Dos columnas Ya se había quitado las botas y puesto el hervidor de agua cuando en el WhatsApp apareció un mensaje de su jefa: «¿Podrías cubrir mañana a Lucía? Está con fiebre y no hay nadie más para el turno». Tenía las manos mojadas tras fregar los platos y la pantalla del móvil se llenó de huellas. Se secó las manos en el paño y miró el calendario en el móvil. Mañana era la única tarde que pensaba acostarse temprano y no responder a nadie, que por la mañana había que entregar un informe y ya le zumbaba la cabeza. Escribió: «No puedo, es que tengo…», y se detuvo. Sintió por dentro esa punzada enfermiza: si dices que no, es que has fallado. Es que no eres así. Borró lo que había tecleado y escribió, corto: «Sí, voy». Enviado. El hervidor empezó a silbar. Se sirvió una taza, se sentó en el taburete junto a la ventana y abrió la nota en el móvil que llamaba, simplemente, «Cosas buenas». Ya estaba fechada con el punto: «Cubierto el turno de Lucía». Lo remató con un pequeño más, como si eso equilibrara la balanza. Aquella nota llevaba casi un año con ella. Empezó en enero, tras las Navidades, cuando el vacío era más agudo y necesitaba pruebas de que los días no se escurrían sin dejar rastro. Entonces apuntó: «Llevé a la señora Nines del quinto al centro de salud». Nines iba despacio, con su bolsa de análisis, y le daba miedo coger el autobús. Llamó al telefonillo: «Tú que vas en coche, acércame o no llego». Ella la llevó, esperó en el coche hasta que salió y la devolvió a casa. Al volver se pilló a sí misma irritada. Iba con prisa al trabajo y sólo le rondaban la cabeza quejas ajenas sobre colas y médicos. Le dio vergüenza el fastidio, se lo tragó y lo persiguió con un café de gasolinera. En la nota apuntó, como si fuese algo puro, sin mácula. En febrero fue su hijo quien le llevó al nieto a pasar el fin de semana. «Tú estás en casa, no te cuesta nada», le dijo él, ni preguntó. El niño era bueno, ruidoso, con el «mira», «vamos», «juega». Lo quería, pero para la noche tenía las manos temblando del agotamiento y la cabeza le sonaba como si hubiera estado en una discoteca. Le acostó, fregó platos, recogió juguetes, que el niño volcó de nuevo por la mañana. Al irse el domingo, su hijo sólo le oyó decir: «Estoy cansada». Él sonrió, como si fuera una broma: «Eres abuela». Y la besó en la mejilla. En la nota apuntó: «Dos días con el nieto». Al lado puso un corazón, para no sentir que había sido una obligación. En marzo la llamó su prima para pedirle dinero hasta cobrar. «Para medicamentos, ya sabes», le dijo. Y ella sí que sabía. Hizo la transferencia, no preguntó cuándo lo devolvería. Luego, en la cocina, calculaba cómo llegar hasta el anticipo, renunciando al abrigo que quería desde hace meses. No era un lujo: el viejo ya gastado en los codos. En la nota escribió: «Ayudé a mi prima». No apuntó: «Aplacé lo mío». Eso le parecía insignificante, poco digno de registro. En abril, una de las chicas jóvenes del trabajo, con los ojos rojos, se quedó encerrada llorando en el baño. Decía que la habían dejado y que no valía para nadie. Ella llamó a la puerta: «Ábreme, estoy aquí». Luego se sentaron en la escalera, aún olía a pintura tras la reforma, escuchando el llanto en bucle. Escuchó hasta que se hizo de noche y perdió la clase de espalda que le recomendó el médico para el dolor. Llegó a casa y al tumbarse en el sofá la cintura le lloraba. Quiso enfadarse con la chica, pero al final la rabia fue contra sí misma: ¿por qué no puedes decir «tengo que irme»? En la nota apuntó: «Escuché y apoyé a Carmen». Puso el nombre porque así sonaba más cálido. Y otra vez no escribió: «Suspendí lo mío». En junio llevó a una compañera con bolsas hasta la sierra, porque el coche de ella se había averiado. Toda la ruta la amiga discutía en alto con su marido y ni preguntó si le venía bien. Ella conducía callada, atenta a la carretera. Al llegar, su compañera descargó rápido: «Gracias, te venía de paso». No era cierto. Ella regresó entre atascos y llegó a casa más tarde de lo previsto. Por la noche no pudo pasar a ver a su madre, y ésta se enfadó después. En la nota apuntó: «Llevé a la sierra a Tania». Lo de «de paso» le sonó mal y se le quedó dando vueltas en la cabeza. En agosto, una noche, llamó su madre. Voz fina y ansiosa: «Me encuentro mal, tengo la tensión alta y me da miedo». Saltó, se puso la chaqueta y pidió un taxi por una ciudad vacía. En el piso de su madre hacía un calor pegajoso y en la mesa estaba el tensiómetro, las pastillas desperdigadas. Midió la tensión, le dio la medicación y se quedó a su lado hasta que se durmió. Por la mañana fue directa al trabajo. En el metro se le cerraban los ojos y temía pasarse de estación. En la nota escribió: «Estuve con mamá en la noche». Puso un signo de exclamación, pero lo retiró: le sonaba demasiado fuerte. Al llegar el otoño, la lista era larguísima, como una cinta sin fin. Y cuanto más crecía, con más frecuencia sentía en su interior una extraña certeza: era como si no viviera, sino que pasara cuentas. Como si el afecto le llegara mediante recibos, y fuera coleccionándolos en el móvil para que, llegado el caso, pudiera decir: «¿Veis? Yo también hago cosas». Intentó recordar cuándo hubo en la lista algo dedicado a ella. No «para ella», sino «por ella». Todo era sobre otros: sus dolores, sus favores, sus horarios. Sus propios deseos parecían caprichos que había que esconder. En octubre ocurrió una escena leve, pero le dejó una grieta dentro. Fue a casa de su hijo para llevarle unos papeles que había impreso. Esperó en la entrada con la