Te voy a contar una historia que todavía me pone un nudo en la garganta cada vez que la recuerdo. Era una vez dos hermanas. La mayor, Carmen, era guapísima, con éxito, y bastante acomodada. La pequeña, Inés, había caído en el pozo del alcoholismo. Y mira, para entonces, cuando pasa todo esto, Inés, con solo 32 años, parecía una abuela desmejorada.
Imagínate: delgadísima, la cara hinchada y amoratada, los ojos casi ni se le veían. El pelo, como estopa sucia, todo apelmazado y opaco, ni sabía lo que era un peine o un poco de champú. Y te juro que Carmen hizo todo lo posible por ayudarla; se gastó una fortuna llevándola a clínicas de lujo, recurrió hasta a curanderas de la sierra, pero nada servía. Le compró hasta un pisito pequeño y acogedor, pero le puso el contrato a su nombre por miedo a que Inés lo vendiera por cuatro duros para gastárselos en vino.
Al cabo de seis meses, en el piso ya solo quedaba un colchón mugriento donde Inés agonizaba. Fue ese día cuando Carmen fue a despedirse porque se marchaba a vivir a Francia para quedarse allí para siempre. Inés ni siquiera podía articular palabra. Apenas pudo abrir los ojos un poco y ver la mancha borrosa que era su hermana frente a una ventana sucia que no veía el agua desde hace siglos.
Por el suelo rodaban botellas vacías que otros borrachos del barrio le traían. Carmen, claro, no fue capaz de dejarla allí y quedarse tan tranquila. Sabía que la culpa podría más tarde con ella. Así que pensó en llevar a Inés al pueblo, a casa de la tía Aurora. Con la tía casi ni trataban; sabían solo que era hermana de su difunta madre y que, hace muchos años, les llevaba a casa mermeladas, manzanas perfumadas y setas secas cada vez que las visitaba.
Carmen solo se acordaba del nombre del pueblo: Valdelagua. Si no nos invitaron al entierro será porque la tía sigue viva, pensó. Le pidió el favor a un amigo, liaron a Inés en una manta y la acomodaron en el asiento trasero del coche camino del pueblo. Cuando llegaron, encontrar la casa de la tía Aurora fue fácil: solo cuatro casas habitadas en todo el pueblo.
Metieron a Inés en la cama de la tía, y Carmen dejó encima de la mesa un buen fajo de euros: Tía, se me va, yo me tengo que ir, aquí tiene para el entierro, y puede que algún día vuelva y así sé dónde buscar la tumba. Dejó también la llave del piso de Inés por si acaso, porque ¿a quién se la iba a dar si no? No aceptó ni un té y se marchó…
La tía Aurora, con sus 68 años y esa vitalidad que no se le apaga, revisó que Inés seguía respirando y se fue directa a poner la tetera. Mientras el agua hervía, preparó una infusión con hierbas secas de sus saquitos y le echó unas bayas del monte, cubrió bien el termo y lo dejó reposar. Durante tres días, estuvo dándole a Inés traguitos de esas infusiones con miel, casi a la fuerza, con una cucharita, cada media hora. Incluso por las noches.
Al cuarto día le añadió leche de su cabra, la Martina, también con cucharita. Siguió después con calditos de verduras y caldo de gallina. Sus gallinas, que tenía solo siete, pero no dudó en sacrificar dos para cuidar a esa sobrina medio muerta. Al mes, Inés ya podía sentarse sola en la cama.
La tía Aurora empezó a llevarla al baño público del pueblo en un trineo pequeño, que ya era invierno, bien arropada con un mantón y la manta. Allí le lavaba el cuerpo y el pelo con infusiones de hierbas del pueblo. Y luego, al volver, se los peinaba y le quedaban oliendo a campo y verano…
La tía Aurora volcó todo el cariño y la ternura que tenía guardados en su sobrina y la rescató. Así, a cucharaditas de vida, fue devolviéndola al mundo. Ni clínicas de postín ni curanderas lograron lo que pudo el amor de una tía. Y oye, Inés sobrevivió. Empezó a fortalecerse con la leche perfumada de claveles de la cabra Martina, con los revueltos de huevos recién puestos cada mañana. El pelo empezó a brillarle, las mejillas se le colorearon, y resultó que era guapísima, con unos ojos azules preciosos.
Poco a poco, Inés empezó a ayudar en la casa, luego en la cuadra; aprendió a ordeñar a Martina y recogía los huevos cada día. Allí cocinaban platos sencillos, casi todo lo sacaban de su huerto. Inés, después de su renacer, no quería ni hablar de su vida pasada, le gustaba esta nueva etapa, en blanco, como una página por estrenar. Aprendió a ver el sol asomar al alba, las nubes correr por el cielo, las flores romper en primavera.
Hasta una pata con patitos apareció en la orilla del río del pueblo y allí iba Inés cada día a darles pan. Y otra cosa: Aurora le enseñó a tejer con ganchillo. Primero hacían tapetitos, luego cuando fueron a la ciudad compraron ovillos de lana de todos los colores y Inés empezó a hacer chales enormes, calados y preciosos.
Empezaron a tener encargos: los chales eran tan bonitos que se los quitaban de las manos y por fin Inés ganó su propio dinero. Tres años después, Inés, ya una mujer radiante, se llevó a su adorada tía de aquel pueblito perdido en los montes de Valdelagua y, juntando los ahorros de Aurora y lo que había ganado vendiendo los chales exclusivos, compraron una casita con jardincito en un pueblo tranquilo junto al Mediterráneo.
Por las mañanas, Martina, que llegó en una furgoneta especial que pagó Carmen desde Francia, rebusca manzanas en las ramas bajas, las mastica al ritmo del sol y mira tranquila hacia el mar. En el agua, no muy lejos de la orilla, se bañan dos mujeres que ella quiere más que a nada.
¿Y sabes qué es lo más bonito de todo esto? Que esto de verdad pasó.







