse después de derramar vino, él se acercó a Almudena.
Perdón por interrumpir dijo, sonrojado. No pude evitar notar ustedes brillan cuando conversan. Rara vez se ve una conversación genuina y viva.
Almudena, normalmente reservada con extraños, respondió sin titubeos.
Hace años que no nos vemos. Estamos poniéndonos al día.
En ese momento volvió Begoña, evaluó la situación y se sentó, mirando al desconocido.
Este es Máximo presentó Almudena. Está fascinado con nuestra amistad.
Y con razón afirmó Begoña sin pudor. Siéntanse, ya han empezado la charla. Aviso, nuestras conversaciones pueden parecerles extrañas; acabamos de pasar de diseños avantgarde a sutilezas del derecho mercantil.
Máximo resultó ser un bloguero local que escribía crónicas sobre gente sencilla pero interesante. Nuestra historia de dos amigas, cuyas rutas se separaron pero que volvieron a encontrarse, le tocó tanto que pidió permiso para escribir sobre nosotras y quedó con nuestro número.
Saben dijo al despedirse. En un mundo donde todos se comunican a través de pantallas, su historia es como un soplo de aire fresco. Hoy en día eso es una rareza.
Begoña alzó una ceja.
¿Qué te ha parecido, Almucha? Te he visto mirarlo.
No es eso desvió Almudena, aunque una sonrisa la delataba. Simplemente la noche de hoy es otra prueba de que, cuando das un paso hacia tu pasado, el futuro te lanza sorpresas agradables.
Salieron del café. El aire estaba limpio y en los charcos se reflejaban los faroles. Caminaron por la acera mojada, tomados del brazo, en silencio. No porque no hubiera nada que decir, sino porque todo lo importante ya estaba dicho. Ese silencio llevaba la promesa de que sus caminos nunca volverían a separarse.
A la mañana siguiente, Máximo llamó a Almudena y le propuso encontrarse. Su voz temblaba de entusiasmo y un leve misterio.
No se trata solo del artículo dijo. Ayer hablé con el director de una cadena de boutiques; busca socios para colaboraciones: negocio moderno más artesanía con historia. Le mostré fotos de los trabajos de tu amiga quiere reunirnos contigo y con Begoña.
Almudena, mirando por la ventana el patio familiar, se quedó mudable. Hace tres días su mundo estaba confinado a las paredes de la oficina; ahora el destino le ofrecía lo que temía siquiera soñar: no solo recuperar la amistad, sino entrelazar sus vidas de verdad. Crear algo nuevo. Su amor por la armonía y el cálculo podía fundirse con la capacidad de Begoña de dar vida a lo cotidiano.
De acuerdo finalizó, sonriendo. Pero encontremos en el taller de Begoña. Creo que es el lugar adecuado.
Al colgar, comprendió que no era solo una oportunidad de negocio. Era la ocasión de reescribir su historia, y esta vez, una historia completamente distinta.