carpeta, mientras él buscaba las llaves y hablaba por el móvil. El nieto revoloteaba alrededor gritando que quería dibujos. El hijo, tapando el teléfono, le soltó: «Ya que estás, ¿puedes ir al súper por leche y pan? No me da tiempo». Ella intentó responder: «Estoy agotada». Él ni la miró, apenas se encogió de hombros: «Pero puedes. Tú siempre puedes». Y siguió con la llamada. Aquello era una sentencia. No una petición, una certeza. Notó cómo algo caliente le brotaba por dentro y a la vez vergüenza. Vergüenza por querer decir «no». Por no querer ser siempre la fácil, la dispuesta. Fue igual al supermercado. Compró leche, pan y manzanas, porque al nieto le encantan. Lo dejó todo en la mesa y oyó: «Gracias, mamá». Un «gracias» plano, como una tilde en la libreta. Ella sonrió, como sabe, y se fue para casa. Abrió la nota y escribió: «Compré comida a mi hijo». Miró esa línea mucho rato, con los dedos temblando, no de cansancio, sino de rabia. De pronto supo que la lista ya no era apoyo, sino correa. En noviembre pidió cita al médico porque el dolor de espalda ya no la dejaba estar de pie rato en la cocina. Reservó por internet a primera hora del sábado para no pedir permiso en el trabajo. El viernes su madre llamó: «¿Mañana pasas por mí? Tengo que ir a la farmacia y además estoy sola». Dijo: «Tengo cita médica». Un silencio. Luego la madre: «Vale. Entonces ya no me necesitas». Esa frase funcionaba siempre. Ella solía justificarse, prometer, posponer sus cosas. Ya iba a decir: «Voy después del médico», pero se contuvo. No era terquedad; era agotamiento, como si se diera cuenta, al fin, que su vida también pesa. Dijo bajito: «Mamá, iré después de comer. Es importante que vaya al médico». La madre suspiró como si la dejaran en la calle. «Bueno», dijo, y en eso cabía todo: el reproche, la costumbre, la presión. Esa noche durmió mal. Soñó que corría por pasillos con carpetas, y las puertas se cerraban una a una. Por la mañana se preparó su desayuno tranquila, tomó unas pastillas viejas del botiquín y salió. En la sala de espera escuchaba a otros hablar de recetas y pensiones, y pensaba no en el diagnóstico, sino en que por fin estaba haciendo algo por sí misma, y daba vértigo. Después fue a ver a su madre, tal como prometió. Compró las medicinas, subió al tercer piso. Su madre la recibió en silencio y luego preguntó: «¿Has ido?». Respondió: «He ido». Añadió sin disculparse: «Necesitaba hacerlo». La madre la miró como si, de repente, viese una persona, no una función. Luego se giró camino a la cocina. Al volver a casa, sintió un alivio insólito. No alegría, sino espacio. En diciembre, casi al acabar el año, se sorprendió esperando el fin de semana no como respiro, sino como oportunidad. El sábado por la mañana su hijo escribió: «¿Puedes quedarte unas horas con el niño? Tenemos cosas que hacer». Leyó el mensaje y los dedos iban solos a escribir «sí». Estaba sentada en el borde de la cama, el móvil caliente entre las manos. La habitación silenciosa, sólo el radiador chasqueando. Pensó en lo que había planeado: salir al centro, ver un museo, una exposición que arrastraba meses aplazada. Quería caminar entre cuadros, callar, que nadie preguntara dónde estaban los calcetines ni qué comprar para cenar. Escribió: «Hoy no puedo. Tengo mis planes». Envió el mensaje y puso el teléfono boca abajo, como si así se aguante el pulso. Respondió enseguida el hijo: «Vale». Y luego: «¿Estás enfadada?». Levantó el móvil, lo leyó, sintiendo ese reflejo de justificar, explicar, suavizar. Podría haber escrito largo: que estaba cansada, que también necesitaba vida. Pero sabía que las explicaciones largas derivan en regateo, y no quería regatear por sí misma. Escribió: «No. Es que para mí es importante». Y nada más. Se preparó despacio, como para el trabajo. Revisión rutinaria: plancha desenchufada, ventanas cerradas, cartera, abono, cargador. Esperó el autobús entre bolsas ajenas y de repente sintió que no tenía que salvar a nadie. Era extraño, no daba miedo. En el museo paseó sin prisa. Miraba rostros y manos de los retratos, la luz en las ventanas de los cuadros. Sentía que aprendía a mirar, no por los demás, sino por ella. Tomó un café en el bar, compró una postal de recuerdo y la guardó en el bolso. Era de cartón rugoso, cálido en los dedos. Al volver a casa, dejó el móvil en el bolso y no lo sacó de inmediato. Primero colgó el abrigo, se lavó las manos, puso la tetera. Se sentó y abrió la nota de «Cosas buenas». Bajó hasta la fecha de hoy. Miró esa línea en blanco mucho rato. Luego pulsó el más y escribió: «He ido sola al museo. No cogí una petición ajena en vez de mi vida». Se detuvo. «En vez de mi vida» le sonó demasiado acusado. Lo borró y puso más sencillo: «He ido sola al museo. Me he cuidado». Y por primera vez hizo algo nuevo: arriba del todo puso dos líneas y separó la lista. A la izquierda: «Para los demás». A la derecha: «Para mí». En la columna «Para mí» sólo había una entrada. La miró, sintiendo algo dentro que se reajustaba, como una columna vertebral después de un buen estiramiento. No tenía ya que demostrar a nadie que era buena. Sólo tenía que recordar que ella existía. El móvil vibró de nuevo. No se apresuró. Sirvió té, bebió un sorbo y sólo entonces miró la pantalla. Su madre había escrito: «¿Cómo estás?» Ella contestó: «Bien. Mañana paso y te llevo el pan». Añadió, antes de pulsar enviar: «Hoy he estado ocupada». Enviado, y dejó el móvil boca arriba en la mesa. La habitación estaba en silencio y ese silencio no pesaba. Era un espacio que, por fin, se había abierto para ella misma.

