Dos hombres colgados de mi cuello: la historia de Aline, una mujer española atrapada entre su pareja, su cuñado y un campamento de visitas inesperadas en su propio hogar

¡Basta ya! Elige: o yo, o tu hermano y esa cuadrilla de chicas que arrastráis detrás. Te has pasado de la raya. Primero me encasquetas aquí a toda tu familia y ahora también a mujeres que ni conozco. ¡Vivir así está muy bien montado, desde luego!

Celia se encontraba en medio del dormitorio, temblando de indignación. Sostenía entre los dedos, con asco, una prenda ajena: una media de nylon que acababa de descubrir bajo la cama. Supo enseguida que no era suya.

Lucas, en vez de disculparse, puso cara de ultraje, como si la culpable de haber traído a un desconocido hubiese sido ella misma. Se balanceaba impaciente, lanzando miradas hacia el pasillo, deseando terminar cuanto antes aquella escena.

Celia, deja ya el drama. Siempre haces un mundo de cualquier tontería rezongó Lucas. Era la invitada de Mario, mi hermano, y, por cierto, tu cuñado. Si trajo a una chica de vez en cuando, ¿qué más te da?

Celia no sentía celos, sino algo más frío y viscoso: una repugnancia profunda, como si hubiese pisado caca con sus zapatos favoritos.

Observaba cómo Lucas buscaba apoyo en Mario, atrincherado en el salón durante más de seis meses y sin intención de moverse. Mario ni siquiera reaccionó, indiferente.

Esta es mi casa, y no quiero aquí a desconocidos gruñó Celia, conteniendo el llanto y la rabia. Ni a tu hermano tampoco, ya puestos. Cuando tengas tu propio piso, podrás llenarlo de quien quieras, incluso de un elefante. Pero le voy a pedir a los dos que se marchen ya.

Le tocó el turno de quedarse boquiabierto a Lucas. Pero Celia sentía que lo suyo era la reacción lógica a un largo desencanto.

Venga, Luca, vámonos de aquí dijo Mario, desganado, desde el salón. Ya encontraremos un piso cutre, pero por lo menos no habrá que aguantar broncas. Mujer que se va, alivio que llega. Ya lo sabes.

Lucas, entonces, se puso en marcha con dramatismo. Rebuscó en el armario, arrastró una bolsa de deporte y empezó a meter su ropa, camisetas, vaqueros, cargador del móvil, calzoncillos, todo sin orden.

Te vas a arrepentir de esto, Celia gruñó sin mirarla, recogiendo sus cosas. Y dime, ¿quién si no yo te va a querer?

Al marcharse, la puerta se cerró de golpe y las copas de cristal del aparador tintinearon peligrosamente.

Celia se quedó sola, de pronto sumida en un silencio tan denso que dolía. Se sentó en la cama, todavía apretando la maldita media en la mano.
¿Cómo había llegado a esto? ¿En qué momento su bonito piso de Chamberí, heredado de la abuela, se convirtió en un hostal para desubicados?

Celia había conocido a Lucas dos años atrás. Eran polos opuestos. Ella era tímida, reservada, incapaz de romper el hielo. Él era bullicioso, impulsivo, siempre al margen de todo. Aunque ambos eran estudiantes, él ya trabajaba de repartidor y la cortejaba como en los cuentos: le traía bombones, le recitaba poesía y, de vez en cuando, cenaban en un restaurante del centro. Para Celia, estudiosa y callada, aquello era lo más romántico del mundo.

La propuesta de irse a vivir juntos llegó enseguida, apenas tras un par de meses.

No puedo estar ni un minuto lejos de ti, pequeña le susurraba abrazándola. Quiero dormirme y despertar siempre contigo.

Ella se derretía al escucharlo. Más tarde descubriría la verdad: Lucas no tenía adónde ir, lo habían echado de su habitación por fiestero, y necesitaba alojamiento urgente. Pero Celia lo justificó: «Todos pasamos apuros. Ha coincidido, eso es todo», se convenció.

Vivían en su pequeña burbuja, modestos pero tranquilos. Celia madrugaba a la facultad y luego daba clases particulares para llenar la nevera. Lucas, al principio, también ayudaba con el presupuesto del hogar.
Hasta que, tras dos años, el equilibrio se rompió con la llegada de un invitado.

Dijiste que tu hermano venía a Madrid para entrar en la universidad, ¿le invitamos a cenar? Al fin y al cabo, es familia propuso Celia un día.

Ignoraba que a Mario le encantaría quedarse. Primero venía un día sí y uno no, después cada noche y, finalmente, sin marcharse. Y Celia, criada para ser buena anfitriona, puso la mesa y limpió detrás de los dos hombres: platos, camas, colada. Todo recaía en ella, sin ayuda alguna.
No sabía aún que Mario ni pensaba matricularse.

Mario, ¿no has empezado ya las clases? ¿No te han dado plaza en una residencia? preguntó Celia, al tercer mes de convivencia.

Al final, no entré. No llegué a la nota. El año que viene lo intento de nuevo respondió Mario, con naturalidad.

Celia quiso echarse a llorar. Comprendió entonces que Mario no se iría por voluntad propia: tenía a su disposición todo el salón, comida recién hecha, y servicio completo. Su vida consistía en dormir hasta tarde, pasar el rato con el móvil y salir de juerga por Malasaña.

