Dos hombres colgados de mi cuello: la historia de Aline, su piso heredado, y cómo se liberó del last…

8 de marzo, jueves

¡Así no se puede seguir! Era yo, o tu hermano y ese harén de chiquillas con las que siempre se cuela en casa. De verdad, ¿cuándo pensabas decírmelo? Primero pusiste a toda tu familia a mi costa, y ahora, ¿también las amiguitas? ¡Qué desfachatez, Diego! ¡Vaya morro os habéis echado, madre mía!

Me temblaba la voz, y entre los dedos sostenía esa prenda que encontré haciendo la cama: una media de nailon, claramente ajena. No era de las mías, y eso, por mucho que quisiera engañarme, era definitivo.

Diego ni se disculpó. Puso esa cara de indignado, como si la culpable fuese yo por traer desconocidos a la casa. Miraba constantemente al pasillo, inquieto, como deseando que aquello acabara.

– Alba, de verdad, deja de montar numeritos. Siempre haces un drama de todo bufó Diego. Ha sido una amiga de mi hermano, ya lo sabes, tu cuñado. ¿Qué problema hay en traerla un día?

No me dolía por celos, sentía repulsión. Era como si entrando en mi propio dormitorio me manchara los zapatos nuevos en un charco de barro.

Vi cómo Diego buscaba en los ojos de su hermano, Rubén, alguien que le diese la razón, pero él ni se dignó moverse del sofá.

– Es mi piso y no quiero ver aquí a desconocidas dije despacio, conteniendo la rabia. Ni a tu hermano tampoco, si quieres que te lo diga. Que se compre el suyo y meta allí a quien quiera. Y el mío, que lo desocupe.

Esta vez Diego se quedó de piedra. Aunque para mí no era para tanto, solo el resultado lógico de lo que llevábamos arrastrando.

– Jo, Dieguito, vámonos masculló Rubén desde el salón, ni se molestó en incorporarse. Ya encontraremos algún piso más barato, sin tanto jaleo. Mujer despechada, ya sabes.

Diego, como activado por un resorte, sacó con estrépito una bolsa de deporte del armario y empezó a meter cualquier cosa: camisetas, pantalones, el cargador… sin mirar siquiera.

– Te vas a arrepentir, Alba musitó sin mirarme. No vas a encontrar a nadie mejor que yo…

El portazo que dieron al irse hizo tintinear las copas en el aparador.

Me quedé sola, en una paz tan intensa que casi hacía daño. Me senté en la cama, aún apretando esa maldita media entre los dedos.
¿Cómo había permitido esto? ¿En qué momento el piso heredado de mi abuela se convirtió en una pensión barata repleta de gorrones?

Todo empezó cuando conocí a Diego hace algo más de dos años. No nos parecíamos en nada. Yo era tímida, reservada, poco hábil en los círculos sociales. Él, desenvuelto, ruidoso y siempre moviéndose. Trabajaba de vez en cuando como conductor y me parecía el colmo del romanticismo aquel chico mayor de la universidad regalándome bombones, leyéndome poemas, o invitándome a cenar de vez en cuando. Para mí, que nunca he destacado en lo social, todo aquello era como vivir en un cuento.

Me propuso irnos a vivir juntos enseguida, a los dos meses de conocernos.

– No aguanto estar lejos de ti, peque, me decía, abrazándome. Quiero dormir y despertarme contigo cada día.

Me lo creí todo. Hasta que, medio año después, descubrí que a Diego le habían echado de su cuarto de alquiler por montar demasiada juerga, y necesitaba urgentemente dónde meterse. Pensé “quién no tiene problemas alguna vez”, y lo acepté sin más.

Vivíamos modestamente, pero juntos. Yo llenaba la nevera a base de clases particulares después de la universidad. Diego también contribuía, o eso creía yo.

Hasta que, dos años después, llegó el tercer inquilino.

– Diego, dijiste que tu hermano venía a hacer la matrícula… ¿Lo invitamos a cenar? Sois familia Le propuse sin prever lo que se avecinaba.

Rubén se sintió tan cómodo en mi piso que, en un mes, ya venía a dormir varias noches por semana, y pronto, se instaló con todas sus cosas. Yo, que me habían educado para ser buena anfitriona, me limité a poner la mesa y limpiar tras dos hombres hechos y derechos: recogía platos, doblaba mantas, hacía lavadoras… sola. Y Rubén hacía tiempo que había olvidado lo de la universidad.

– Pero, ¿no te dieron plaza al final? pregunté al tercer mes de convivencia.
– Nada, que no llegué a la nota de corte. Lo intentaré el año que viene respondió como si tal cosa.

Mientras tanto acampaba en el salón, con la comida asegurada y sin preocuparse de nada. ¿Para qué irse, si el chollo funcionaba?

La cosa fue a peor cuando Diego dejó el trabajo en la tienda dónde llevaba un año.

– Mi jefe era un inepto, alegó. Un sinfín de exigencias, para cobrar una miseria. Haré algunos turnos de conductor hasta encontrar algo mejor.

Esa búsqueda, sorpresa, no llegó. Como mucho, salía a trabajar una vez por semana. Así que en mi piso, durante el día, los dos se quedaban apalancados en el sofá, esperando que yo trajera comida fresca y pagara todo.