Ya se había descalzado las botas y puesto a hervir agua para un té cuando, como el humo de una hoguera en la niebla, apareció el mensaje de su jefa en el móvil: «¿Podrías cubrir mañana el turno de Carmen? Tiene fiebre y no hay otra forma de cerrar la tarde.» Las manos aún mojadas mancharon la pantalla de huellas borrosas. Se las secó en el paño de la cocina y revisó el calendario en la pantalla. Mañana era la única noche que había planeado acostarse temprano y desconectar el mundoal día siguiente debía entregar un informe, y desde la mañana la cabeza le zumbaba, como si hubiera una colmena dentro.

Tecleó: «No puedo, tengo que» y se quedó congelada. Por dentro, ese revoltijo viscoso y familiar: si decías que no, fallabas. Como si eso la hiciera distinta, ajena. Lo borró y escribió solo: «Sí, iré». Enviar.

La tetera susurró un vapor gris. Sirvió el té en una taza de cerámica y se sentó en el taburete frente a la ventana, abriendo una nota guardada en el móvil, titulada simplemente «Lo Bueno». Ya figuraba la fecha del día y: «Cerré el turno por Carmen». Añadió un puntito y un insignificante más, como si equilibrara algo en un sueño.

Aquella nota vivía con ella casi un año. Empezó en enero, cuando tras la Navidad los días se diluyeron y necesitaba pruebas de que cada jornada no se desvanecía en la humareda. Empezó con: «Llevé a doña Natividad al ambulatorio.» Natividad, la vecina del tercer piso, subía lenta con su bolsa de análisis y temía la línea del autobús, infestada de sombras. Llamó al portero y dijo: «Como tienes coche, acércame, que si no, no llego». Ella la llevó, esperó fuera mientras extraían sangre y la devolvió a casa.

