Viernes, 15 de diciembre
Regresaba esta tarde a casa, exhausto tras el trabajo, cuando recibí un mensaje de mi jefa, Lourdes: «¿Podrías cubrir mañana la tarde por Elena? Ha cogido fiebre y no hay nadie más disponible para el turno». Aún tenía las manos mojadas tras fregar y, al coger el móvil, la pantalla se manchó entera de huellas. Me sequé en la toalla de cuadros rojos (la de siempre) y miré el calendario: mañana, el único día que pensaba acostarme temprano, dormir sin alarmas ni encargos. Por la mañana tenía que entregar el informe y llevaba la cabeza como una chopa.
Escribí: «No puedo, mañana tengo que», pero no terminé la frase. Me invadió esa misma sensación de siempre, como un nudo en la tripa: si digo que no, parece que fallo a todos. Que no soy una persona de fiar. Borré el mensaje y escribí lo de siempre: «Sí, cuenta conmigo». Pulsé enviar.
El hervidor empezó a zumbar. Me serví el té en la taza de loza y me senté en la banqueta junto a la ventana, abriendo la nota que todos estos meses llamo «Lo bueno». Allí, bajo la fecha de hoy, apunté: «Cubierto el turno de Elena». Puse un punto y añadí un pequeño +, como si así equilibrara la balanza.
Llevo casi un año con este listado. Lo empecé en enero, justo después de Reyes, cuando noté el vacío inundando los días. Quería pruebas de que no pasaban sin dejar huella. El primer apunte fue: «Llevé a Doña Julia al ambulatorio». Doña Julia, la vecina del quinto, bajaba arrastrando su bolsa, cargada de papeles médicos, y le daban miedo los autobuses. Me llamó al portero: «Tú conduces, ¿podrías llevarme? No me da tiempo si no». La llevé, la esperé leyendo el periódico en el coche hasta que salió, y la traje de vuelta.
De regreso, noté dentro un fastidio. Ya llegaba tarde al trabajo, y me pasé el trayecto escuchando en mi cabeza las quejas de otros sobre colas y médicos. Sentí una punzada de vergüenza, me la tragué, la ahogué en un café rápido en una gasolinera, y escribí en la nota como si nada malo hubiera pasado.
En febrero, mi hijo tuvo que ir a Barcelona por trabajo y me dejó al niño el fin de semana. «Total, tú estás en casa», me dijo, como quien comenta el tiempo. El crío es un torbellino, siempre con el «mira, abuelo», «vamos, juega». Lo quiero, pero al caer la noche me temblaban las manos del cansancio y tenía en la cabeza un pitido de tanto grito.
Lo acosté, fregué los platos, recogí los juguetes y, claro, a la mañana siguiente volvió a desparramarlos por el salón. Cuando vino mi hijo el domingo, le dije: «Estoy molido». Se sonrió, como si contara un chiste: «Bah, eso es de abuelo». Me dio un beso y se marchó. Apunté en la nota: «Cuidé al nieto dos días». Al lado, puse un corazón, para que no pareciera por pura obligación.
En marzo llamó mi prima Asunción pidiendo que le adelantase algo de dinero: «Es para las pastillas, ya sabes cómo estoy». Le hice la transferencia sin preguntar cuándo me lo iba a devolver. Después, de noche, calculé en la mesa de la cocina cómo iba a llegar al cobro de la nómina, tachando de la cabeza el abrigo nuevo que llevaba meses deseando comprar. El que tengo está ya reluciente de viejo, pero no podía ser.
En la anotación puse: «Ayudé a Asunción». No escribí: «Dejé de lado lo mío». Me sonaba irrelevante, casi egoísta.
En abril, una de las chicas jóvenes del trabajo, Carolina, se encerró en el baño y no podía salir. Un mar de lágrimas, ojos rojos: «Me ha dejado… nadie me necesita». Toqué suavemente la puerta: «Tranquila, estoy aquí». Nos sentamos en la escalera, recién pintada, el olor a esmalte dando vueltas, y la escuché durante horas repetir siempre lo mismo. Me salté la clase de espalda que el médico me había mandado por los dolores.