El dinero se evaporaba. Las bandejas de croquetas que cocinaba desaparecían en una sentada; subían los recibos de la luz y el agua. Ni Rubén ni Diego movían un dedo para ayudar.

Volvía agotada del trabajo y me encontraba el fregadero lleno de platos resecos, montones de ropa sucia en el baño y bolitas de polvo rodando por los pasillos.

El día que intenté protestar, Diego me miró como si fuera una loca:

– Alba, ¿en serio te cuesta tanto dar una ración a mi hermano? Está pasando un momento difícil, acaba de llegar a Madrid, todo esto le viene grande. Sé comprensiva, que eres mujer.

Siempre acababa siendo yo la mala, la tacaña, la gruñona que no quiere compartir ni un plato de lentejas. Y yo, por no romper la débil paz, volvía a tragar, limpiar y asumirlo todo. Pensaba que era lo normal, que todos pasamos por etapas complicadas.

Pero cuando, una noche, encontré tres copas sucias y una botella de vino peleón sin terminar, y después esa media extraña en mi dormitorio Decidí que era el final.

La primera noche sola fue inquietante. Hasta se echaba de menos el ronquido de Rubén en el salón, la tele puesta toda la noche, las pisadas arrastradas de Diego en la cocina.

Pero por la mañana, la soledad se convirtió en alivio. Abrí el frigorífico: el queso seguía allí, intacto. El zumo no había menguado. Nadie había bebido la leche a morro ni dejado migas en la encimera. Por fin volvía a ser dueña de mi espacio.

Por la tarde me invadió la añoranza y me fui a casa de mi amiga Lucía. Necesitaba desahogarme.

– Ay, qué ingenua eres, Alba me dijo Lucía con sorna. Seguro que ya tienen otra voluntaria encargándose de todo. A lo mejor hasta era esa la chica de la otra noche. Y ni siquiera sabemos si fue Rubén o Diego quien la trajo, ¿te lo has planteado?
– ¿Crees que Diego me engañaba?
– ¿Y qué más da ahora? Los dos han vivido a tu costa. Da gracias por deshacerte de ellos. Si no llega a ser por esa, seguirías alimentando a dos caraduras.

Al volver esa noche, me puse a limpiar la casa como si exorcizara el pasado. Recogí calcetines, envoltorios de chucherías, cajetillas vacías Lo tiré todo. Cambié las sábanas, fregué el suelo con lejía y, solo entonces, respiré tranquila.

Al finalizar el mes recompuse las cuentas. Por primera vez, me sobraba algo de dinero, ¡incluso pude empezar a ahorrar!

Ha pasado un año y medio

Mi vida ha cambiado. Trabajo en un colegio privado, he aprendido a decir no y ya no me dejo arrinconar. Ahora tengo a Sergio, ingeniero, cinco años mayor que yo, con su propio piso aunque aún hipotecado.

Esta vez no corrí. Estuve medio año antes de aceptar vivir juntos, y finalmente, lo decidimos: vendría a mi piso, que está más cerca del centro. Sergio alquila el suyo para acabar antes con la hipoteca.

Todo iba bien hasta el otro día, cuando Sergio soltó la bomba mientras cenábamos.

– Oye, Alba, ha llamado mi madre… Tiene que hacerse unas pruebas médicas. En el pueblo no se las pueden hacer, así que vendrá a Madrid una semana o dos. ¿Te importa si se queda aquí unos días?

Me quedé helada. Me asaltaron las imágenes del pasado: Rubén tumbado en mi sofá, su ronquido tras la pared, la sensación de ser una extraña en mi propia casa Me encogí de miedo.

Miré a Sergio, esperando su reacción. Parecía que estaba en juego nuestro futuro. ¿Callarme? ¿Complacer para no liar nada? ¿Ceder y seguir siendo la amable de siempre?

Respiré hondo, tratando de calmar el temblor.

– Sergio dije, con toda la tranquilidad que pude reunir, quiero mucho a tu madre, pero tengo una regla de oro. Nada de invitados con derecho a dormir aquí. Ni de tu parte, ni de la mía. Éste es nuestro refugio, solo nuestro. No me lo tomes a mal, ¿vale? Llámame rara, pero así soy.

El silencio fue eterno. Yo ya esperaba el reproche, el portazo, el tradicional discurso sobre lo egoísta que era.

Pero Sergio levantó las cejas, se encogió de hombros y sonrió.

– Ningún problema respondió. Lo entiendo. Si hace falta, le busco un piso turístico cerca del hospital. Que esté cómoda y no moleste a nadie.

Me quedé boquiabierta.

– ¿De verdad no te molesta?

Sergio dejó el móvil, se acercó y me abrazó.

– ¿Por qué va a molestarme? Todos tenemos derecho a nuestros pequeños caprichos. Seguro que encontramos una solución intermedia.

Apoyé la cabeza en su hombro, sonriendo. No solo he aprendido a decir no. Por fin he encontrado a alguien para quien mi no no es motivo de batalla. Ahora, tanto mi casa como mi corazón sólo se abren a quien sabe llamar como es debido.

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MagistrUm
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