En el camino de vuelta, sintió una punzada de enfado. Llegaba tarde al trabajo y ya le retumbaban en la cabeza las quejas ajenas sobre colas y médicos. La irritación le supo amarga y la tragó con un café veloz en la gasolinera. En la nota escribió aquello despacio, fingiendo que era puro, sin resabios.

Febrero trajo viaje para su hijo, y dejó al nieto con ella el fin de semana. «Estás en casa, no te cuesta nada», dijo su hijo, informando más que preguntando. El niño era bueno, bullicioso, siempre entre el «mira», el «vamos», el «juega». Lo quería, pero al anochecer le temblaban las manos del cansancio, el eco de una orquesta tras el carnaval.

Acostó al nieto, fregó platos, recogió los juguetes en la caja solo para verlos desperdigados de nuevo en la mañana. El domingo, cuando su hijo vino, dijo: «Estoy agotada». Él rió, como si fuera chiste: «Pero si eres abuela». Le dio un beso en la mejilla. En la nota, ella escribió: «Cuidé al nieto dos días». Al lado, un pequeño corazón, para que todo no pareciera por obligación.

En marzo, la prima Lucía la llamó para pedirle dinero hasta fin de mes. «Me hace falta para las medicinas, tú lo entiendes», le explicó. Y ella entendía. Mandó el dinero y no preguntó por la devolución. Después, sentada en la cocina bajo la luz amarilla, calculó cómo estiraría lo que le quedaba hasta la nómina, renunciando al abrigo nuevo que postergó otro invierno más. No era un lujo: el suyo ya brillaba gastado por los codos.

En la nota puso: «Ayudé a Lucía.» No anotó al lado: «Pospuse lo mío». Era tan pequeño, pensó, tan insignificante que ni merecía recordarse.

En abril, la chica nueva del trabajoojos enrojecidos, mirada perdidaquedó encerrada en el aseo. Lloraba y repetía que la habían dejado, que no era importante para nadie. Llamó suavemente a la puerta: «Abre, estoy aquí». Luego, sentadas en la escalera, donde aún olía a pintura fresca, la escuchó decir lo mismo, una y otra vez, hasta que oscureció y perdió la sesión de ejercicios que el médico le recetó por el dolor de espalda.

Llegó a casa, se dejó caer en el sofá y sintió esa punzada en las lumbares. Se le cruzó una nube de enfado con la chica, pero pronto comprendió que era rabia consigo: ¿Por qué no sabes decir tengo que irme? En la nota apuntó: «Escuché a Lucía, la animé.» Escribió el nombre para sentirlo más cálido. No dejó constancia de lo anulado: «Pospuse lo mío».

En junio llevó a Beatriz, compañera, y su montaña de bolsas al chalet familiarel coche de Beatriz dormía en el taller. Ella no paró de discutir con el marido por el manos libres, sin preguntar si era buena hora. Muda, atenta al asfalto, esperó a que Beatriz descargara y chascara rápidamente: «Bueno, muchas gracias, te venía de paso». No era de paso. Volvió atravesando los atascos, tan tarde que no pudo pasar por casa de su madre, que luego se molestó.

En la nota: «Llevé a Beatriz al chalet». Esa coletilla «de paso» era como un corte; se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó.

En agosto, una madrugada extraña, la llamó su madre: voz fina, alarma flotando: «Me encuentro mal, la tensión, tengo miedo». Se levantó, se puso la chaqueta sobre el pijama, pidió un taxi y cruzó Madrid, que entonces era solo farolas y calles mudas. En la casa materna, la atmósfera era densa, platos con pastillas esparcidas, un tensiómetro sobre la mesa. Tomó la tensión, le dio la medicina y se sentó a velarla hasta que el sueño pudo con el miedo de su madre.

Por la mañana, no pasó por casa; fue directa al trabajo. En el vagón del metro, luchó contra el sueño del cansancio, temiendo perder su parada. En la nota escribió: «Estuve de noche con mamá». Primero colocó un signo de exclamación, pero lo borrócomo si gritara demasiado.

Al llegar el otoño, la lista era larga, interminable, como un lazo sin fin. Cuanto más crecía, más notaba una extrañeza: que en realidad no vivía, sino que rendía cuentas. Que el amor se le concedía solo con recibos, y que los coleccionaba en el móvil, para poder mostrarlos si, en el mundo onírico, alguien preguntaba: «¿Pero tú algo haces?»

