¡Ya está bien! Elige: o yo, o tu hermano y ese ejército de amigas vuestras. De verdad, has perdido la vergüenza. Primero me endosaste a toda tu familia y ahora también traéis a desconocidas a mi casa. Así se vive fenomenal, ¿no?
Leticia estaba de pie en medio del dormitorio, temblando de rabia. En su mano, sujetaba lo que para ella era una prueba irrefutable: una media de nailon que no era suya y que había encontrado bajo la cama.
Ignacio, en vez de disculparse o al menos intentar ponerse en su lugar, puso una expresión ofendida, como si fuera ella quien hubiese traído a un hombre a casa. No paraba de mirar hacia el pasillo, inquieto y molesto.
Leti, por favor, no montes un drama. Siempre estás exagerando las cosas bufó Ignacio. Es nuestro invitado, mi hermano, y por si lo olvidas, tu cuñado. Sólo ha traído una amiga. ¿Qué te cuesta?
A Leticia no le costaba nada, era otra cosa lo que sentía. Una mezcla de asco y desilusión, como si hubiera pisado un charco de barro con sus zapatos favoritos.
Observaba a Ignacio, buscando la complicidad de quien llevaba medio año ocupando su piso. El hermano, Daniel, ni se atrevía a apartar la vista del móvil.
Este piso es mío y no quiero a desconocidos por aquí dijo Leticia intentando controlar su ira. Ni a tu hermano, de paso. Cuando tengas tu propio piso, que vaya quien quiera, incluso un elefante si te apetece. Pero este lo quiero para mí.
Ahora tocó a Ignacio sorprenderse, aunque Leticia opinaba que ya iba siendo hora. Solo era el resultado lógico de la situación.
Bah, Ignacio, vámonos de aquí se escuchó la voz de Daniel desde el salón. Vámonos a otro sitio, aunque sea peor, sin que nos amarguen la vida. Mujer que se baja del carro, alivio para el burro, ya sabes.
Ignacio, como si hubiera recibido una señal, sacó la bolsa de deporte del armario y empezó a arrojar su ropa dentro: camisetas, vaqueros, los cargadores, la ropa interior…
Te vas a arrepentir, Leticia soltó sin mirarla siquiera. ¿Quién te va a querer a ti, si no soy yo…?
Al salir, la puerta se cerró de un portazo que hizo temblar la cristalería del aparador.
Leticia se quedó sola, rodeada de un silencio sonoro. Se sentó en la cama, todavía con aquella media ajena en la mano, preguntándose cómo había dejado que todo llegara a ese punto. ¿En qué momento su piso de abuela se había convertido en una pensión?
Leticia conoció a Ignacio hacía dos años. Eran polos opuestos. Ella era reservada, callada, con pocas amistades; él, bullicioso, simpático, no paraba quieto. Aunque ambos eran universitarios, él ya trabajaba a ratos como conductor de Cabify y la cortejaba con sorpresas: tabletas de chocolate, poemas recitados de memoria, cenas alguna vez en restaurantes. Para Leticia, siempre tan prudente, aquello era un auténtico sueño romántico.
La propuesta de vivir juntos llegó de forma muy temprana: a los dos meses de relación.
No aguanto estar ni un minuto más sin ti, preciosa le susurraba Ignacio. Quiero dormirme y despertar solo a tu lado.
En ese momento, Leticia cayó rendida. Seis meses después, descubrió la verdad: a Ignacio le habían echado del piso de alquiler por las fiestas, y buscaba urgentemente alojamiento. Ella lo interpretó a su manera: Las dificultades le pasan a cualquiera, solo es mala suerte, se decía.
Vivían tranquilos en su pequeño universo, con pocos recursos pero unidos. Leticia iba a clase por las mañanas y por las tardes daba clases particulares para llenar la nevera. Ignacio también colaboraba, a su manera. Hasta que el piso fue invadido por un tercer ocupante.
Ignacio, dijiste que tu hermano venía a examinarse para entrar en la universidad, ¿por qué no le invitamos unos días? Al fin y al cabo, es tu hermano sugirió Leticia.
No sabía que a Daniel iba a gustarle tanto su piso. Primero venía cada dos días, después, cada tarde, y finalmente se instaló. Leticia, educada como anfitriona, preparaba la mesa y recogía para dos hombres adultos: platos, camas, ropa sucia. Todo sin ayudas. Y Daniel ni se planteó la universidad.
Daniel, ¿no habías dicho que ibas a ser universitario? ¿No tienes derecho a una residencia de estudiantes? preguntó Leticia tras tres meses de convivencia.
Es que no entré, no llegué a la nota de corte. Igual el año que viene contestó, como si tal cosa.
Leticia se quedó helada. Ya intuía que Daniel no se marcharía voluntariamente. Tenía todo servido, una habitación para él, comida y tareas domésticas incluidas. Solo tenía que dormir y, por las tardes, vaguear con sus amigos.
La situación empeoró cuando Ignacio, de pronto, dejó su empleo en el supermercado donde llevaba un año.
El jefe es un inútil, Leti. Exige demasiado y la paga es una miseria. No te preocupes, haré algo de Cabify mientras busco algo mejor.
La búsqueda era eterna. Como mucho, Ignacio conducía un día a la semana. Ahora en el piso pasaban los días enteros dos hombres adultos, a costa de Leticia.