Ya de noche, tirado en el sofá, la espalda protestaba. Quería enfadarme con Carolina, pero en realidad la irritación era conmigo: ¿por qué no supe decir «tengo que irme»? Apunté en la nota: «Escuché y apoyé a Carolina». El nombre de pila lo puse para que me sonara más humano. No anoté: «Dejé mi sesión».
En junio llevé a María, compañera de trabajo, con todas sus bolsas y cajas hasta su chalet en Torrelodones, porque su coche se estropeó. Durante el trayecto no me soltó del manos libres, discutiendo por teléfono con su marido, sin preguntar en ningún momento si me venía bien. Yo callaba, atento a la M-40. Al llegar, bajó todo corriendo: «Bueno, gracias; te pillaba de paso». Mentira. Era completamente al revés y luego, para colmo, llegué yo más tarde de la cuenta y sin poder visitar a mamá, que después se molestó.
En la nota puse: «Llevé a María a su chalet». La frase «de paso» se me clavó toda la tarde y no supe olvidarla.
En agosto, mamá llamó de noche: «Me encuentro fatal, la tensión, tengo miedo». Me vestí deprisa, bajé a la calle, pedí un Cabify para cruzar Madrid dormido. En su casa hacía calor, el tensiómetro y pastillas caídas sobre un platillo. Le tomé la presión, le di la medicación y me quedé a su lado hasta que cogió el sueño.
Por la mañana me fui directamente a la oficina, sin pasar por casa. En el metro se me cerraban los ojos, temiendo pasarme de estación. Anoté luego: «Noche en casa de mamá». Puse un signo de exclamación, pero lo quité enseguida, parecía demasiado ruidoso.
Llegó el otoño y el listado crecía, largo como la lista de la compra. Cuanto más ocupaba la nota, más sentía como si viviera rindiendo cuentas en vez de vivir. Como si el cariño que espero de los míos se midiera por recibos y yo los almacenara, por si algún día preguntan: «¿Y tú, qué haces exactamente?»
Traté de recordar si alguna vez el listado tenía algo para mí. No «por mí», sino «para». Todas eran entradas para los demás, para sus males, sus peticiones, sus planes. Los míos se quedaban siempre como caprichos que había que esconder.
La escena del mes de octubre no fue sonora, pero dejó marca. Fui a casa del chico a llevarle unos papeles impresos, que me pidió con prisas. Yo parado en el recibidor, documento en mano, él buscando las llaves y hablando a la vez por el móvil. El crío chillándole que quería ver dibujos animados. Él tapó el teléfono y, sin mirarme: «Papá, ya que estás, ¿te pasas luego por el súper? Nos faltan leche y pan, y yo voy apurado».
Le dije: «Estoy molido, yo también». Ni se inmutó: «Bueno, ya sabes, siempre puedes». Colgó y volvió a su llamada.
Aquellas palabras me sellaron. No fue una petición, sino un hecho con estampilla. Desde dentro, noté hervir algo ajeno y, encima, me dio vergüenza. Vergüenza de sentir deseos de decir «no». De que, por una vez, no deseaba quedar bien.
Aun así, fui al supermercado. Compré pan, leche, hasta manzanas para el crío. Dejé las bolsas, recibí un «gracias, papá» sin brillo. Sonreí de compromiso y regresé. Al llegar a mi mesa, anoté: «Compré la compra a mi hijo». Me quedé mirando la frase mucho rato. Esta vez, los dedos temblaban de rabia, no de agotamiento. Comprendí de golpe: la lista ya no reconfortaba. Era como una cadena.
En noviembre, pedí cita médica porque la espalda era ya un tormento. Lo gestioné todo por la Seguridad Social, pillando sábado por la mañana para no pedir permiso. El viernes, mamá llamó: «¿Vienes mañana? Tengo que ir a la farmacia, además no quiero estar sola»
Le respondí: «Tengo cita con el médico». Silencio durante un segundo, y después: «Bueno entonces ya no soy importante».
Esa frase era la llave maestra. Siempre acababa prometiendo, cambiando, disculpándome. Abrí la boca dispuesto a ceder, pero algo se me heló dentro: la certeza de que mi vida también contaba.