Intentó recordar cuándo había en esa lista algo sobre ella. No «por ella», sino «para ella». El inventario eran fragmentos de los demás, sus aflicciones, sus esperas, sus planes. Sus propios deseos parecían caprichos por esconder.

En octubre, una de esas tardes se quedó en su interior como una rozadura. Fue a casa de su hijo a llevarle unos papeles impresos. En el vestíbulo, carpeta en mano, él rebuscaba las llaves y hablaba por el móvil. El nieto saltaba alrededor, chillando por los dibujos animados. El hijo, tapando el auricular, soltó: «Ya que estás, ¿puedes pasar por el súper? Nos falta leche y pan, yo no llego.»

Respondió: «La verdad, yo también estoy cansada». Él ni la miró, solo se encogió de hombros: «Pero si tú siempre puedes». Y volvió a la llamada.

Aquello fue, más que una súplica, una sentencia. Sintió una oleada ardiente dentroy de pronto vergüenza. Vergüenza de querer decir «no». De no querer seguir siendo la cómoda.

Aun así, fue al supermercado. Compró la leche, el pan, hasta manzanas para el nieto. Entregó la bolsa y escuchó: «Gracias, mamá». Un gracias tan plano como una tilde. Forzó la sonrisa y se fue.

En casa, abrió la nota y escribió: «Hice la compra para mi hijo». Se quedó leyendo la frase. Los dedos le temblaban de rabia, no agotamiento. Comprendió, entonces nítidamente, que el listado ya no era un sostén. Era una correa.

En noviembre, pidió cita con el médicola espalda le dolía al punto de no aguantar más en la cocina. Lo hizo en el portal de la Seguridad Social y eligió la primera hora del sábado, para no faltar al trabajo. La noche anterior, su madre la llamó: «¿Vienes mañana? Necesito ir a la farmacia y, además, estoy sola».

Contestó: «Tengo consulta médica». Un silencio breve al teléfono. Luego: «Bueno. O sea, que no soy importante».

Esas palabras siempre funcionabanella corría a justificarse, a prometer, a posponer su vida. Esta vez abrió la boca para repetir el patrón, pero se detuvo. No era terquedad, era hartazgo; como si, por fin, su vida también tuviera peso.

Con voz bajita: «Mamá, iré después de comer. Tengo que ir al médico».

La madre suspiró como si la dejaran en la acera bajo la lluvia. «Bueno», dijo, y ahí cabían todos esos años de costumbre, dolor, ternura y pequeño chantaje.

Durmió mal. Soñó que corría por pasillos llenos de archivadores y que las puertas se cerraban. Por la mañana, se preparó un desayuno de avena, tomó las medicinas que dormían en el cajón, y salió. Esperó en la consulta, escuchando las historias de análisis y pensiones, y no pensaba en el diagnóstico: solo en que, por fin, hacía algo para ella mismay sí, eso daba miedo.

Después fue a ver a su madre, como había prometido. Compró las medicinas, subió al tercer piso, saludó. La madre esperó un poco, al final dijo: «¿Fuiste entonces?»

«Fui», contestó ella. Añadió sin justificarse: «Lo necesitaba».

La madre la miró de manera nueva, como si por primera vez la viera persona y no función. Luego se giró hacia la cocina. Ya en la calle, al regresar, sentía extrañamente la ligereza no de la alegría, sino de un espacio abierto.

En diciembre, se sorprendió ansiando el fin de semana como quien espera una puerta. El sábado, su hijo: «¿Puedes quedarte con el niño un par de horas? Tenemos cosas pendientes». Al ver el mensaje, los dedos casi teclearon sí.

Sentada al borde de la cama, el móvil caliente entre las manos, advirtió el plan para ese día: ir al centro, al museo, ver la exposición aplazada desde primavera. Quería deambular entre cuadros, sin responder a nadie sobre calcetines o cenas.

Escribió, sin anestesia: «Hoy no puedo. Tengo mis propios planes». Envió y dejó el móvil boca abajo, como si así resistiera mejor la respuesta.

Llegó pronto: «Vale». Otro: «¿Estás enfadada?»

Dudó. El impulso de justificar, explicar, ceder, le latió bajo la piel. Podía redactar una letanía de cansancio, de querer vivir también. Pero ya sabía que las largas explicaciones son pujas, y no quería negociar su existencia.

Solo escribió: «No. Es importante para mí». Nada más.

Se preparó en calma, como quien va al trabajo. Comprobó el gas, las ventanas, metió el monedero, la tarjeta, el cargador. De pie en la parada de autobús, entre compradores de sábado, se dio cuenta de que en ese instante no tenía que salvar a nadie. Era extraño. Pero no daba miedo.