Llegar a fin de mes era misión imposible. La compra desaparecía como por arte de magia. Los filetes que Leticia cocinaba para varios días duraban una sola cena. La factura de la luz era cada vez más alta. Pero ni Daniel ni Ignacio parecían darse por aludidos.
Leticia llegaba a casa exhausta y se topaba con pilas de platos sucios. La ropa tirada en el baño. Pelusas en los rincones.
El día que Leticia se atrevió a protestar, Ignacio la miró con genuina extrañeza.
Leti, ¿qué más te da? ¿Te sabe mal un plato de sopa? Está pasando por un mal momento, tienes que comprenderlo. Eres mujer, intenta ser más compasiva.
Siempre acababa siendo la tacaña y la borde, regañando por la comida. Así que aguantaba, callaba y volvía a limpiar, temerosa de romper la paz doméstica. Pensaba que esos baches los tenía cualquiera.
Todo cambió cuando, al volver del trabajo, vio una botella barata de vino sin terminar y tres copas sucias. Y cuando encontró la media de nailon, se acabó su paciencia.
La primera noche a solas fue inquietante. El silencio era abrumador. No había ronquidos de Daniel en el salón, ni la tele de fondo ni el arrastrarse de zapatillas de Ignacio.
Pero al día siguiente, el miedo a la soledad se convirtió en alivio. Leticia abrió la nevera y allí seguía intacto el queso de la tarde anterior. El zumo, sin abrir. Nadie había dado un trago al cartón de leche. No había migas ni cuchillos sucios en la encimera. Por fin, su casa era realmente suya.
Por la noche, el vacío pesó el doble. Llamó a su amiga Silvia, necesitaba desahogarse.
¡Ay, Leti, eres demasiado inocente! le dijo Silvia sonriendo. Esos dos ya estarán camelando a otra, quizá incluso a la misma que ha pasado por tu casa. Y ni siquiera sabemos si la trajo Daniel o tu Ignacio.
¿Insinúas que Ignacio me engañaba?
Da igual, Leti. Se aprovecharon de ti todo lo que quisieron. Alégrate de que esa chica dejara ese “recuerdo” como aviso. Si no, aún mantendrías a dos parásitos en casa.
Cuando Leticia volvió, inició más que una limpieza: fue una despedida. Recogió calcetines, envoltorios, cajetillas vacías Todo a la basura, sin contemplaciones. Incluso los regalos de Ignacio. Cambió las sábanas, fregó con lejía y entonces, por fin, respiró tranquila.
Al final de mes, hizo cuentas y, para su sorpresa, vio que podía ahorrar.
Pasó un año y medio…
Leticia era diferente. Trabajaba en un colegio privado, había aprendido a decir “no” y ya no intentaba complacer a todo el mundo. Además, conoció a Álvaro, un ingeniero, cinco años mayor, con piso propio aunque hipotecado.
Esta vez, Leticia no tuvo prisa por convivir. Se tomó medio año antes de aceptar. Decidieron vivir en casa de Leticia, pues estaba más cerca del centro. Álvaro, por su parte, alquiló la suya para ayudar con la hipoteca.
Todo iba bien, hasta que una tarde, Álvaro colgó el teléfono y le dijo:
Leti, ha llamado mi madre… Tiene que hacerse unas pruebas médicas. Allí en el pueblo no pueden. Tendrá que venir una semana, quizá dos. ¿Te parece bien?
Leticia sintió cómo la sangre se le congelaba. Un aluvión de recuerdos la asaltó: Daniel repantingado en el sofá, el ruido de la tele, la sensación de ser una extraña en su propia casa… Temblaba de miedo.
Miró a Álvaro. Él la observaba, esperando su reacción. Ahora se jugaba el futuro. ¿Callar? ¿Tragar por amor? ¿Volver a amoldarse a todos menos a sí misma?
Leticia respiró hondo.
Álvaro dijo lo más serena que pudo, aprecio mucho a tu madre, pero tengo un principio y no lo cambio: en mi casa no duerme nadie que no seamos nosotros. Ni de tu familia ni de la mía. Nuestro hogar es nuestra fortaleza. Perdona, de verdad, pero es algo que no quiero negociar.
Se hizo el silencio. Leticia esperaba reproches, discusiones, portazos. Se preparó para defenderse.
Pero Álvaro solo arqueó las cejas, asintió con naturalidad y volvió a su móvil.
Ningún problema dijo. Lo entiendo perfectamente. No tiene sentido amontonarse aquí, podemos buscarle algo cerca del hospital, o yo mismo le alquilo un piso mientras dura la revisión.
Leticia no se lo creía. Inspiró profundamente y, al fin, sonrió.
¿De verdad no te molesta?
Álvaro la miró, dejó el móvil, se acercó y la abrazó suavemente.
¿Por qué iba a molestarme? Cada uno tiene sus límites. Siempre hay alternativas y maneras de llegar a un acuerdo.
Leticia sonrió, apoyada en su hombro. No solo había aprendido a decir “no”. Había encontrado a quien entendiera que su “no” no era el origen de una batalla. Desde entonces, su casa y su corazón solo se abrían a quienes sabían limpiar los pies antes de entrar.