Le dije, suave: «Iré después de comer. Necesito ver al médico».
Mamá suspiró como si la dejara esperando en un banco helado. «Vale», dijo. Pero en ese «vale» cabía todo: el malestar, la presión, la costumbre.
Dormí fatal. Soñé que corría entre pasillos llenos de carpetas, las puertas cerrándose una tras otra. Por la mañana desayuné despacio, pastillas incluidas, y me fui solo al centro de salud. Sentado en la sala de espera, escuchando las conversaciones ajenas sobre análisis y pensiones, no pensaba en el diagnóstico, sino en el coraje que hacía falta para dedicarse algo a uno mismo.
Tras la consulta, pasé por la farmacia y subí con las medicinas a casa de mamá. Me recibió en silencio y preguntó: «¿Fuiste?»
«Sí», respondí. Y, por primera vez, añadí sin justificarme: «Lo necesitaba».
Ella me estudió un segundo, como si viera a una persona entera por primera vez, y luego se giró hacia la cocina. Volviendo a casa, sentí algo parecido a alivio. No era alegría, era simplemente espacio.
Diciembre ya, al borde de las fiestas. El sábado, mi hijo escribió otra vez: «¿Puedes quedarte con el niño un par de horas? Tenemos que salir…» Leí el mensaje y los dedos marcaron, instintivamente, «sí».
Sentado en el borde de la cama, la habitación en silencio salvo por el rumor de la calefacción, recordé cómo había planeado ese día: quería pasear por el Retiro, ir al Prado, ver aquella exposición que nunca encontraba el momento de visitar. Simplemente recorrer salas solo, sin que nadie pidiera explicaciones, sin recados ni compromisos.
Escribí: «Hoy no puedo. Tengo mis planes». Y dejé el móvil boca abajo, como si así pesara menos la espera.
Me contestó rápido: «Bueno». Al minuto: «¿Estás enfadado?».
Levanté el teléfono, y volví a sentir la pulsión de explicarme, de pedir perdón, de reconciliar. Podía explayarme: estoy agotado, también tengo derecho a vivir. Sabía que alargarlo nos llevaría a una negociación, y ya no quería negociar mi valor.
Contesté: «No. Solo es importante para mí». Y nada más.
Me arreglé igual que para ir a la oficina. Llaves, cartera, móvil, auriculares. Esperando en la acera, rodeado de la gente con bolsas, pensé: por primera vez, no tengo que salvar a nadie. Resultaba extraño, pero no desagradable.
En el museo caminé sin prisa. Me detuve en los retratos, en los paisajes, admirando la luz. Sentí que tal vez aprendía a fijarme otra vez, no en las peticiones de los demás, sino en lo que me pedía a mí mismo. Tomé un cortado en la cafetería, compré una postal y la guardé en el bolsillo.
Al llegar a casa, el móvil seguía guardado. Colgué la chaqueta, me lavé las manos, puse agua a hervir. Después abrí la nota «Lo bueno». Fui hasta el final.
Miré largo rato la línea en blanco. Pulsé el + y escribí: «He ido solo al museo. No he puesto la vida de otros por encima de la mía».
Me sonó demasiado rimbombante. Lo borré, y dejé: «He ido solo al museo. Me he cuidado».
Despuésy esto fue nuevohice dos columnas al principio de la nota. A la izquierda: «Por los demás». A la derecha: «Por mí».
De momento, en mi columna solo había una línea. Pero la observé con una calma nueva, un espinazo recto. No tenía que demostrar a nadie que era buen padre, buen hijo, buen amigo. Bastaba recordar que existo.
El móvil vibró. No tuve prisa. Me preparé el té, sorbí, miré tranquilo la pantalla: mensaje de mamá, breve: «¿Cómo estás?»
Le respondí: «Bien. Mañana paso y te llevo el pan». Y, antes de enviar, añadí: «Hoy estaba ocupado».
Dejé el móvil boca arriba, sin miedo a ese silencio. En el salón, por primera vez, la quietud me pareció espacio y hogar. Y eso, aprendí hoy, también es quererse.