Fue al museo despacio. Miró los rostros en los retratos, las manos iluminadas, el sol cayendo en viejas ventanas pintadas. Aprendía a mirar de nuevo, pero no hacia fuera, sino hacia dentro. Tomó un café en la cafetería pequeña, compró una postal de cartón rugoso y la guardó, talismán, en el bolso.

Al regresar, el móvil descansaba en el bolso. No lo sacó de inmediato. Se quitó el abrigo, lo colgó en el recibidor, se lavó las manos, puso agua a hervir. Después se sentó y abrió la nota de «Lo Bueno». Bajó hasta la fecha de hoy.

Miró el hueco. Pulsó el + y escribió: «Fui al museo sola. No cambié mis planes por otra petición».

Dudó. «En vez de mi vida» le pareció demasiado como si reclamara cuentas. Borró. Escribió: «Fui al museo sola. Me cuidé».

Luego hizo algo inaudito: arriba, al principio de la nota, trazó dos columnas. A la izquierda: «Para otros». A la derecha: «Para mí».

En «Para mí» solo había una línea. Miró ese espacio y fue como si dentro se enderezara algo esencial, vertebral. Ya no necesitaba demostrar a nadie que era buena. Solo acordarse de que existía.

El móvil vibró otra vez. No tuvo prisa. Sirvió el té, bebió un trago, y solo entonces miró. Su madre: «¿Cómo estás?»

Respondió: «Bien. Mañana paso y te llevo pan.» Y añadió, antes de enviar: «Hoy estuve ocupada».

Mandó el mensaje y dejó el móvil bocabajo. Silencio. Un silencio que no pesaba, era un lugar: por fin, el suyo.