La situación fue a peor cuando Lucas dejó el trabajo en el supermercado.

El jefe era un idiota, vaya. Un montón de exigencias, y el sueldo de esclavo. No te preocupes, haré portes de momento y buscaré algo decente prometió Lucas.

La búsqueda duró y duró, milagrosamente. Lucas apenas salía a buscar faena, y, de lunes a viernes, dos hombres sanos holgazaneaban por todo el piso de Celia, colgados de su generosidad.

La cuenta no cuadraba. Las compras volaban: el paquete de croquetas para dos días desaparecía en una sola cena. Las facturas subían; las tareas domésticas, también. Ni Lucas ni Mario se daban por aludidos.

Celia volvía de clase agotada y tropezaba con montañas de platos sucios. La ropa empapada en el baño, pelusas por los rincones.

El día que protestó por primera vez, Lucas la miró con genuino asombro.

¿Pero qué te pasa? ¿Te cuesta tanto servirle un plato de sopa? El chaval lo está pasando mal, es muy duro venirse a Madrid solo. Sé delicada. Que eres mujer, caramba.

Siempre era Celia la egoísta, la histérica. Y ella, aguantando la rabia, regresaba a los fogones, limpiaba el baño, silenciaba sus enfados. Temía perder cierta rutina familiar aunque fuese tan frágil y desigual.
Pensaba que era lo normal, que todo el mundo tiene una mala racha.

Hasta que, un día, al regresar, encontró una botella barata de vino, tres copas usadas y, después, la media olvidada. Fue la gota.

La primera noche sola fue extraña e inquietante. El silencio pesaba. Faltaban los ronquidos de Mario, el rumor de la tele, los pasos de Lucas en la cocina.

Pero, por la mañana, la soledad dio paso al alivio. El queso que compró seguía en la nevera; el zumo, intacto; el cuchillo, limpio, ninguna miga en la mesa. Recuperaba su espacio, su refugio.

Esa noche, la tristeza volvió con fuerza, y Celia fue a casa de su amiga Nuria, necesitaba vaciar el corazón.

¡Ay, Celia, no seas tonta! ¡Ya están buscándose otra pardilla a la que mangonear! Igual era Mario, igual Lucas, quién sabe. le consoló su amiga con sorna. Lo que está claro es que ya no te siguen sangrando el bolsillo dos vagos de golpe. Hasta deberías agradecerle a la tonta que se dejó la media, porque te dio la excusa para echarlos de casa.

Al regresar, Celia no solo hizo una limpieza; fue un ritual de despedida. Tiró calcetines, envoltorios, cajetillas vacías, hasta los regalos de ambos. Cambió las sábanas, fregó el suelo con lejía y sintió por fin que recuperaba la respiración.

Al terminar el mes, revisando cuentas, descubrió asombrada que por fin podía ahorrar algo de dinero para emergencias.

Pasó año y medio.

Celia había cambiado. Encontró trabajo en una academia privada, aprendió a decir no y dejó de querer complacer a los demás. Y apareció Sergio: ingeniero, cinco años mayor, dueño de una modesta vivienda con hipoteca.

Esta vez, Celia no tuvo prisa por convivir. Observó meses a Sergio antes de decir sí. Cuando se decidió, eligió quedarse en su piso, más cerca del centro de Madrid. Sergio alquiló el suyo para amortizar la hipoteca.

Todo iba bien hasta que, una tarde, Sergio, dejando el móvil, dijo:

Oye, Celia, me llamaba mi madre. Tiene que hacerse unas pruebas y en el pueblo no hay manera. ¿Te importaría que viniese a Madrid una semana? Como mucho, dos…

Celia se quedó fría. De repente, las imágenes volvieron: Mario roncando en el sofá, los trastos invadiendo la casa, la sensación de ser una extraña en tu propia casa. El miedo le oprimió el pecho.

Miró a Sergio, que esperaba su respuesta. Era como si el futuro de ambos se decidiese en ese instante. ¿Callar? ¿Aguantar por amor? ¿Volver a renunciar a sí misma?

Inspiró hondo, intentando controlar el corazón.

Sergio comenzó, esforzándose en sonar serena, tu madre me cae fenomenal, pero tengo una norma: No quiero invitados a dormir en mi casa, ni por tu parte ni por la mía. Este es nuestro hogar, solo nuestro. No te ofendas, ¿vale? Son cosas mías.

El silencio se hizo largo. Celia se preparó para una escena, una bronca, un portazo. Pero Sergio solo alzó las cejas y asintió.

No te preocupes, entiendo perfectamente. De hecho, para algo tengo mi piso. Si hace falta, alquilo uno cerca de la clínica. Así estáis cómodas tú y mi madre.

Celia contuvo un suspiro de alivio, sorprendida.

¿De verdad no te molesta?

Sergio sonrió, apagó el móvil, la abrazó.

¿Y por qué me iba a molestar? Cada persona tiene sus preferencias, y siempre hay soluciones alternativas.

Celia sonrió, apoyándose en su hombro. No solo había aprendido a decir “no”; había encontrado a alguien para quien su no no era una batalla. A partir de ese momento, las puertas de su casa y de su alma se abrirían solo para quienes supieran limpiarse los pies antes de entrar.

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Dos hombres colgados de mi cuello: la historia de Aline, una mujer española atrapada entre su pareja, su cuñado y un campamento de visitas inesperadas en su propio hogar