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MagistrUm
Dos columnas Ya se había quitado las botas y puesto el hervidor de agua cuando en el WhatsApp apareció un mensaje de su jefa: «¿Podrías cubrir mañana a Lucía? Está con fiebre y no hay nadie más para el turno». Tenía las manos mojadas tras fregar los platos y la pantalla del móvil se llenó de huellas. Se secó las manos en el paño y miró el calendario en el móvil. Mañana era la única tarde que pensaba acostarse temprano y no responder a nadie, que por la mañana había que entregar un informe y ya le zumbaba la cabeza. Escribió: «No puedo, es que tengo…», y se detuvo. Sintió por dentro esa punzada enfermiza: si dices que no, es que has fallado. Es que no eres así. Borró lo que había tecleado y escribió, corto: «Sí, voy». Enviado. El hervidor empezó a silbar. Se sirvió una taza, se sentó en el taburete junto a la ventana y abrió la nota en el móvil que llamaba, simplemente, «Cosas buenas». Ya estaba fechada con el punto: «Cubierto el turno de Lucía». Lo remató con un pequeño más, como si eso equilibrara la balanza. Aquella nota llevaba casi un año con ella. Empezó en enero, tras las Navidades, cuando el vacío era más agudo y necesitaba pruebas de que los días no se escurrían sin dejar rastro. Entonces apuntó: «Llevé a la señora Nines del quinto al centro de salud». Nines iba despacio, con su bolsa de análisis, y le daba miedo coger el autobús. Llamó al telefonillo: «Tú que vas en coche, acércame o no llego». Ella la llevó, esperó en el coche hasta que salió y la devolvió a casa. Al volver se pilló a sí misma irritada. Iba con prisa al trabajo y sólo le rondaban la cabeza quejas ajenas sobre colas y médicos. Le dio vergüenza el fastidio, se lo tragó y lo persiguió con un café de gasolinera. En la nota apuntó, como si fuese algo puro, sin mácula. En febrero fue su hijo quien le llevó al nieto a pasar el fin de semana. «Tú estás en casa, no te cuesta nada», le dijo él, ni preguntó. El niño era bueno, ruidoso, con el «mira», «vamos», «juega». Lo quería, pero para la noche tenía las manos temblando del agotamiento y la cabeza le sonaba como si hubiera estado en una discoteca. Le acostó, fregó platos, recogió juguetes, que el niño volcó de nuevo por la mañana. Al irse el domingo, su hijo sólo le oyó decir: «Estoy cansada». Él sonrió, como si fuera una broma: «Eres abuela». Y la besó en la mejilla. En la nota apuntó: «Dos días con el nieto». Al lado puso un corazón, para no sentir que había sido una obligación. En marzo la llamó su prima para pedirle dinero hasta cobrar. «Para medicamentos, ya sabes», le dijo. Y ella sí que sabía. Hizo la transferencia, no preguntó cuándo lo devolvería. Luego, en la cocina, calculaba cómo llegar hasta el anticipo, renunciando al abrigo que quería desde hace meses. No era un lujo: el viejo ya gastado en los codos. En la nota escribió: «Ayudé a mi prima». No apuntó: «Aplacé lo mío». Eso le parecía insignificante, poco digno de registro. En abril, una de las chicas jóvenes del trabajo, con los ojos rojos, se quedó encerrada llorando en el baño. Decía que la habían dejado y que no valía para nadie. Ella llamó a la puerta: «Ábreme, estoy aquí». Luego se sentaron en la escalera, aún olía a pintura tras la reforma, escuchando el llanto en bucle. Escuchó hasta que se hizo de noche y perdió la clase de espalda que le recomendó el médico para el dolor. Llegó a casa y al tumbarse en el sofá la cintura le lloraba. Quiso enfadarse con la chica, pero al final la rabia fue contra sí misma: ¿por qué no puedes decir «tengo que irme»? En la nota apuntó: «Escuché y apoyé a Carmen». Puso el nombre porque así sonaba más cálido. Y otra vez no escribió: «Suspendí lo mío». En junio llevó a una compañera con bolsas hasta la sierra, porque el coche de ella se había averiado. Toda la ruta la amiga discutía en alto con su marido y ni preguntó si le venía bien. Ella conducía callada, atenta a la carretera. Al llegar, su compañera descargó rápido: «Gracias, te venía de paso». No era cierto. Ella regresó entre atascos y llegó a casa más tarde de lo previsto. Por la noche no pudo pasar a ver a su madre, y ésta se enfadó después. En la nota apuntó: «Llevé a la sierra a Tania». Lo de «de paso» le sonó mal y se le quedó dando vueltas en la cabeza. En agosto, una noche, llamó su madre. Voz fina y ansiosa: «Me encuentro mal, tengo la tensión alta y me da miedo». Saltó, se puso la chaqueta y pidió un taxi por una ciudad vacía. En el piso de su madre hacía un calor pegajoso y en la mesa estaba el tensiómetro, las pastillas desperdigadas. Midió la tensión, le dio la medicación y se quedó a su lado hasta que se durmió. Por la mañana fue directa al trabajo. En el metro se le cerraban los ojos y temía pasarse de estación. En la nota escribió: «Estuve con mamá en la noche». Puso un signo de exclamación, pero lo retiró: le sonaba demasiado fuerte. Al llegar el otoño, la lista era larguísima, como una cinta sin fin. Y cuanto más crecía, con más frecuencia sentía en su interior una extraña certeza: era como si no viviera, sino que pasara cuentas. Como si el afecto le llegara mediante recibos, y fuera coleccionándolos en el móvil para que, llegado el caso, pudiera decir: «¿Veis? Yo también hago cosas». Intentó recordar cuándo hubo en la lista algo dedicado a ella. No «para ella», sino «por ella». Todo era sobre otros: sus dolores, sus favores, sus horarios. Sus propios deseos parecían caprichos que había que esconder. En octubre ocurrió una escena leve, pero le dejó una grieta dentro. Fue a casa de su hijo para llevarle unos papeles que había impreso. Esperó en la entrada con la carpeta, mientras él buscaba las llaves y hablaba por el móvil. El nieto revoloteaba alrededor gritando que quería dibujos. El hijo, tapando el teléfono, le soltó: «Ya que estás, ¿puedes ir al súper por leche y pan? No me da tiempo». Ella intentó responder: «Estoy agotada». Él ni la miró, apenas se encogió de hombros: «Pero puedes. Tú siempre puedes». Y siguió con la llamada. Aquello era una sentencia. No una petición, una certeza. Notó cómo algo caliente le brotaba por dentro y a la vez vergüenza. Vergüenza por querer decir «no». Por no querer ser siempre la fácil, la dispuesta. Fue igual al supermercado. Compró leche, pan y manzanas, porque al nieto le encantan. Lo dejó todo en la mesa y oyó: «Gracias, mamá». Un «gracias» plano, como una tilde en la libreta. Ella sonrió, como sabe, y se fue para casa. Abrió la nota y escribió: «Compré comida a mi hijo». Miró esa línea mucho rato, con los dedos temblando, no de cansancio, sino de rabia. De pronto supo que la lista ya no era apoyo, sino correa. En noviembre pidió cita al médico porque el dolor de espalda ya no la dejaba estar de pie rato en la cocina. Reservó por internet a primera hora del sábado para no pedir permiso en el trabajo. El viernes su madre llamó: «¿Mañana pasas por mí? Tengo que ir a la farmacia y además estoy sola». Dijo: «Tengo cita médica». Un silencio. Luego la madre: «Vale. Entonces ya no me necesitas». Esa frase funcionaba siempre. Ella solía justificarse, prometer, posponer sus cosas. Ya iba a decir: «Voy después del médico», pero se contuvo. No era terquedad; era agotamiento, como si se diera cuenta, al fin, que su vida también pesa. Dijo bajito: «Mamá, iré después de comer. Es importante que vaya al médico». La madre suspiró como si la dejaran en la calle. «Bueno», dijo, y en eso cabía todo: el reproche, la costumbre, la presión. Esa noche durmió mal. Soñó que corría por pasillos con carpetas, y las puertas se cerraban una a una. Por la mañana se preparó su desayuno tranquila, tomó unas pastillas viejas del botiquín y salió. En la sala de espera escuchaba a otros hablar de recetas y pensiones, y pensaba no en el diagnóstico, sino en que por fin estaba haciendo algo por sí misma, y daba vértigo. Después fue a ver a su madre, tal como prometió. Compró las medicinas, subió al tercer piso. Su madre la recibió en silencio y luego preguntó: «¿Has ido?». Respondió: «He ido». Añadió sin disculparse: «Necesitaba hacerlo». La madre la miró como si, de repente, viese una persona, no una función. Luego se giró camino a la cocina. Al volver a casa, sintió un alivio insólito. No alegría, sino espacio. En diciembre, casi al acabar el año, se sorprendió esperando el fin de semana no como respiro, sino como oportunidad. El sábado por la mañana su hijo escribió: «¿Puedes quedarte unas horas con el niño? Tenemos cosas que hacer». Leyó el mensaje y los dedos iban solos a escribir «sí». Estaba sentada en el borde de la cama, el móvil caliente entre las manos. La habitación silenciosa, sólo el radiador chasqueando. Pensó en lo que había planeado: salir al centro, ver un museo, una exposición que arrastraba meses aplazada. Quería caminar entre cuadros, callar, que nadie preguntara dónde estaban los calcetines ni qué comprar para cenar. Escribió: «Hoy no puedo. Tengo mis planes». Envió el mensaje y puso el teléfono boca abajo, como si así se aguante el pulso. Respondió enseguida el hijo: «Vale». Y luego: «¿Estás enfadada?». Levantó el móvil, lo leyó, sintiendo ese reflejo de justificar, explicar, suavizar. Podría haber escrito largo: que estaba cansada, que también necesitaba vida. Pero sabía que las explicaciones largas derivan en regateo, y no quería regatear por sí misma. Escribió: «No. Es que para mí es importante». Y nada más. Se preparó despacio, como para el trabajo. Revisión rutinaria: plancha desenchufada, ventanas cerradas, cartera, abono, cargador. Esperó el autobús entre bolsas ajenas y de repente sintió que no tenía que salvar a nadie. Era extraño, no daba miedo. En el museo paseó sin prisa. Miraba rostros y manos de los retratos, la luz en las ventanas de los cuadros. Sentía que aprendía a mirar, no por los demás, sino por ella. Tomó un café en el bar, compró una postal de recuerdo y la guardó en el bolso. Era de cartón rugoso, cálido en los dedos. Al volver a casa, dejó el móvil en el bolso y no lo sacó de inmediato. Primero colgó el abrigo, se lavó las manos, puso la tetera. Se sentó y abrió la nota de «Cosas buenas». Bajó hasta la fecha de hoy. Miró esa línea en blanco mucho rato. Luego pulsó el más y escribió: «He ido sola al museo. No cogí una petición ajena en vez de mi vida». Se detuvo. «En vez de mi vida» le sonó demasiado acusado. Lo borró y puso más sencillo: «He ido sola al museo. Me he cuidado». Y por primera vez hizo algo nuevo: arriba del todo puso dos líneas y separó la lista. A la izquierda: «Para los demás». A la derecha: «Para mí». En la columna «Para mí» sólo había una entrada. La miró, sintiendo algo dentro que se reajustaba, como una columna vertebral después de un buen estiramiento. No tenía ya que demostrar a nadie que era buena. Sólo tenía que recordar que ella existía. El móvil vibró de nuevo. No se apresuró. Sirvió té, bebió un sorbo y sólo entonces miró la pantalla. Su madre había escrito: «¿Cómo estás?» Ella contestó: «Bien. Mañana paso y te llevo el pan». Añadió, antes de pulsar enviar: «Hoy he estado ocupada». Enviado, y dejó el móvil boca arriba en la mesa. La habitación estaba en silencio y ese silencio no pesaba. Era un espacio que, por fin, se había abierto para ella misma.